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La señera

Ana Sofía Manco Espinosa, 2025

Videopoema: <https://youtu.be/n7pe5Voa5QM>

 

«De las obras en prosa que más me sorprenden son estas de Alejandro Zapata Espinosa. Una corriente de frases que van retratando una situación, que se desliza suavemente»: Aluna Jaba (2025).



I

 

Sépalo «y ahora solos, / arrinconados contra la montaña, solos, / o domando bestias de hierro, / arrojándoles huevos de águila a esa trinchera», con ese grande dividiendo la maleza del buitre, terquedad y consuelo de los apuros. Al fondo de la elevación constructiva, del picazo obrero y la expulsa por cada contrato, allá se encuentra lo verde y lo negruzco, la falda con las rodillas puestas al desgaste, el ventisquero sin postrimerías o confirmaciones. De la circunferencia moscuna, la pesadez de pulmones gargajos, el cielo seco, borrón de lo iluminativo y de las esperanzas galeanas, como una tapa transparente por la que no se sabrá del profeta que nos tiene cediendo cada vez más la muela, echando vacas al precipicio para abrir cosecha, cambiándonos entre los mismos porque no hemos confesado. Pero es del cielo la divisa, el pesebre que fueron atrayendo deudores y morosos y camioneros y amas de casa viudas de hijo, las conozco y podría acercarme a ellos como si fuera el de hace tanto composición o retratista del llevadero. Estamos donde no vendrían pocos, en la muralla franqueable, en el reguero de plastas en tono y elocuencia, en cuido cariñoso o sobrados de torta.

Afianzamos con el ratón de cañerías aledañas, con el cachorro pegado y la cacatúa ninfa a cien mil; aquí suben a preparar sancocho y a columpiarse, en otros días, del pino que suma gallinazos en temporada de riñones y sienes abiertas, una banda que nos ve como los agoreros en las cenas de Apolión, como repartiéndose el acceso a la villa y al muslo descompuesto de la que no será cargada. Todo muslo es un festín, una mesa dispuesta a la disección, una pista de patinaje con solo dos enternecidos. Igual piensan de las vacas, del alpiste, del cemento que compara las constructoras con los oficiales de a raticos, los intereses del banco las libertades del ganadero.

 

II

 

Con la farsa adentrémonos, a cinco años de muerto el fundador, a los costillares de la pasarela, hacia donde no se pronuncian los cartapacios ni los ambientales de tanqueada. Fácil caerse y no llamar duro porque nadie consiente ser interrumpido en la peregrinación a la soga ajuste o al changonazo que remueva lo boscoso, en las raíces, en la mancha polvosa del monte, donde no crece el pasto pisado ni se acercan los cascos a punta de vara. En toda parte lo fallecido, y nosotros en, manzanas descaspadas y fríos que humedecen el moño del enfermo, la pulpa del alzado.

Pero se agranda, y su gente avispera, guarapeándose contra rocas y troncos, echando hacia abajo con el costal, deslizándose para volver a subir zigzagueando la trocha exigua de las vacadas. De ahí a los altos, acampados riesgos de vereda, pretensión de cruzar el heroísmo y darle a la colombiana abono, plátanos sostenidos, apuñalados por guadua vainilla, sin verdor por sus huecos arquitectónicos, pájaros resbalosos que no escoltan, interrupciones deslizadas y pérdidas por cultivo. No esta dirección de carestía, peligro ecuménico sin tonada, es árbol naciente, trinchando por el cuerpo medio, saliendo por la boca y abriéndose por la rasgadura: principio de lo inconmovible, zona roja y guardadero de polizontes. A las muchachas que sudOr y uñas tierrudas no amenazan con despedir del lomo, a ellas un atardecer opaco, de tos grisácea, de mofle apedreado y racimo en ambos linderos; un culatazo y un vino, la pala y en el rancho un cuadro cojito, las cartas impares del juego que sorprendió el deslinde. Es temerario sobrepujarse cuando las articulaciones no aguantan, y más si es la mujer que en el potrero vaciará los tarros, la fiambrera con que amonestarían el palo donde suelen concebir un terreno y las plantaciones. Mete hombre la mano que el mordisco suena a carcaza, a pelota en vacío de invierno con paredes y rayones de crayola al destajo; lo que se erige tan arriba suele caer para subir a gusto, entre pisadas de veinteañero y una barriga con los de mosquitos ávidos de flor nueva, que los uniformes dejan poco a la usura.

 

III

 

Y así como lo escaso, la mirada angosta, el en cada pierna arrimado, más bien. La fascinación del querido en aspas y sin despojo, el aliviarse de una mazorca pisada. Haría escribirle a los de cera en la roca, el malintencionado que no pasa de a la pinta su ración, a las acostadas su bañera, el deslizamiento que son dos derrames, véase bajo los lagrimeros. Cobró a los machetes del cargador en la esquina, agropecuarios y no creerse de lo por aseo bienestaroso, de lo que se salva el montuno, los mosquitos invadiendo el concepto que por lo inservible es bebido para molienda y el resurge de moscas y otra cadena que embucha lo instinto.

Puédese avistar el alumbramiento o la tomada de cuello de un arcángel, que no visita ninguna bandera solo el cuerpo patrio, la reciedumbre encanecida que tiene por honra sus fueros: la cantina piojera y el badajo que amaneció a lengüetazos de borracho, repicando por los muertos del navío, y él a distancia, tronando porque sí, lúbrico, extenso, incansable.

 

El Pedregal, julio 14 de 2025


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Aluna Jaba, Revista Virtual de Literatura y Artes de América Latina, Cuernavaca, México, año 2, n.° 3, otoño de 2025

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