| Falco, 2017 |
Una voz narra cómo se tragó a los
humanos:
«En las
estepas mongoles, una mujer suplicaba al cielo levantándose y girando; el
diluvio superó las montañas y caía con estrépito; lo primero que hizo con la
mujer fue quebrarle las piernas y tragarla... para después subirla a su lomo —yo
lo vivía en primera persona— y la meneaba, la hundía, la obligaba a tomar... y
ella, teniendo dos cielos por horizonte, se atemorizó de las profundidades: de
los animales acuáticos, de los supervivientes y de los barcos naufragando en su
seno...»
«Pero debe
de haber un arca —pensé, ya del todo en su conciencia, como medio de salvación—;
alguien fue anunciado y la construyó para bien de todos; esa arca ya tuvo sus
embates y navega con los rumbos del Altísimo; permíteme asistir...»
Soy hombre
y acudo a una charla —¿de Noé o de uno de sus discípulos?—: vamos por uno de
los cuartos; traspasamos una puerta.
—Aquí
dormiremos.
Nos
sentamos a hablar en un rincón, alumbrados a vela, y un proscrito me saca una
navaja de mango de marfil que, de menearla entre sus dedos, pasa a ser de
plástico... y la clava en una tabla a mis pies.
—No nos
podemos pelear porque no tenemos escapatoria, señores —¿dijo el guía?
El hombre
salió por la puerta y trajo de la cocina un cuchillo blanco y se lo cedió a uno
de sus amigos:
—Que cada
uno se lo rote y aprenda a manejarlo: así no nos temeremos y habrá confianza.
Bajamos a
un sótano.
Ahora iba
con Cala y otros compañeros.
Prendimos
bombillos y hacíamos fila para pasar: los pasillos eran una o derretida. En un
rincón, los productos de aseo —toallas, jabones empacados y usados, cuchillas,
tres paquetes de pañitos húmedos...— Pasamos del rincón a un cuartico con dos
puertas. Yo vi a los compañeros salir de una puerta y meterse a la otra; me le
adelanté a la malicia de Cala: trabé la puerta con el pie y prendí el bombillo
que el último había apagado; él se rio y forcejeó; yo le apagué el bombillo de
su salida y él el mío; prendí el suyo y un espanto con cabellos revoltosos,
manos uñosas, húmedas, y gritando me salió de la izquierda y me zarandeó...
Del susto
cambié de lugar: subíamos en el chivero manejado por la dueña de la Duster —la
que acomoda ventiladores sobre el tablero—: Cala de copiloto y Pendo y yo
atrás, del lado de la puerta izquierda.
Yo digo que
nos deje en La Verde y ella nos sube más arriba de la casa de los Rodas; Cala
saca un billete de cinco y otro de dos; Pendo abre:
—¿No
vienen? —me cercioro.
Él ya
cruzó.
—Entonces
Cala...
—Hasta aquí
llegamos... y esa vieja me cobró los tres sabiendo que usted cargaba a Pendo —¿quién
era el de la derecha?
Saqué y le
di cuatro mil en billetes de dos mil —seguía llena de papeles—; me comenta que
en estos días hice una videollamada con Tomás y él me contó que le gustaba una
de las compañeritas pero que nunca se atrevió a decirle ni a regalarle...
(El Pendo
cruzó tan rápido y hasta de mal genio porque compró dos bolsas de perros y
hamburguesas que no sé si le tenía listo su mamá o los Pabones.)
Yo tenía en
la mano tapitas de sachets y las movía;
abrí una bolsa de basura —¿de la vieja Omaira? — y Cala me retuvo:
—Cuente más
mono... yo sé que hay...
—Cuente
usted.
—¡Ah yo sí
salía con ganas de esas clases!
»Cuando nos
despedimos acá yo todavía me despedía de ellas y les jugaba y les tocaba el
pelo...
»¿Y usted?[1]
San
Pío X, diciembre de 2023
___
Sonámbulo, «Fantasía», Montevideo, Uruguay: MMEdiciones, núm. 13, octubre de 2025.
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