Itagüí,
julio 14 de 2023
Asidua —laica fundadora— a los eventos de una caja de compensación, intensa en
sus participaciones, activa firmante y realizadora de cartas de agradecimiento
a las instituciones, Doña —cuido su nombre porque no le pediré permiso para utilizarlo— ocupó uno de los asientos de la primera fila, bien a la
vista del profesor, y fue sacando de un talego —con el logo descolorido de la Biblioteca EPM— una botella de agua con gas; una libreta comprada en
alguna Parada Juvenil de la Lectura —no me atreví a averiguar qué número—; una taza personalizada con fotos familiares y un texto
(el desembalador: «Eres importantísima. Sigue siendo como eres. Te amamos: tus hijos»), donde se sirve el tinto que regalan, y, vestida con telas
suaves, combinadas en color y diseños, se va a mitad del taller a comprar —sacando billetes arrumados en su monedera—, en el cuarto piso, una libreta y otro talego en
conmemoración al centenario de Manuel Mejía... Y como no puede quedarse con las
ganas, comparte sus adquisiciones pasándolas a las compañeras interesadas en la
cultura... (Interés semejante al de los acomodados en los cuentos de Chejov:
aprendices del ocultismo y de la telepatía por descarte, por tener de qué
hablar en el club: «Usted pregunta sobre mi vida. Acerca de qué manera transcurre nuestra vida
aquí. Pues, de ninguna manera. Envejecemos, engordamos, nos dejamos estar. Día
tras noche, noche tras día, la vida pasa opaca, sin impresiones, sin ideas...»)
¡Y por si todo ese equipamiento de taller fuera poco,
cuelga los talegos de un gancho de mesa! Yo, que nunca vi uno en los lugares —de reuniones y de pupitres— que
he estado, me encanté por la lógica de ese hallazgo... Dándole vueltas y
pesándolo con la vista, supe que del círculo superior, sobre la superficie de
la tabla, sale el gancho y gira verticalmente para engarfiar las tiras de lo
que se le ponga...
¡La trotasalones, la perseguidora de celebridades lo
tiene!
Más adelante, la clase discurrió sobre el Ficus benjamina que talarán; y ella se
tenía que manifestar: alzó la mano y se enderezó:
—¡Es muy triste... muy triste, que talen un árbol
patrimonio, el que le dio nombre al barrio Laureles! ¡Y más triste es que le
digan falso laurel! ¡Porque no es falso!... ¡No! —sécase las lágrimas arbóreas.
—Doña, ese es el nombre del árbol: falso laurel. No es que
sea...
—Mal hecho...
—... No es que sea falso; ese es su nombre; así se llama:
falso laurel.
Con el lloriqueo absorbido por la entrada en razón, dijo:
—Pero cortarlo es cortar la historia, las raíces, el
cuidado de la naturaleza...
Y si el profesor no daba datos concretos, ella nos
pondría a repetir consignas de activista medioambiental: es patrimonio —valor estético y paisajístico—, tiene una herida en el tronco que lo pudre, lleva más
de sesenta años ahí, mide veintidós metros de altura y el diámetro del tronco
es de dos punto cinco.
Lo talarán y lo reemplazarán.
Doña siguió indignada, pero indignada sin los fundamentos
que nos convencerían para llorar con ella.
Sábado,
julio 15 de 2023
—¿Quieres hacer algo?
—Tirarme a la cama a que me chupen la sangre los moscos y
a que se me irriten los vasos sanguíneos de la esclerótica.
***
«¡Hoy no saldré jamás!»: Sofía.
***
Hay ocasiones en la que siento perder mi tiempo: acumulo
las lecturas, los pensamientos escriturables, los deberes y la motilada del shih
tzu... Mas el concurso de
televisión, que nadie ve porque reciben una visita, me dio a entender que hay
gente que sí pierde, a punto de quedar en la quiebra, el tiempo.
Lo pierden a lo grande.
Presentadoras, camarógrafos, editores, participantes, el
público —maltratando sus pómulos de forzar la risa y aplaudiendo
sin aplaudir: el sonido lo agregan—, los capitanes disfrazados de zorro y armadillo, el
viejo comediante que marean ochenta veces para cruzar una cuerda floja con dos
sacos que lo tiran al agua, los apuestos salvavidas —unos modelos ideales del sexo masculino y femenino—, los jurados y los que idean los juegos...
Pero quienes más lo pierden, y sin notarlo y sin consignárseles
nada a sus cuentas —aumentan lo que les vendrá en el recibo de la luz—, son los televidentes —esos marchitados.
Malgastan su vejez —porque acostarse a ver televisión es envejecerse— en la comedia de las celebridades, sus dientes
relumbrosos, sus cirugías que poco mejoran, sus miradas a la cámara y sus
acciones medidas, conscientes del público invisible y no del que gastó sus
prendas y se acicaló en barberías para aparecer en la pantalla nacional —de trasfondo...
Viéndolos, el tiempo que perdí es ganancia.
***
Los famosos me rehabilitan en mi carácter común, mi connatural
disimulo. No tengo su dinero ni sus propiedades. Soy asiduo de la normalidad. A
la del aseo y al celador los saludo; y aunque no me respondan —hablé pacito— los aprecio. Mis conocidos no salen de mi país, no
rompen las disqueras, no reciben premios, no pertenecen a órdenes. Trabajan lo
que les da la comida, el techo y la ropa (¿a qué maldición les sonará las
cirugías estéticas, el castoril diseño de sonrisa, los fajos de billetes, la
joyería lujosa y el mercadeo de las relaciones?) Y si se dan gustos, salen a
que les sirvan en un restaurante; y en tal caso son tan serviles con los
camareros que se apenan: reacción del que es servido por el de su clase.
Con oposiciones me defino, a la manera del Tao:
¿Qué es un hombre bueno?
El maestro de un hombre no-bueno.
¿Qué es un hombre no bueno?
Es la materia de un hombre bueno.
Domingo, julio 15 de 2023
—Diga ferrocarril.
—Fe-rro-ca-ril... ¡Parido!
***
Cláxones, ayer y hoy, con motivo del Día de la Virgen del
Carmen. Se ornamentan los carros de bombas azules y blancas, de tiras, ramos de
flores y estatuas de la Virgen coronada. Los camiones, los taxis, las motos son
altares móviles. En Estepona la cargan sobre el agua... Darse un viaje para
comparar la cultura marítima con la de carriles... Un viaje... (¿Estoy
condenado, como Ekaterina, a «esta ciudad, [...] arrastrando esta inútil y vacía vida,
que se torna intolerable para mí»?)
Profeta Elías, adoradores del monte Carmelo, san Simón o
quien lea: en Pasto lincharon a un hombre, «al parecer con problemas mentales», por montarse a un camión que hacía parte de una
caravana, el sábado, en honor de la Virgen. Le arrancó la cabeza al Niño Dios,
la metió a un trapo, la sacó, los creyentes lo rodeaban, la grabadora: «¡Bájenlo! ¡Bájenlo!», y atacó a un ángel y a los pies de la Reina con la
cabeza del Niño. Forcejeaba un pedazo de la estatua y se aflojó con él... Cayó,
un policía ve cómo lo linchan —patadas y puños de fervorosos cobradores de la justicia
divina—, el «enfermo» se protege con las manos en la nuca, el policía controla
la situación extendiéndose, como el goloso que abarca todos los confites de la
piñata, y el camión prosiguió su lento discurrir...
***
«¡Ay no qué perezas qué solazos qué sueño!»: Ruth.
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