Un
sombrero hace cuatro años, en medio bulto de cemento, bajo las fotos mínimas,
una en cada esquina, del cuadro de los tres niños, los tres de la madre
mediana, me recordó el empeño en que te metí, y al que supe corresponderle huyendo.
Surgió entre las fotos que ocupan espacio, las que no necesito borrar porque
nadie te sabe en ellas. Las guardo como un secreto al que solo yo vuelvo, ¿y
quién más sino el que lo mantiene sin motivo?, y entro o asusto a la dueña y le
entrego el mandado.
Luego me siento en el mueble, o en una de las sillas de
la mesa, la que da a la habitación en la que me podía acostar, donde una vez,
detengámonos ahí, pasé una fiebre que me atacó del mediodía a la tarde. Veía
los brazos que me extendían agua y pastillas, el abrir de cortinas y la cabeza
que preguntaba cómo estaba, los pasos del caminante que venía a llenar
estómago, frijoles con chicharrón, y volvía a salir, las llaves de la moto en
la sudadera. A la noche, curado, primera vez que salgo con bufanda, a su
diestra por Villa Paula, Como el cielo
después de llover: nos reunimos dos compañeros de estudio, y en la charla,
desocupaban el centro comercial, respiré dos temblores, ignaro de a quién
tendría después, una menos, para contarle mi rechazo (a la que sabría de mí en
un almuerzo que tenía prohibido, que como siempre deseé alargar hasta la cena,
no desprendernos del apego).
Quien sabe la hora del adiós ¿se abstiene de su llegada?
O repite los cuidados, se adentra para convertir lo venidero en imposible y
tuerca el amor en deber para con el otro, función que nadie más completa.
Porque seguimos rondándonos, ahí en la sala, ya sin el bulto y el sombrero, en
ese entonces guardando del sol en caballería; saludando a los visitantes, yo en
entre ellos, charlando mientras se fritan unas papas solas con limón.
Ahora debe bastarme la visita en recuerdo. Y, si pudiera,
unas palabras, sea que versen sobre el futuro o sobre lo que pudimos haber
hecho (futuro abortado), cuán larga sería ya la querencia, el recorrido juntos,
que empezó temprano y acabó sin dar miras, lo que faltaba oponernos en estudio,
en casa, una urgencia matrimonial y a seguir despidiéndonos de la vida sabiéndonos
contiguos. A veces, desde la ventanilla de un bus, veo el sendero que antes
pasaba a zancadas, del cual salía a medianoche o me podía reservar para los
primeros destellos; al que volvíamos porque allí dormías, entre paredes de
montañas, girasoles gigantes, un nocherito que te era más que necesario y un
atrapasueños en aro de bicicleta.
Y lo que habría que decir de antes, del inicio...
Fátima, enero 16 de 2026
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Crónicas de amor y lo-cura, Iztapalapa, México: EnREDadera Cultural, febrero de 2026.
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