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Fastidio

Constitución, Gonzalo José Bartha, 2018

Cogiste al padre, o le madrugaste, abriendo la iglesia él todavía masticaba la parva del desayuno y le ayudaste con los cirios para vender a cambio de que te permitiera participar de la Liturgia de la Palabra. Se te metió que debía tomarte una foto con las manos en el ambón, leyendo los salmos con los crespos elevados e iluminada por el faro de luz que entraría por las rejas de las ventanas. El padre te enseñó los salmos y nos sentó en las primeras bancas a verlo ordenar el altar, meterse a la sacristía, ordenar a las colaboradoras que barrieran, trapearan, desplegaran las sillas plásticas en los espacios entre las bancas y las paredes, y elegir las canciones que un pianista voluntario tocaría. Cabe decir que ella no les prestaba atención. Se tiró a dormir, acostando su cabeza en mis piernas, y cuando empezaba a llenarse la iglesia, la moví para abrirle espacio a

Los que les llega primero la palabra que a todos.

—Me toma la foto con mi celular. El suyo no sirve ni para ver la hora.

—¿Cuál es su contraseña?

—No la necesita. Le hace así y ya.

La señora que las dirigía las llamó, una a una, yendo a sus puestos, y las ubicó en la banca que mira el atrio por el flanco derecha —si se mira desde la entrada—. Y ella ausente, masticando su lengua —la parva del padre era una goma, su cepillo— o pronunciando con la boca cerrada lo que tendría que decir.

El sacerdote dio inicio, nos parábamos y nos sentábamos y ella dio su lectura, como poseída: enrojeció, no de pena, no de mística, sino de rabia: me paré a un lado para tomarle la foto de perfil, tropecé con el bastón de uno de los de la primera fila y pasó su lectura sin recibir respuesta al salmo; recibió la burla de los creyentes, que se reían de mí, como si se la achacaran a ella...

Terminó de leer, se sentó en su sitio y yo me fui atrás y compré un cirio para tener de dónde sostenerme. Esa mujer miraba sin pestañear —ahora sí mordiéndose la lengua— el sagrario.

 

—Vos no servís ni para hacer las cosas a medias.

Me dijo al despedir al padre —esperó que se quitara la sotana para proponerle que la dejara fija en las lecturas—. Caminamos hasta San Pío X a almorzar pescado. Su ensimismamiento clerical pasó a encono. Le ofrecía una mesa y ocupaba otra, le sugería un trago y tomaba otro, le conversaba del Evangelio y me citaba a Diomedes.

—Estás hecha un amor...

Sirvieron, nos concentramos en nuestros platos y

—¡Un pelo! ¡Un pelo en la tilapia!

Ella se arrancó un cabello, lo metió en el pescado y fue mesa a mesa señalándolo con el mango de la cuchara...

Y la cajera —que siguió el tras bambalinas del ardid—, limpiando el honor del restaurante, enfiló de espaldas a las cocineras y a las meseras y pasó una a una alzandu sus pelos lacios... De todos modos

—Empáquenme esta cochinada —exigió.

—Con mucho gusto le empacamos su almuerzo, pero no sin antes limpiarnos la imagen.

—¡Ni un marrano pide que le cambien de soga!

Me vi obligado a sacarla, a bajarle el delirio en el parque y a comprar unos mangos para empatar el almuerzo.

—¡Si seguís así nos vamos a echar de enemigos al mundo entero!

Pero ella tomó su pose solemne, de retratada. Borró lo que acababa de pasar. Solo yo recibía los reojos de los clientes del restaurante —algunos feligreses—, apiadándose de mí, gozándose de ella.

—¿Por qué tenías que hacerlo, mujer!

Ella despabiló, puso su cabeza en mis piernas y me aplastó las bolas.

 

Volvimos a Yarumito, cerca al parque infantil, a rematar el medio almuerzo y el mango con empanadas de una de las colaboradoras del padre, la que deja su negocio al cuidado de una amiga mientras ella reúne a las lectoras y todo eso.

Fui yo, especialmente, quien pensó comer ahí. «O respeta a la vieja por tener un cargo superior, o a esta mujer está imposible.»

Pedimos de a una empanada de arroz, para calentar, y la vieja nos las entregó en una servilleta. Yo mordí la punta de la mía y le eché salsa roja, piña y ají. Ella, mientras combinaba mi experimento, llamó a un perro de los que sacan a orinar, envolvió su empanada en la servilleta y se la tiró —importándole un comino si su dueño aceptaba o no— ordenándole

—¡Siéntese! —Alzó las cejas— ¡Sit!

Y el perrito, un pug gangoso cuyas arrugas exigían que se le separase la cara del lastre de su hinchado cuerpo, mordió la empanada y, con un impulso hacia arriba, como si se tragase una pastilla, se atragantó.

El dueño, arisco, lo destaqueó metiéndole la mano a la garganta. Lo puso boca abajo, cayó la empanada y otro perro se la zampó —la baba del pug lubricó la servilleta—, y la vieja del negocio nos negó sus empanadas

—Porque es pecado darle a un perro lo que es para cristianos.

Mis salsas y mi ají se los comió ella por darse el gusto de quitarme mi comida. Solo masticó y botó la masa al solar que hay detrás de la iglesia.

 

—¿Nos vamos a encerrar tan temprano?

—¿Qué más quiere pues? ¿Incendiar llantas y tirarlas a mitad de la calle?

Se detuvo, apoyándose en un poste, y caviló —mordiéndose los cachetes—. «¿Con qué saldrá?». Miró a un lado de la calle, el que subía para La Estrella, y se rascó el cuero cabelludo. Miró al lado que va para Sabaneta y palmoteó el poste. Lo que era mi criterio, no me funcionaba. Yo era sujeto de sus anhelos. En la iglesia le quise tomar la foto, en el restaurante medié la situación, en las empanadas le di la mía y ahora, un largo suspenso, unas manifestaciones escasas me servirían para entonarme con ella y servirle.

«A sus órdenes, mi señora», le diré cuando resuelva.

Claro que no se lo diré, pero haré lo que me pida.

Y me mandó a ponerle el dedo a un taxi. Nos teníamos que pasar de acera para ir a Caldas por la calle hacia Sabaneta.

—Lo pide, que venga a nosotros y que reverse y nos lleve.

Tan fácil... Les ponía el dedo, paraban en la otra cera y me atraían con la mano y detenían el tráfico.

—¿No le da para venir? Ella no se mueve.

—¡Coma culo!

Así el más cordial.

Paré un taxi que iba para La Estrella, con pasajeros, y me prometió regresar vacío. Y regresó. Nos abrió la puerta, nos preguntó qué música escuchamos y la detestable de mi mujer

—Cualquiera que no tenga la voz de un taxista.

Él sonrió, creyendo que sonreíamos, y, al vernos —a ella impávida y a mí turbado— se concentró, más que en agradar, en conducir.

Por la rotonda que da a la autopista Sur

—Amor, ¿usted dónde se amaña?

Y me arrebató el cirio, lo metió dentro de mi camisa y lo subió tocando mi columna

—En el cielo.

 

Itagüí, julio de 2023


___
delatripa. Narrativa y algo más, «El inmenso mar de la literatura», Matamoros, México: Catarsis Literaria, año 13, núm. 94, agosto-septiembre de 2025.

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