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Entrada funcionamiento dedicatoria

Ignacio Pardo

—¿La tía no quiere tener otro hijo?

—¡Bobo ya ni de Jesucristo!

 

Contrario al parecer del modo departamental, hundimos y la daga, el machete clava hondo. Eso por la decisión de escucharse bambucos digitales. Sobre el hotel, me recibió la jovencita; subí a la misma habitación de la semana pasada, solo que leyendo al brasileño y ahora al alemán: con ambos el gusto por acostarme a enrojecer los ojos, a esperar cierta hora, el sueño (primer amor en la cabaña de la habitación en los tiempos de secundaria y los dedos jugadores que ahora prohíbe) y el desayuno a las seis para dirigirme a la sede a llenar la cabeza de mañana. La verde me la cedió del cuarto de lavado. El hotel en sí es una canción romántica de las que escucha mamá, solo que ella atrofió lo viejo con leguleyos y aplicaciones. Espero que aparezca la jericoana de visita.

 

Les traje el frío a las dos mujeres de las ¿diez o catorce habitaciones, una sin baño? Vilo llegar desde la buseta: el centro en inundación, un grancolombiano por manos libres, la ventana, detallándole el clima a un compatriota; y la lluvia desde Rionegro, las ganas de no salir nunca de ese espacio, de la humedad de pulmones contiguos: hacer de la silla una cama, y de las ropas una cobija. Mandele una carta al señor De Alma, consigné la información del multidisciplinario con llaves de dos municipios dominicanos, don Veniel Bajió, y debo repasar un cuestionario que no deja ver nota.

El Cristo del templo María Madre del Salvador, consagrada en agosto de mi nacimiento por Mons. Alberto Giraldo, arzobispo de Medellín, es el Cristo Pantocrátor. Lo supe porque la mujer fotografiada por Vladimir Konoplev hace cinco años es la misma sobre el altar, bendiciéndonos y señalándonos dos cosas, tan simples y universales: Dios y Evangelio; que es decir: persona y libro.

 

***

 

—¡Ey cuidado! ¡Ey cuidao! ¡Cuidado, ojo, burro!

—¡Escandaloso!

 

***

 

Salen tres perros —amarillo, negro y blanco— del salón de octavo. Un estudiante saca la cabeza para tenerlos junticos: les silba: el amarillo cabecea la puerta. La profesora sale con la secretaria, que busca al administrador de la llave de Informática —se quedó un bolso, un cuaderno, los formatos y el agua del visitante—. Un casco de sandía se estalla cerca de los saltos preescolares; otro lo come el alumno adelantado, susto de los temerosos que lograron evadir la restricción contratista, pero no la duda por el uso de equipos.

Ese que en espera tiene los pendientes encima, lambiéndole el codo, charla con la bibliotecaria de San Luis: supo que a los monos del hotel: Los Pericos; las quebradas y las fuentes; la finca que vende por el fin de la carretera buena a Granada. Le comentó los estrujones, el cerebro chocándose contra el casco de la cabeza. Resolvieron planes sobre cambios de ubicación, concluyeron que es mejor no pagar arriendo y quedarse con el hijo mientras termina el estudio; eso o meterse a un «fanguero» a experimentar la vida, ya tarde.

Impresas las hojas que no firmarían ese jueves, agendada la reunión a las nueve y cuarenta para correr a las once al pueblo, anotó las impresiones de una fantasía que lleva dos días levantándolo: el coordinador le pregunta por sus tiempos —los de la esquina de una cama, duerme hacia abajo, y el posible choque con otra esquina puntiaguda de mesa, el ojo estallado, la risa de los vecinos—. A esto le sigue el sistema y el pendiente de San Antonio que solo él sabe cuadrar, pero ¿y si nadie lo ubica y lo echan? ¿Quién sabe los enredos —«Yo me conozco en mi desorden»—? Los compañeros, una que fue parte del semillero de Memoria y el otro que visitó una sola vez con sus agujas y lanas, negando cuanto absorbían, lo público, en campaña de favoritismo y puestos en el Área: qué les diría la Dianis. El despertar antes de hora sin haber despertado para decirse que aún hay tiempo o ya debe levantarse pero eso invita al verdadero a abrir un ojo y destruir la secuencia: la mujer que repite sus gustos, los estandariza, los torna hierro, los vende por paquetes.

 

***

 

Resabio de victoria, buen descanso de cinco, había luz de tarde, a siete. Llamada de la compañera: quedo atento, de nuevo a los segundos y el notición: pero no lo diga que no es tiempo. Obvio, y en parte por eso lo dicen, le compartí a Lumía que debo notificarle al profesor para que me ayude con las lecturas y, ahora que mandaron correo, el ensayo.

Que diga «Eso pa qué» y yo agrego la debida referencia.

¿Macedonio tiene aportes en el libro pendiente, por el cual debe creer Fredy que no he vuelto a la Diego? La otra muchacha, la superiora, debía un portugués y me acompañó varias ocasiones desde esos dos años que leía el sistema, e incluso fue después, sin quien expusiera el secreto guardándolo.

Ya quisiera decirle a mi primera editora en jefe el logrito del año: se lo dedico.

 

Fátima-El Carmen de Viboral, marzo 19 de 2026


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Entre Paréntesis. Revista Artística Cultural, Santiago de Chile, N.° 136, abril de 2026.


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