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Céntrico modelo

Basaje, Alejandro Zapata Espinosa, 2026

—Paseamos la calle, de noche, abrigados, por otra ruta.

—Debiéramos hacerlo más seguido, cada noche de enero, que es cuando las aguas se amansan; hay un rastro leve a diciembre.

—¿Cuál es su manía de, hecha una cosa, repetirla? Déjela que en esa sola ocasión pudo desarrollar su contradicción, aligerarla, despedirse y listo, nosotros a otra calle.

—Como quiera, pero volvamos a salir; los alumbrados que en estico quitan, las empleadas de panadería que lavan y secan mostradores de helados (mañana tendrán bananos, fresas, piñas recién cortadas o las que sobraron de hoy, hablen los dueños de negocios); los espantos que entran para prenderse un cigarrillo y luego perderse en la cera lavada; los chinos que demoraron el cierre y apagan para montarse, cosas de por medio, en la moto.

—Aguante con eso. ¿Salimos para registrarlo? Ya que se le aparecieron esas cosas, alégrese, dígalas y esperemos otro espacio, otro aburrimiento pensadera.

—Cedes.

—No; alimento el mañana. El suyo, que es repetitivo. Y los mañanas de quienes conversan bajo las luces, en el parque, uno frente a otro, las piernas recogidas, gastando cartucho, cinta, baba para cuando, en diez o veinte años, se odien bendecidos por la Santa Madrecita Iglesia.

—Tristes felices, que se la pasan mejorando el futuro.

—Usted, que quiere el mismo para la temporada exacta del lirio torcido.

—¿Eso qué es?

—¿Quién era el repetidor de noches?

—Digamos que soy yo. ¿El bar del carrasposo estaba abierto? Miré para esa calle pero usted apuró el paso, como si nos fueran a pisar a esta hora.

—Sí, él abre desde las cuatro. Lo apuré porque a usted hay que hacerle comedor en medio de la calle, entre semáforos. ¿Quería ir a tomarse un roncito? ¿O a echarle conversa?

—No, si le echaba conversa no atendía, y si me tomaba algo le echaba conversa. Menos mal seguimos. El parque es hasta bueno sin luz; así deben de sentirse los peces cuando se les apaga la pecera. O el que les apagó la luz, ya sea para entrepiernarse, matar el frío en la punta de los dedos, esos lugares de fácil invernal, o para salir con nosotros y sumar otro desterrado en los que miraban el árbol detrás de la inscripción...

—... a una batalla independentista.

—Lo dices.

—Y puede no ser así.

—En todo caso planteemos, y enderécese (la tía le recordaba a cada tanto al primo en la mesa y véanlo todo grande y fortachón, no como nosotros, chupados con principio de canas): ¿me recomienda colaborar en el portal bogotano? (Aguilar me solicitó el antioqueño, que es periódico: no sabía).

—Ah no, eso es cuestión suya, usted verá. Pregúnteme otra cosa, o no hablemos mejor, porque yo le digo una cosa y usted es buque problemas. Haga lo que se le dé la gana y vea después, a los tres años, que repita (¿es usted?), y juzgue el nohecho.

—Pensemos en la casa: al irnos, eran las diez, la que se marea al pararse, de tanto andar pegada al celular, iba por la comida.

—Los del segundo, el niño como que se toteó contra el piso o lo dejaron caer.

—¿Las dos manos?

—Sí, o lo que lo sostenía. Y se puso a llorar: nos sobamos la cabeza (es curioso que los dos nos dirigimos a la coronilla) y salimos. ¿El señor de las leumbres...?

—Había cerrado. De los dos hermanitos, el más codo es el que cierra antes de las once y media. ¿Íbamos a comprar queso cierto?

—Pues sí, toda la semana hueveando tampoco.

—No debiéramos llegar: hoy estrenan novela. La tercera parte de algo insípido, adormecedor de colegiales: el sabor a adolescencia amparada por regaños, chivas que son cajones de funeraria y preguntas de la mareada: debe ir de la olla al televisor, y reírse de lo que la grande (para ella) dice.

—Si me tocara dormir en el parque yo me cubriría hasta el cuello con una bolsa de basura y me echo en la tierra. O debajo de las bancas; o a la entrada de los pollos.

—¿No le alquilarán a uno una bahía de parqueadero? Que le entre al que se desvela y uno, nada que ver con el dueño, un dinerito de más para la madrugada.

—Verdad...

—Claro que uno qué va saber: yo creo que mejor aguanta sueño andando, para dormirse por la mañana, con el sol tibiecito de cobija.

—¿Ya para que lo recojan o lo levanten a puntazos? No diga eso y acuéstese bajo una estatua, donde metan, ahí nadie le va a reclamar y antes le dan de dormir; yo escogería eso.

—¿Y la bulla?

—¿Ylostocadoresylabotellayelhambreadesmechadaymicuártulo? Devolvitis, poco hombre.

 

Fátima, enero de 2026


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Entre Paréntesis. Revista Artística Cultural, Santiago de Chile, N.° 134, febrero de 2026.

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