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Parecidos

Pequeña estrellita azul, Gonzalo José Bartha, 2018

La visita a raíz de un comentario zafado a quien escucha y devuelve pero en moldes.

Cogió y por la ventana, que dejaron abierta para desacalorar el techo y sus cuerpos, uno quieto y el otro con facilidades; a aquel se le montó tres veces la misma noche y, aunque bregara, lastimoso o en sueño de otra edad, de quitársela de encima, medio movió la pierna y eso dizque para tirarla contra la pared, ella lo ahorcaba y le saltaba en el pecho operado por puñalada, que no es esa la causa actual; a las tres veces se fue por donde vino y le dejó la sensación de acompañado el rato que duró en amanecer para contarnos que hubo visita cómo no anunció su llegada.

 

 

Presenciar la muerte en sueños de un cabezoncito primo tercera generación en la misma cuidadora y lamentarse no por él porque es lo último que pudo haber hecho allí mas por la tía que lo montó en la nevera con el transformador le dio por tocarlo y ay Señor no quedó ni chispa ni aroma de lo que era el pobre gateado en tan poco que no dio en donde sea que pasan los niños tristes la cosa es esta al otro día verlo normal en la calle con la señora y ambos con su bolsa de mercado y el juguete en su otra de lo más tranquilo como si ayer o ese mismo día no lo hubiera desaparecido el voltaje de todo un rinconete de barrio libre del calambrazo que le estalló el cuerpecito los órganos de paloma preconcebida y la respiración del grito por las lágrimas de quien saluda e invita a las doce y media no más después porque lo debe llevar a la guardería a sopa de ahuyama.

 

 

Inservible, no ufano, cosa maltrecha el padre de vereda antipopular, menesteroso, ávido, calenturiento por los negocios de empanadas y tortas de carne y dueñas con el esposo separado en el mismo techo de no hace falta más que trabajar para no tullirse pero sin desvelo; ese tipo de padre, que baja las escalas a dar la bendición y a sanarle el alma a ya muertitos convulsos, a señoras pecadoras a nadie le importó ni un poco el hijo muerto por descuido, ese hombre ha pasado a ocupar el ministerio con tan falso carisma, o tan desprestigiado amor al Cristo de la crucifixión, que no da ni rabia su luto entre risas de atleta con tres tipos de hijos regados, no falta el metedor o el susto o la del crucero con título de cuidadora.

Dan ganas de tirarlo por las escalas a ver si coge ángeles o se lastima un poco además de las urgentes apreciaciones en despacho o con las vividas en la misa y en los comités no asegurados, no advenedizos a milagro o a concepción profunda, que esto es decir Dios pasó por acá y dejó un rasguño en la verja, mística, nada ferviente que opaque las supuestas milagrerías en que se convirtieron los cultos de montañeros agringados e hijas de canto rupreste.

 

 

Acercando la oreja, y tirando a los metidos de los visitantes para hacerse uno enfrente, al adobe se escucha al tarseño, solo pero con una minusválida de esposa cuando vino de los llanos tras un viaje en una cueva que lo hizo ver los cinco druidas o los fantasmales trotones que lo revolcaron hasta volverse amiguito de Dios, entonces solo, y los puños contra la pared, los trompazos a la vieja, ¿cuál si no hay nadie más que él o eso dicen quienes lo vieron entrar desde el chivero, la cajetilla y las arepas y la papeletica, y el camino estrecho, la palomera a su casa enterrada entre varios pisos del cercano?, o al esqueleto o a la aparición que invocó, guarda libros de Engels en edición de Pekín y unos cuadernos raros para darle humo a los vocales de esa concurrencia que no es para almuerzos o arreglos de compraventas falsificados o nieto del aborrecido por las causas en Calatrava, pero es alguien, o es él, quien aguanta sus manotazos y el olor a marihuana, a esto atribuyen los metiches su esquizofrenia, quien aprieta el puño y lo dirige al pómulo en su cara, ese que le hundía el santo padre, cansado, lo metía en un cuarto para, recompuesto, animoso, con una aguapanela encima, gasolineando sus cuadrantes, reencenderlo a paliza, a juetazos, a golpes secos de cepa antioqueña, con la misma palma que doma y ensilla potros, alazanes y las aparecidas de vez en cuando si no estamos mal sobre el reguero de zetas por toda trocha y hormiguero que se planteaba, rico para él y nosotros que lo continuamos, temerosos de uno solo, con las ganas de patearse e inventar lenguas en las sesiones de espectro acometido, de furia de viejas o uno mismo en la casa cerrada, quemándose los antebrazos por la salvación de una chucha el satisfizo.

