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Consuela el tórrido hablante

Garabato, Alejandro Zapata Espinosa, 2023

Hotel Palomares, Alejandro Zapata Espinosa, 2025

De los arrepentimientos que mencionas, sanvicentino, trataremos algunos en forma tal que, si nos consideramos ficción, tendremos razones, dirás maniobras, para engañar al ejecutivo y tratar de ambos, de ti en los adioses ochenta. Estamos en las Carolinas, me llevaste en una foto dedicada, en la banca pensativos a manglar, tú pusiste, y rememoro, o se presenta la conversación que dejamos sin más, la que cerraba con mi distancia, la imposibilidad de ayudarnos. Porque avanzaba la cuerda, y en despedida, alguno deberá asumir, no lo hemos dicho, el entierro del otro, la palabra que asuma, retomando la unidad que depende, ya muerta, de los desperdicios (marinero-ancla) a los que dimos cuarto.

—No siempre aquí estaremos.

—Dígalo mientras pasamos.

En contra, yo fraseando su despliegue en «instantes, uno a uno, que pasan sin remedio» (seguíamos, traspasando tiempos, en la ética de Zambrano, porque lo leí en clave de estertor, así que somos tres, «Cuarenta si le da la gana»: sabías los golpeteos isleños de coro), y en contra de aceptar «la muerte de la rosa, de la frágil belleza de la tarde, del olor de los cabellos amados, de eso que el filósofo llama “las apariencias”». Nos oponíamos como no sabíamos, sino que nos dejábamos hacer por la insolación, La pasada Playa de buñuelo con tendero que ¿en dónde existe más que ahora, en ese presente al que lo hemos traído, al ahora de la sugerencia?

—Martes. Noviembre. Como sospecho que mi óbito se va a dar en pocos días o meses, deseo sean tenidos en cuenta, aspectos que sean acatados por mis hijos y familiares: 1) que al cambiar la ropa que tenía sea vestido por persona desconocida y sea incinerado.

—¿Por qué «desconocida», a la suerte? Estarán sus pagos, hasta podrá la caridad del nunca visto.

—Muy fácil. El que me conoció, podrá vestirme, y tendrá idea, se irá del momento para imaginar dónde, en qué valles o avenidas he llevado, me ha sufrido el cuerpito. Que se acabó. Muy diferente al don nadie que seré para el que no me conoce. La persona encargada, primo en Jesucristo, me va a vestir dando lugares universales a mi cuerpo. Usted dice las Carolinas y se embala; él dirá muñeco y: casa, aeropuerto, fila, hospital, inodoro, pocillo, barbería, extracción de colon, accidente. Es decir, lo que él se imagina en mí, todavía sin llegar a donde he acabado: si me toca el codo, se toca el codo; si me rasura, se rasura, con la diferencia de que a él le sale sangre, y a mí, para lo único que sirve estar frío, no.

Y leemos que «lo más irrenunciable para la poesía es el dolor y el sentimiento; por eso la poesía mantiene la memoria de nuestras desgracias»: las que tratamos. En rifa, nos valió dicho y compostura, y se despega lo nuevo en viejo a cambio de intensa misericordia: por lo ido, por nosotros que desencalambramos el bésame con nombre. Recordando el final, preferimos a las olas sobre los columpios. Ya nadie que pegue la gripa; el desconsuelo de no haber logrado lo dicho, que no hace parte de nuestro mundo.

Si «el poeta es fiel a lo que ya tiene», y no se «encuentra en déficit como el filósofo, sino, en exceso, cargado, con una carga, es cierto, que no comprende», y entramos a la sesión de recompostura, ¿por qué no desamarrar el odio?

—Últimamente procuro escribir, ¿me vio en el hotel?, a la espera permanente de la musa, o la palabra que se desgrane, se derribe la alta cima de la montaña que en ochenta años de ha erguido, para que se abra, el boquete, la llave.

—No lo vi.

—Porque no estabas.

—Estuve, que tampoco fue verte en el escritorio.

—Algo dices, pero tampoco fuimos. Escribo sobre El Isleno que rescaté de la basura.

—Bien, sigamos con el adelanto: hable, bombee, tírele a la cara del interlocutor un resto de maíz.

—Entonces 3) que la clave de la cuenta bancaria la encuentran escondida en el libro de cuentos Cuando los escritores mueren, páginas diecinueve y cuarenta y seis. Remitirse al auxiliar de editor...

—... ¿que gana un porcentaje?

—Que los enviará al número bancario: no lo acosen.

—Entre medias, banquillos, repositorios, recuerdas muy bien cuando eras habitación y ahora te han abandonado. Lo digo en pienso de la nostalgia que buscabas, y cómo si partieron en usted esa cavilación nacional del medio embriagado: la vanguardia y el presente en sus conferencias, repartiendo el mensaje de los pies al órgano.

—Atravieso la barrera, entiendo que son días que me faltan para despedirme, aunque, la despedida se ha gestado trescientos sesenta y cinco por ochenta abriles, la vida es un despedirse, todo día. Cada día.

Surge entonces la proclama, ya ardor y costura, para levantarnos y repetir con los pies entre el mar y arrodillados. Y la nota del bolsillo de la camisa, húmeda por tambor que zarpa, dice: «No te separes, en suma hacedor de fantasmas, de los más nimios y por ello preciosos detalles, de este fantasma tan real para mi corazón, para mis ojos: este fantasma, estas apariencias, más reales que ninguna otra cosa en el mundo».

—La cama se la dejo a Ifigenia.

—Todavía no: aún concibes.

 

Fátima, enero 18 de 2025


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La Sombra de Prometeo (LSP), «Muerte y existencia», año II, vol. 2, N.° 5, Ciudad de México: Editorial La Sombra de Prometeo, marzo de 2026.

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