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Juntar la separación

Esteban Adán Echeverría Medina

Ha de llamarse Edwin o Rubén; el nombre fue la causa del campo de acné cicatrizado, de las entradas jalándole la cara, la posible impresión de un espíritu, y las cejas bregando por arquearse y lanzarse al ataque de otro cuerpo, de otra frente. Es de mediana estatura, su ropa es de compradero ni caro ni barato, común: nadie la elegiría, en caso de repartición, y si la elige no se alegrará de haberla elegido.

Su padre es un viejo soltero con medio cuerpo en pausa, que bebe con el fumador de las unas cuatro paredes de madera, a las que le tienen que buscar los escapes de las ratas, y un techo de tejas y una nevera con candado fuera del negocio y el orinal con el tubo a la corriente de la quebrada; le conocí una abuela de tres nietos, con tres recortes de barriga, que no sé si lo dejó o se ven a escondidas o ella se ajustó un pasaje a Tolú y van años desde entonces.

Volvamos a Edwin: tuvo un tiempo en que surgió en la escena con la aparición de otra mujer: él, caricascado, una medianía, con un primer matrimonio, o quién sabe qué fue eso, que le dejó un primogénito, igual de imperceptible: se graduó por “solidaridad”, y ella, superando al hijastro por poco, un monte virgen, flaquísima belleza proporcionada en la altura, en las afueras de la calle, pidiendo de tomar cerveza y de comer papas con carne asada, y tomando y comiendo parados, bailando lo que suene con los amigos, preguntándose de dónde se la sacaría ese chichón de piso, de qué pueblo, con cuánta labia, prometiéndole qué cielo, del amor o, si gruñe, con el amor; y ambos se cargaban la borrachera los meses que duraron sin cría.

Lo que siguió fue el traspaso decrépito de la juventud: las nalgas se le enhuesaron, la cabeza eligió curvarse hacia un hombro, el pelo permanecía en cola, como si estuviera en permanente aseo, y el gordito hizo de una cadera su silla y se plantó ahí. Se la veía despachar al hombre, ponerle la tabla para que sacara su moto, besarlo antes de ponerse el casco, meterse a arreglar a su hijo para la guardería, y hasta a despachar al hijastro, y no provocaba sino decirle que se viera, que se salvara: los ojos de los preguntones pasaron a la inapetencia: el amor montaba a la hija en el tanque y la sacaba a pasear y dejaba a los dos jovencitos repartiéndose los deberes para que cuando el patrón llegase recibiera todo impecable.

Por estos días, ya la muchacha se fue, él se pasó al tercer piso de su propiedad, o suya y de su padre, y le mandó a colocar luces a los cajones de la cocina y unas ventanas polarizadas; lo primero que hace es retumbar las guitarras eléctricas mezcladas con vallenatos; solicita un domicilio de papas francesas con carne asada y adición de queso, con todas las salsas, y se sienta en el balcón, las ventanas medio abiertas, con los pectorales al aire, y come, da una vuelta en la moto, sin la gordita en el tanque ni la flaca viéndolos irse, para dormir, esto lo repite Rubén lo que dure su infinitud, en la cama matrimonial que comparte con su hijo, su recuerdo de ella.

 

Carlos Figueroa

El Pedregal, abril 9 de 2024


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