| Benjamin Balazs, 2016 |
Hay
que tener cierta amargura para no ser presentado como bailable muñeco, payaso
de vistas, juguete para siemprefelices. Esta pensadera viene finalizando el día
entero en una casa del Sembrador, con lluvia de fondo desde las ocho de la
mañana son las siete de la noche. Por la tarde hubo tregua que hubiera dejado a
los recaderos escampándose o mojados que da gusto. Los pocos de fiesta se
desganan; las miras en el tres-uno y listo, a ver qué sigue si somos capaces de
sobrevivir. Yo apenas me vengo a dar cuenta que el multidisciplinario, ejemplo
de tinto en el suelo, relación academia y desmadre, está en contra de la mujer
que nos recibió a Cepeda. No es para odiar; antes lo quiero ver y detenerlo:
sus cosas en las radios, las exposiciones callejeras, qué guarda de los
estudiantes con los Boteros, aquel semestre en que el pardo en la camisa
cuadraba con los presentimientos y aquella salida era interrogación, directriz
de profesora, informe con aparato crítico: la experiencia redactada. Si este
escudo, el sentarse, las horas sin tiento pero con la seña del hispano en villorrio,
el tabaquero en casamundi, el que recibe un tiro al galope. Eso para justificar
la dedicación a lo que nada promete, frecuentando el reino que a unos promete
cheques y a otros labor honorífica, pero ácidos: «La Fontaine lo ha expuesto en
una breve frase: La raison du plus fort
est toujours la meilleure. “El que vence —dice Baltasar Gracián— no
necesita dar satisfacciones; nunca se pierde reputación cuando se consigue el
intento”. Es decir, no existe una norma ética definitiva, ni una orientación
fundamental, ni una verdad inconmovible; cuando se triunfa, la razón, la moral
y aun la belleza están con el que triunfa. El éxito lleva en sí mismo su sanción;
una secreta y misteriosa polarización de voluntades y de inteligencias se hace
siempre, indefectiblemente, en torno del que acaba de triunfar». Son peligrosos
en cuanto lo señalen a uno, pero en esta migaja, diminuta para los principales
en Cali, ayer tampoco salieron porque fue peor la lluvia, o para los duros en
Shanghái; no es envidia, podría pensarse: es más bien volverme a este Cauca
fermoso, cautivador en tela doblada, sin entrar a lavadora, a cuyo olor saco las narices y despego al
ladrido que nos recuerda, a quien está al orden, baño, lesión, solo falta la
crema para peinar crespos en cabello lacio y listo. Las señoras partieron
tarde, llaman a preguntar al señor dónde queda la tienda de los respuestos,
ellas que juntas no hay quién las las mande a casa a por el muchacho.
Hablan
del «pase de la muerte» y en otra casa de la loncha ponen tecno; aquí estuviera
la perrita que no aguantó, solo no aguantó, y la podría cargar, como me
trajeron al bebé y me llamaron tío
sin serlo; obstante, para lo que lo cuida la mamá yo soy mucha cosa: pensador
en los tatuajes que le malogran los brazos a la sonetista, la imaginaba limpia
y borracha y naufragante lejos de los olores navideños.
Llegaron...
Faltan
ocho horas con cuarenta y ocho minutos para darle fin al veinticinco. Apenas
inicie el siguiente, debo hacer el recuento de las publicaciones con distinción
de prólogo, revistas y conferencias; así es como uno se da cuenta, y más que
uno a los contratistas, de cuánto ha hecho y en qué ha direccionado los
manjares, el temblor de pecho. Y copiarlo con la maestranda, que acaba de
apagar el bombillo de la pieza, muy oronda en su caminar y en su entrega de
natilla a la doña que planea quitarle el parqueadero a su enemigo de vejez; si
por mi fuera, le daría algo de mi parte. Los estrenosos pasan frente a la casa,
con la frente en el celular, las muchachitas arreglándose el cabello planchado,
demás que oliendo a ricuras dulces;
los perros sacan su lengua, las señoñas esperan a sus hijas salir del trabajo,
el vigilante despide turno con un matiz de éxito. Debo cuidar esta boca, porque
preguntado se me salen los inconvenientes: la pereza de Año Viejo, el plan de
irnos a dormir, a descansar las ancas, los juanetes,
las entendederas, los muelones, plan que abortamos porque nos gusta apurar la
vigilia, andar prolongando el sueñocho, repartirnos en actividades supremas que
aportan a la candidatura. Nos encontramos en la sala, centro de facilidades, a
extender el cuerpo rendido, a mirar falso los billetes de veinte, la liga no me
entero. Menos mal almorcé a gusto, sin forzar la tragadera. Releyendo los
«Extractos...» del 2023, la cuestión vigente por el tiempo, qué hago para valer
la pena, en dónde mis haberes. Uno de estos días lograré la patraña de
enrielarme, dormir hotel, desayunar y seguir con los presos, la «filosofría» de
los bacánicos: con o sin el duro que, por el documento compartido, cuenta y en
amor se resume. Ahí me llegó un correo para transcriptor; buenas para el ocho;
el Oriente o los aretes de oro, los que me dejarán en ceros, raspe en las
cargas de arena lo que se gastó como rey en terruño cálido.
—Ma
¿por qué la gente hace esos videos?
—¿Y
pa qué la gente lo escucha?
Palmira-Aguas Calientes, diciembre de 2025
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El Narratorio. Antología Literaria Digital, Buenos Aires, Argentina, año 11, N.° 121, marzo de 2026.
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