| Naturaleza muerta con perfil de Laval, Paul Gauguin, 1886 |
Eduardo Caballero Calderón afirmaba, en su
libro de «memorias» —encajar su obra en un subgénero narrativo es una audacia
que no me atrevo cometer— Hablamientos y
pensadurías, que antes de pensar una novela en palabras, verbalmente, la
pensaba en imágenes, como el cine mudo, viendo a sus actores decir con las
manos y los gestos. Y que el proceso más tortuoso, demandante y harto, era
describir esas imágenes en la página, verbalizar el pensamiento en palabra
escrita o, por lo menos, en palabra oral.
Viendo las cosas, a juzgar por su experiencia,
puede tener razón. Incluso, la lectura de un novelista, por ejemplo, nos da las
imágenes de una novela, en un proceso contrario al écfrasis (que es volver
palabra la imagen —cuadro, pantalla, recuerdo, anécdota, postal, espejo,
visión…—), de llevar la palabra a la imagen, coserla con estas y el hilo
argumental. Pero centrémonos en el escritor y no en el lector. Quien escribe,
quien investiga para escribir un cuento —no ya una novela—, va armando el
rompecabezas de los actos sin palabras, y luego, cuando pone su trasero en la
silla —Balzac— para mortificarse con la transcripción verbal de esa imagen, la
desmenuzada de sus acciones, colores y sutilezas a la página, utiliza las
palabras, sus palabras.
Otro ejemplo: estoy en la segunda etapa
(corrección) de la escritura de un cuento sobre la «muerte dulce» de una
familia. Para reconstruir la idea, la imagen, el escenario de los hechos y de
los actores, leía y conjugaba todo en mi cabeza, con pocas palabras y líneas
para enfatizar rasgos en la libreta. Todo el montaje se hizo sin verbalizar.
Luego fue otra cosa, obviamente: la división de los espacios, las
características de la muerte por dióxido de carbono, los relatos de la prensa,
la tarea de inquirir para no llegar con barrabasadas a la historia. Y, por
último, la escritura. Sentarse, hacer malabares, barajar, guiarse por el
sonido, por el sinónimo redentor, la prosodia que fluya… Escribir, ni más ni
menos. Hacer verbo lo imaginado. Algo así como pintar, componer la estructura
en mente, solo que con palabras, solo.
A veces, en esta lidia de la escritura por dar
en el clavo (en la imagen), se opta por la abstracción, la complejidad, la
maraña del lenguaje, el hermetismo: véase las profecías de Nostradamus, hombre
de visiones e iluminaciones (?), que en un estilo poético ha quemado las
pestañas de hermeneutas y los sesos de críticos. O explíquese, en cristiano, la
cuarteta II de la centuria VIII: «Perdón y aguas y autor de Miranda / Yo veo
del cielo fuego que los envuelve: / Sol Marte unido al León, después Marmanda /
Rayo, gran pedrisco, muro cae en el Garona»… ¿Ah? (Parece un ejercicio
surrealista de escritura automática).
Hay otros casos mejor librados —cuando el
lenguaje se deja ser (no se imposibilita)
por el sujeto que lo blande— de verbalizar lo visto, de inmortalizar un rayo a
la lejanía de la sierra, de llover en el poema como llueve en la habitación de
otoño, de crujir las maderas del desván al caer el cuerpo víctima de
parricidio. Este caso es el haiku. En tres versos (cinco, siete y cinco
sílabas), menos que la cuarteta del adivino, el poeta extrae la esencia de lo
que ve. Aparta lo latoso y medita las pulsiones. Significa, en tres líneas, una
montaña, un imperio, un jardín. Y se entiende, aunque este no sea su objetivo
—si tiene objetivos.
Otro caso es el impresionismo literario:
Maupassant hace sentir a uno el viento, el alba y el temblor al caminar cerca
de un acantilado. Él comunica, vívidamente, el écfrasis al lector. En un doble
proceso se comunican, un tanto deformadas por quien la escribe y quien la lee,
el frío en los pies descalzos, la melena señalando al bosque, las criaturas
despertándose a las tinieblas, el horizonte despidiendo una canción de cuna, un
cuerpo contra la brisa marina. Es para leerlo. Lástima que apenas doy con la
imagen. (Si vemos bien, es un intento de écfrasis mi recuerdo del écfrasis de
Maupassant).
Volviendo a las memorias, a la vista del
pasado con sus retoques desde el presente, ¿cuánto de lo que rescata el memorialista
es primero imagen, experiencia no verbalizada, antes que escritura, palabra? El
acantilado no es fortuito: está presente en mí, sigue presente en mí, aunque es
pasado. Para el memorialista, lo que sigue presente en él es pasado, y lo
escribe con deformidades, con lagunas, como yo recuerdo las imágenes del cuento,
pero se me pasa su título, el acontecer de la historia.
Comentarios
Publicar un comentario