| Kaos Review, 2026 |
I
Primer colegio de visita. Wilson tutor investiga qué
vengo hacer, mis motivos de presentimiento, a quién le debo la vida. Paso de
los salones a la cancha, de la cancha a la recepción, en espera de que me
ubiquen; pero no tengo contrato, ni póliza, ni dónde asegurar techo. Voy a
subir a Granizal, más empinado por la niebla, el invierno y los volcanes; o es
El Volador, y en él otro colegio, los profesores renegados. (La pieza, el
camarote, el escritorio dan a un volado de nubes y maleza). Y vuelve el
interrogatorio Wilson: función, eje, ministerio, pero ya estoy en la moto
apagada, no prende, hay solo una calle para subir, las luces se refrigeran, voy
cargado y, dicen, allá arriba no me atenderá nadie; quedo por mi cuenta, el frío[1] entrándoseme por los pies.
***
Regreso al primer trabajo serio como una vigilancia (y la estrechez discursiva
del examinador, con turbias revelaciones en lo continuo). W. es un trabajador
público y el padre, imposible
obviarlo, en esa función: con la ley a su modo. El colegio no es más que
escapatoria entrampada: al desubicar la sede, volví a otro que no era sino comienzo de loma a una estadía más laboriosa: «dicen, allá arriba no me
entenderá nadie», cuando debo «capacitarlos» (capital social de «interacciones
y profesiones» situadas antes-de). La ubicación de la sábana es otra laguna:
además del inicio que se confunde (¿por escapatoria?), el segundo del
acompañamiento en el barrio, ese acto
de dormir, o vigilancia abierta a levantarse, anda entre corredores que se
encuentran, y al final siempre el mismo: un dueño jerárquico, la tonsura, el
reflejo.
II
Salida de noche, del sur al centro, recién bañados, Tarso
en el Valle, en su moto. Es el barrio de la tía, y sus empanadas de San Antonio
para los mecánicos; en la casa de los viejos, hombre y mujer solamente, mesa y
cocina, al parecer tienda con televisor, noticias o fútbol, y el trago: cerveza
que nunca acaba, manos limpias de trabajo hecho, olor a fritos que llenaron...
Vemos el partido como si no fuera con nosotros, y le doy conversación al viejo
al igual que le recibimos las botellas a la señora, su delantal azul, el
bombillo prendido en la cocina.
Al salir, damos las gracias, cogemos los bolsos y los
cascos, y papá va por la moto. La trae del monte, pegada a un árbol: me pongo
el casco, quería verlo todo en el hemisferio, y montándome veo la loma
enrielada que nadie, ni a pie, se atrevería a subir. Iremos al centro, para
rociarnos de neón, y volveremos a la colina a deshacernos en las luces parcas
del reversadero.
Pero voy con Yessid, el hijo de esposa, del Sembrador a
la Galería a pie, y le comento la tienda, los viejos, la cerveza fría, el
partido de azules y verdes, el manto blanco y las sillas de madera; retratos de
hijos perdidos, cortinas por puertas, una reja para anunciarse. Y la moto que
aceleraba, y los gritos de mujeres que nunca besaremos, cuyo olor nos fue
negado por falta de heroísmo o sismatiquería.
***
El baño anticipa
la frescura de la noche (labor completada), con el W. implícito del número uno.
A lo largo el Valle como si venteara para recuperar las gotas que fresquearon a
sus hijos. La salida del negocio de los señores, abuelos de Tarso que no son
sino hermanitos del que maneja, es para la escapatoria al Cauca, su extensión y organismo en lechugas. Recontarle al hombre (que media entre W. y
el narrador), es decir contarse la
visita da fe de cuán valioso (y perdido) quedó el centro, las laderas.
III
Salto por la ventana a una viga de obra negra. Están los
cajones de los cuartos, el cemento con aguas recibidas y, alrededor la maleza,
el verde ocupándolo. «Es la casa Yesid»: no tengo idea quién me persigue, a
dónde iré a parar, con los postes por guía, sudando el Valle, como si las
vigas, las columnas y los techos no se acabaran.
***
Lo continuo aquí es el segundo número y su acompañante final. Avanzó en el sentido
de prestarse como habitáculo: él en la infraestructura para desaparecerse, a
saltos de gato, en la medianoche iluminada.
Ni él ni la obra descansan como deben, porque se dedican a facilitar al
nocturno el despliegue. Mirándolo bien, su casa es la única en pie; las otras
son cascarones; de ella sale para probar
suerte en una mera viga, que no se posesiona.
Caucasia,
abril de 2026
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Kaos Review, «Bajo la superficie: el lado oscuro del sueño», San Francisco, Estados Unidos-Barcelona, España, abril 18 de 2026.
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