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Varios alborotos

Fotografía: Sergio Acero

Antonini de Jiménez Castillo, profesor español en la Universidad Católica del Norte, dio un conversatorio en la Asamblea de Risaralda sobre el 12 de octubre. Alguien compartió un fragmento:

Era imposible la reconciliación dialéctica entre dos civilizaciones, una que era civilización y la otra que no era civilización. Imposible... Una tiene que perecer. Lógicamente tenía que perecer. ¿Cuál? La primitiva. ¡Como perecieron los cartagineses de manos de los romanos; como lo hicieron anteriormente los fenicios de manos de los cartagineses; como lo hicieron igualmente los iberos de manos los fenicios! Pues esto, en Europa, nadie tiene ningún problema con aceptar esto: pues como tenían que hacer los indígenas de manos de Occidente, ¡claro! ¡Y bendito sea el Señor que así ocurrió! Y bendito sea el Señor que así ocurrió.

Por lo que se sabe, miles de internautas y una senadora se indignaron y, por supuesto —si de Jiménez, un académico, lo expone, cualquier baboso también—, otros se alegraron. En su página, donde montó la charla completa, las observaciones: un señor Bustos escribió ocho puntos en los cuales lo refuta, cada uno extenso y citando extractos. Otros, los de su gallada, lo felicitan: «Enhorabuena»; «Magistral»; «Eso profe, duro como siempre»; y dos sic: «... de acuerno» y «Gracias colon».

 

Un apunte sociológico: Bartolomé de las Casas era sevillano —como Antonini— y la característica de sus gentes es la exageración. Por ello su obra es un documento con sesgos indomables, una hipérbole. ¡No haberlo sabido antes! Siempre es hora de cambiar...

 

En Pereira, la autoridad indígena Julio Albero Narayaza lo rechazó. Muy a pesar mío, gageó su discurso y si el profesor lo escucha, se perpetuará en que son menores, no son personas, son casi humanos; y que proteste, que salga en defensa de su pueblo, poco o nada le vale al español; antes bien, un secuaz opina: «Los nativos tenían su destino sellado el día que cruzaron el estrecho de Bering». Como están las cosas de incendiadas, este hombre no podrá hablar de historia en la Asamblea. Quizá en otro momento (cuando nos olvidemos o aceptemos a Antonini).

 

El señor ponente ya subió una defensa donde cae en lo mismo y enreda las cosas para hacerlas menos comprensibles. Dice algo acalorante seguido de una neutralidad o un saber común, para dar furtivos latigazos y, bueno, sigue siendo él y su pelo asegurado con la cachucha para atrás... Y un roce: el gobierno y las ideologías indigenistas son culpables de lo que pasa.

 

Indígenas emberas, hostigados por las aturdidoras que mandó el alcalde de la localidad de Santa Fe, se manifestaron en contra del albergue La Rioja y, más general, en contra del desplazamiento que sufrieron de sus resguardos por grupos al margen de la ley y en contra de los acuerdos incumplidos por las autoridades. Los medios fuertes anuncian que lincharon policías, dañaron vidrios con palos y tiraron piedras en el centro de Bogotá; uno que otro abre la ventana para escuchar a los heridos del otro bando, a la muchacha de diecinueve que perdió a su hijo por los golpes y los gases del ESMAD y a los heridos que no van a centros médicos por miedo a ser judicializados.

Una mujer indígena con su bebé a la espalda tira una piedra. No sé, una compañera diría «¡Qué chimba!» y le tomaría una foto. Yo la vi muy cómica y guerrera.

Volviendo a La Rioja, dos tanques de quinientos litros abastecen a mil doscientos emberas —en un edificio con capacidad para cuatrocientos—, los niños no comen y si comen vomitan —ciento ochenta han sido trasladados a urgencias— y hay VIH, tuberculosis y más enfermedades.

 

El Juzgado Noveno de Control de Garantías legalizó la captura de dos hombres que no fueron judicializados a falta de traductores. Procederían ilegalmente si les dan una condena sin informarles. Pero una vez alguien sepa emberá y lo ofrezca al Juzgado, ay. ¿Qué es mejor: que los ignoren o que los entiendan? Apuesto a que nadie denunciará la violencia que los desplazó ni la del albergue. Encima Petro no la vale como recurso para hacer públicas las malas condiciones salubres y de hábitat. Sin ella, ni siquiera este escrito se escribiría ni generaría un avispero la situación de miseria.

 

Polo Polo, indígena de la comunidad de Isla Gallinazo —como lo censaron y como aparece en el Sistema de Información Indígena de Colombia—, asumió que estaban rabiosos y los trató de hampones. A Risitas, por otro lado, le dieron picos monjas y señoras el 22 de octubre. No cabe duda: unas de las que la víspera inundaron de volantes sobre El Club de la Vitamina D, les zamparon sus labios temblorosos y deshechos. (Los señores probaron atar un letrero en un puente y, cuando volví a recorrerlo, todo estaba limpio... «Ve, les pudo», oí. Cosas que le pasa a la marea blanca...).  


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