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Tarde compartida

Wilbi Noé Rodas

Allá están, chupando un solo helado; ella con la pierna derecha encima de su izquierda, entretenidos con sus caras, centro de atracción, eje que obvia los almorzaderos y las cantinas del parque. Si supieran que los estoy viendo (tampoco es que me esconda; quería salir, encontrarme con Vanessa, invitarla no a esos conos sino a una copa de frutos rojos grande o una canasta de helado, algo que implique sentarnos, pedir soda, limpiarnos con nuestras lenguas y pararnos saciados a caminar la tarde. Pero le cancelé a Vanessa, o ella me dijo que hoy no podía, que mañana debía entregar un trabajo, y le colgué sin adiós.

 

—Salgo, no demoro —dijo.

—No tiene por qué anunciarse, damisela —contesté sin alzar los ojos de una foto mía de pequeño.

—Entonces me demoro.

—Demórese, como quiera.

Y al cerrar la puerta me vestí, me eché el perfume afuera, entré para guardarlo y salí con la foto que boté en la primera basura de camino al parque.

 

A Vanessa le hubiera gustado, o al menos la veríamos en la mesa de la heladería:

—Se la regalo si se la quiere llevar.

—Sí me la quiero llevar; fírmela.

Le pediría a la mesera un lapicero: mi firma entre dos signos de interrogación: así pongo a los amantes: un signo con el punto hacia arriba y el buche hacia abajo, ella; y él, con el bujo abajo y el buche arriba. Y quien yo, un exclamante puntazo que los empale y los dirija así hasta la iglesia y allí les celebro las nupcias; pero no los dejo salir de luna de miel; me traigo a la desposada a casa y volvemos a mentirnos para encontrarnos con nuestros guardados.

 

—Diga «No demoro».

—...

No contesta; habrá sido la impresión de la tarde...

 

El Pedregal, enero 29 de 2025


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Cosecha de letras, Coatepeque, Guatemala: Club Literario Coatepeque, año II, N.° 5, enero de 2026.

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