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Balance del castigo

Ricardo Ariza

«Las calamidades, cuando vienen, no pasan de largo, sino que descargan.» No mis calamidades: yo no decidí verme en este atolladero; y, con lo que nos pasa, veo lejos una decisión. Estudiar, escoger un programa ¿son medidas de alto nivel? Son ridiculeces. Nadie se hace hombre a partir de otro; y mucho menos si de lo que nos hizo ella dependemos irreversiblemente. Nos hundimos por su falta de lógica.

Se juzgó fértil, prestó para tener más y terminó debiendo la armonía de sus familiares. Y ellos ni opinaron. La halagadora corriente de abundancia –una abundancia con rictus de demonio los repujaba en favor de su avidez. La espuma sosteniendo votos. Profesar la cercanía a cambio de no medir consecuencias. «¿Cuánto vale lo que nos comemos?» «Preocúpate por comerlo: una vez comido no hay quien te lo saque de la boca.»

No hay quien saque de la boca una comida rociada con las cenizas de la perdición. Porque les beneficia. Ellos rodearon también la corte de comensales, se hartaron, rieron y tomaron el ron sacado del bolsillo de los que no prevenían su desplome. Un generoso que daba de comer ponzoña. Y sus hermanos chupaban, les convenía adularlos, se aprendieron la fórmula con que les uncen el tiro. Dale heno al caballo y comerá.

¿Por qué estoy entre sus deudas? Mis defectos, de tanto resumir los suyos, perdieron su timbre. Lo mismo mis cualidades y mis ideas de futuro. ¡Un profesor que no lo es, un estudiante desconocedor de la fonética y su rubricada severidad, un joven sin empleo, una porquería madrugando a distraerse! Es seguro: no doy solución al problema; y el problema ajeno se trasladó a ser mío; y no tengo solución a mi asentada incapacidad.

Valgo lo poco que decido. Mis compañeros tienen variantes en sus vidas que las alegran: borracheras, conciertos, viajes, compras sin arrepentimiento, trabajos acordes a sus aptitudes. Tener presente en las acciones mínimas –leer, amarrarse, ponerle la mano al bus que se deben no un millón, no cinco ni diez, sino cien millones a bancos y a prestamistas, ¡y esa plata no se ve, no se come!

Teniendo eso presente, esa responsabilidad machacosa, ¿se vive sereno? ¿Se puede tomar una siesta en los placeres del mundo? Con esa carga, con la impaciencia frecuente, ¿se puede rogar por solo una bendición? Los sacerdotes deben millones y cuentan con el diezmo de sus amigos y con la sabiduría de invertir en la arquitectura de sus iglesias. Se les ve. A nosotros no. O sí: se nos ve la miseria.

Yo se la comento a los cercanos... pero aquí entra la que suplica como el coro recomienda a Atosa: «Suelta tu voz a las quejas y a los ayes.» Desconoce el silencio. Para ella, dolerse es doler con los otros: que sepan lo que padezco para poderlo padecer: divulga el drama con el domiciliario, con el carnicero que le regala huesos, con el conductor que no le cobra...

Si se quiere regar un chisme, ella es la indicada. Así es su hija, con la cual riñe. Hacerse coger lástima es su propósito de superación. Y, como yo, el problema no es de ella. Entonces protesta por otro y hablando de otro. Lo que a él le pasó lo siente ella aunque no sea directamente algo suyo. Ah: divulga lo que ninguno se atreve a decir; y no por miedo sino por cuidarnos de entrar en bocas manchadas.

Al igual que Ío —«¿Quién habrá entre los desdichados que padezcan cual yo padezco?»—, parece que es a ella a quien le ha pasado el mal; quien se cayera y quien se paralizara tanto que solo puede mover los músculos faciales y un poco las manos; quien recibiera los cuidados del Hospital Nacional de Parapléjicos y a quien amarraran a la silla para no caerse.

Pero ella es adulto mayor, con historia clínica en el Hospital Mental de Bello, abuela encargada de no vivir su vida desde joven primero con el esposo, luego con las hijas y ahora con los hijos de las hijas... En ella «La auténtica vida [estuvo] ausente.» Sus lamentos le son fieles, conocedores del dolor en diferentes épocas, con diferentes causas. Afligirse en ella es llorar sobre un dolor que esperaba el pitazo para recorrer la abertura frecuentemente recorrida.

«¡Cuán larga ha sido nuestra vida para ver por fin en la vejez este inesperado desastre!». Ni acabando con todo barriendo para entregar se ve libre de infortunios. Su epitafio va a ser: «¿Ustedes conocieron la tregua?». Yo no tengo su dolor; por tanto, no la puedo superar ni reprimir. Fastidiosa y todo, es lo que sobró de padecer con ganas. Y nunca por ella; por los suyos; incluso por mí, el quejumbroso charlatán...

Libre quien, aunque no haga lo que sus compañeros, vea la opción de hacerlo en algún periodo de su vida; condenado quien no pueda renovarse; quien, con Prometeo, se abandone: «¿Cuándo asomará el termino de mis penas?»

 

Itagüí, agosto de 2023

 

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Publicado en delatripa: narrativa y algo más: "Tormentas" (Matamoros, Tamaulipas, México), núm. 73 (agosto de 2023): pp. 25-26.

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