«Pero Solavaya también es viaje y ficción. Por eso, Alejandro Zapata Espinosa nos saca a jugar con una ruleta sucia cargada de suerte, deseo y desesperación en su crónica "Casino Jabalcones"»: Solavaya (2025).
Queda arremeter contra los balbuceos y la cortina de
vidrio, el paso del empeine blanquecino al cuarto de fumar; allí, con los ojos
entrecerrados, y las colillas por dedos, se cuece un plan de tragamonedas que
humo y barniz rectifica. El mirador, si acaso se acercan, les permite ver a los
distraídos, los cambuches que respiran y las arepas de queso atenazadas que
tienen a bien almorzar las faldas cortas en la banca donde recién se despertó
un durmiente. Adentro, la sangre fina y las columnas grises opacan la luz de
las máquinas, los faraones y las pirámides, el maíz y el templo maya, los
cachorros; y el carrito con la cafetera sirviéndole a las manos pecosas, al
labial de madre e hija, cuál a mitad de camino y cuál empezando descenso, al de
la riñonera ladeada que apuesta desde el bar hasta la carrera de tiesos
caballos. De no acabarse la sala negra, el chef apareciendo y la caja
abriéndose para comer de lo suyo; el de los audífonos que recupera con
serenatas lo último en su haber; y el baño olor a tripa vacía, a cartón
gastado, a ropa sudada en la suerte que promete, que lo tiene de los pelos y lo
avienta a las escalas, a oxigenarse con tecleos deseosos de premios exclusivos
y boletos adicionales, por los nueve pesos y cero centavos válidos por noventa
días. Tirar los dados sobre papeles de esmeralda, lanzarse por el dulce cada
que lo alejen, agarrar con todas las fuerzas lo inaprensible y, al abrir el
cofre, ver solo una pluma, una migaja de visión que no dura ni para contentar a
un lazarillo, el candor que ahora secunda funciones básicas, reflejos del
estrago hecho costumbre, la instancia por la que requisan para salir con el
salario en trámite: «Dame, pierde la
victoria, haz del abrojo un cenicero, gana un bingo y que sea en mi ausencia».
Itagüí,
marzo 2 de 2025
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Solavaya, septiembre 14 de 2025
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