 

 

El cabro. Lo intensiona, le parte la médula para que afine. Marranudo y arancelario. Se cree lo más chimbita del prostíbulo, y nadie lo escoge. «Pa qué alguien así», piensan todos. Un maldito. Escoriafo. Mequetrefe por dos. Cincuenta aguinaldos negados y vea. Mal hecho. A ese el cabro. Primerísimo. Lo meten al fondo de la horqueta y la niega, de esa tipo es. Malo, pésimo. El exterminador, el fin de las temporadas lo metió en una bolsa para enseñarle a callar. «Es justo y oportuno, más que necesario», pensé. Un viaje en silencio. Los proyectos del hombre, del farsante son de mostrarse como conquista y riel. En este caso el viaje es no importa si él lo haya. La entrada del remiso. Reprenderlo, eso es todo. Asustarlo y que no vuelva a meter gente que no conozca donde no decide. Que se cague encima del aparecido. Uno los contrata y ellos se deforman. Dicen que en ese estado son muchos los que hacen trabajos. Es como una capa movible, un oscuro lioso. Sombras resaltadas por el ánima, por el coágulo donde se transportan. Y no se dicen ni esto, porque van a lo suyo. A hacer el trabajito, que a falta del mismo todo es trabajo. El mandado, que a falta de mandaderos le toca a uno. Ya solo se dejan mandar del amorcito. Bobos que somos. No-le-hace. Y le pega el susto, y que oiga «¡A por ti venimos cabrón del inframonitoreo!» Para que vuelva a lamerle los cayos al elegido De Jesús. Y no vuelva a meterle gente indeseada, que eso aburre. Él no está acostumbrado a que lo tallen ni a que le tallen al pajarito. No patrón. O se ajuicia o lo ajuicio, y que ni decida. Lo de creerse accionista del Grupo hay que purgárselo con ceniza. Por envalentonado y haragán, mala gente. Creído. Sabelotodo. Glotón sapo-verde. Papujado. Estrellita del hemisferio no lo conoce. Y que lea autobiografías de suicidas, así le nace entraña. Que piense «Esto que traigo no es mío por tanto no me lo merezco Señor». Ni una coma, para que tampoco se meta con su «cualidad artística filosofeo profundidad» con lo que llena todo discurso. Nada. O que muera entonces. Se entierra. Y se repite para con los otros que sobren. Han de ser manada esos malucos. Todo está como el primer día, y no se ha parado desde eso. Chanda.

 

 

Ni los rezos ni las exigencias a los santos de siempre le han curado, porque ya no hay cuerpo que le responda, los mareos al piso, el tubo en la nariz, que esperaba tenerlo un poquitico de tiempo, y la de movilidad de dos balcones y dos salas. El sobador de humanos y caballos, a quien acudía la señora que intentó suicidarse de un segundo piso y quedó cojinetica, no puede arreglárselas con su propia enfermedad, sacarse a las brujas o el conjuro que, dice, le echaron desde muy pequeño, por el cual olvidaba todo al momento de aprendérselo, de tenerlo anotado en la pizarra de la entendedera.

Y los que lo apartan por fastidioso, Vivir con un enemigo de la religión familiar adoptada cuando ya no se deberían tomar decisiones de espíritu, diría él, no quiero endilgarme tal afirmación que me sacaría del triángulo teosófico del cual no hago parte, saben que o dura cansoneando o se lo llevan sus contrarios, esas que desde Cisneros le tiraban patas de gallina, a donde no sabrán más de sus premoniciones.

Mientras lo visitan, indefenso con el balón de escudo, justo cuando no es capaz de moverse para acá o para allá sin brazo de mujer apostadora o hijo librero escolar, riega las matas, pide a los muchachos mandaderos que le cojan tal reloj o navaja en la maleza. Que si fuera por él la mantendría desyerbada, con sus flores paciendo buñiga seca, y los canales del patio sin tierreros ni escombros, y a las motos desordenadas les chuzaría las llantas y, si seguían insistiendo en parquearlo ahí sin ser del sector, las empujaba con el bastón que le dejó la suegra, muerta donde él vive, cansona porque sí y con ganas de llevárselo apenas parara el culo: veremos...

 

Cual Segovia enaltecer a un tronco para poblar la significación interina y nacional de los jergones y las casualidades por medio de repetición y marca afanada ahí donde lo no inscrito se recupere a ser permanencia o el rescate o el estoraque a parir lo venidero de cósmico océano o montaña empinada a lo que más dé y ubique a todos pero a los hermanos del bloque rojo latino así sea con santerías o quemones de santos con abrigo de gerencia africana eso no importa sino que pasen adentro de la ubicación sacerdotal y a la trópica adherencia de lo hecho en descanso de humanos con carne en sus encías y un crucifijo en el pecho que ha traspasado un revólver santiagueño.

 

El Pedregal, julio de 2025

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El Creacionista, Puebla, México, año VI, n.° 82, agosto de 2025.

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