| Agua delicada, Diego Raigoza Núñez |
El Hombre Medio, que es el pilar del nacionalismo,
reemplaza su insignificancia con las glorias del país.
Ernesto Sábato: Heterodoxias
Son dos pero uno es el tiranuelo: parte de sus casas y de
su herencia para redimir el valor del hombre de barrio a quien nadie atiende.
Es pequeño, como su trascendencia, y se jacta de profesional por servirse de
pulidora y no de peinilla, como si la hubiera hecho. Y esas complementariedades
lo alzan, le suben la cabeza, que no el paisaje, y lo montan sobre su
regionalismo cual bebé montado a la silla grande para darle de comer.
Dícese colombiano, antioqueño, hijo de los montes, con un
sistema de crianza infalible: poner a trabajar a las crías, y una capacidad
madrugadora que espanta a los zánganos que se “adueñan” de su tierra, que no es
suya ni de los que dicen ser de ellos, de su gran territorio tan arduamente
construido entre primos y hermanos, su pedazo que es menos y poco se expande,
su totalidad hecha esposa problemática, almuerzos donde la suegra, favores
cobrados, hijos compitiendo entre sus lindes y domingos de parroquia.
Además de montarse una parte de la cuna de enemiga, fijó
su rencor, más belicoso por más artero, en los venezolanos. Le fastidia lo que
comen, lo que dicen y cómo lo dicen, las correrías de sus hijos, las andanzas
de sus gentes, su bandera en los fritos de empanadas... y eso que ya se han
afincado, que no son los inicios de su largo venir.
Y si uno se metiera con su catolicismo recordándole el
mandamiento del Señor para con los extranjeros, diría que él no sintió la
esclavitud en Egipto ni sabe lo que es otro país, siquiera en otra región de su
misma Antioquia, porque las ganas de viaje se las aguó el matrimonio, y sacaría
a pasear su malparidez, su perro enjaulado, sin con quién debatirse con la
certidumbre de ganar, su extinto reflejo de misericordia, sepultado en una de
sus tripas, y negaría toda contradicción cerrando la puerta y negándose a hacer
favores en el futuro.
Si forman pareja con los colombianos, se hace pater familias y reprueba tal unión; si
le alquila a los “chamizos”, les agrega términos a los habituales y les vigila
sus bolsas; si nace un bebé, no hay que mirarlo porque no ha nacido... Y no por
eso deja de ser don, de servírsele la carne grande, de atender a su pecho
alzado, extensión de pequeñez, como a un prócer de su apellido, de sus metros
comprados hace ha, del mundo que supone reducir a la calluda palma de su mano.
Le vino una ulterior inconsciencia de estirpe: lo afro y
lo indígena es igual a lo extranjero... de su republiqueta independiente, que
no es en su mayoría de ojos azules, a la cual él tampoco pertenecería, aunque
se dio título de canónigo, por el cariz de sus padres periquitos, y su unión de
sangre, eso sí muy propio, que le bajó a la tendencia gringa.
Y como no oye argumentos bíblicos, menos se sentará a oír
las historias o las teorías del poblamiento americano, o un rescate de las
mejores palabras de Dussel, o volver con su memoria al color de sus abuelos y
hacerlo entender que si busca pureza no la encontrará sino en sus desvaríos. O
acercarle un espejo y sentarlo a verse toda una mañana, de esas en las que solo
coge sol, y decirle a la noche que, si fuera por su parecer, el mundo todo
padecería bobera.
El
Pedregal, abril 16 de 2024
___
Interlatencias, Ciudad de México, núm. 09, julio de 2024.
Comentarios
Publicar un comentario