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Nanila

Belal Alshugri, 2021

Ha cuidado y la montan como si fuera de ella los niños, esos chillones que la abuela, su dolor, lágrima a cuatro ojos, le dice que no los mime, ni les hable de cerca porque, son así, les terminan debiendo. La vida entregada a quien no es de uno, ni uno de él, esfuerzo que no entra en la familia de sangre cercana, la de en Cristo y la natural es diferente; el problema, si es uno, de los levantadores de hijos que no son suyos: también, con su diferencia, el no acompañamiento seguido, pienso en un beato que no tuvo hijos pero vive, por temporalidad de tres años, con mujeres de uno a dos hijos, no se le han conocido más.

Pero regresemos, luego si él se interesa aparece, a la muchacha que come mierda en las Illes Balears: se quedó guerreando la vida —agregamos acá otra raíz: la migración y las nanas, las cuidadoras en sentido lato—, a ver si abre un tercer piso, segundo para la propiedad, una casa y asegurarse algo de la adultez. La llaman dos abuelas, pasemos a esto, que también fueron sus mamás, una primero y la otra satélite, pues la abandonaron: ahora cuida, hace de madre, cuando la suya la dejó por un fulano que la pone a saltar en la fonda del pueblo, de la inundación.

 

***

 

(Comunicarme sobre ella, solicitud de un libro sobre los veintiún años ya en cincuenta, lo que es otro país en una mujer de montaña, en los lechos que van apareciendo en la concurrencia. Traerla a cuestión. Sacarla de los niños, de las rutinas de gimnasio, de las salidas por la familia amiga, pasajes y afianzamiento que, para el adiós, se traiciona, y ponerla en documento).

 

***

 

Una vez acostado, el horizonte a la persiana, ¿qué le espera a la mujer en costumbre? Depende del otorgo, de quien nunca despertará sino cuando ella menos se tiene: en el instante en que se olvida. Él es recuerdo de la fortuna. Mala cicatriz que no logró interpretarse.

Faz de los acontecimientos que la llevaron a una casa extraña, a un hijo cuya madre, si lo es, le rebusca la leche, los granos, la ropa. ¿Quién espera al dormilón, sino otra espera de sí, un desespero que nada eterniza? Lloriquea, y el quebranto se absuelve.

 

***

 

—Buenos días doña L., qué pena molestarla tan temprano y mandarle estas cosas pero, la verdad que esto, esto no tiene nombre la verdad. Yo no sé A. qué le pasa, qué es lo que quiere, ¿que nos vayamos? Sí nos vamos a ir, claro que nos vamos a ir, pero tenemos que esperar ¿no? para poder tener el dinero y podernos ir porque las cosas no se hacen cuando ella quiere ni como ella quiere. No sé qué tanto afán tiene porque nos tenemos que ir todos igualmente. Segundo, qué necesidad tiene de estar llenando la sala de mierda, como lo hizo la otra vez, que no vino y no recogió nada, nosotros que hemos mantenido la casa limpia entonces ahora y vuelva esto un mierdero y vuelta otra vez. Entonces señora L. M. no sé si habla con su hija o no sé si es que voy a tenerla que llamar a ver qué es lo que pasa, porque muy chula por llamada pero pa decirnos las cosas en la cara no, entonces no sé qué es lo que pasa, bastante cansadita me tiene entonces no nos pongamos con tonterías porque si no voy a ir a la policía directamente y se acaba tanta tontería, porque ya me tiene harta la verdad.

—Hola buenos días, ¿y esto cuándo pasó? Ay qué jartera con ustedes... Eso no sé porque seguro que sí, eso tendrá que ser ella que va y hace eso. Claro que ella ha estado aquí, claro que ayer sí salió creo que a rehabilitación. Pero no sé qué será, usted sabe que yo me voy a comunicar con A., siempre ha tenido muchos problemas por la manera de ser della y todo, y tú también sabes porque has vivido con ella, entonces sabes lo que hay. No sé, no puedo hacer nada: ella tiene que desocupar, o paga o desocupa porque debe mucho dinero.

»Ole, ¿eso estaba esta mañana o ayer? ¿Cuándo estaba eso ahí? Me deja muy berrionda eso. Porque incluso ella amaneció en la habitación de nosotros, aquí en un colchón, con los niños, qué raro, no sé no sé, me deja verraca eso. Yo le he dicho «Esto no es normal», desde la edad de ella ha tenido desequilibrio pero desde que tiene esa tontería va peor.

 

***

 

Sufrir por locuras mimadas, súmele los amores, lejanos queridos para reforzar el apego. Dolor por la madre que prefiere morir lo poco restante en una casa que no le pertenece, y la hija en las islas, haciendo planes de moverse para abril: otros niños, casas, gimnasios, videos, nombres de lugares en el cerebro de la abuela que con ninguno se acomoda, sea donde se encUentre, falta de anhelo.

Crecen los refranes transportando distancias, y el acento que le dejaron los reunidos en quebrada pasó a desconcierto, mala gana en los asuntos de papeles, requisitos para casarse, hogar y mérito.

Traerse a una de las grandes, que llora por sus hijas (todas son madres-hijas-abuelas), si es que consigue dónde, con quién, una ciudad, mejores dotes. No hay corridas para desatar la compostura: solo horarios de limpieza, niños por recoger y llevar a sus casas; ellos en completura, hacendados, repletos de lo último. Y otras que se aguantan tierra en la sala, brujería por demencia pequeñita: esas que merecieron lo peor de los repartos.

 

Fátima-El Carmen de Viboral, febrero-marzo de 2026




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Las nanas. Antología literaria, Guanajuato, México: Arando Letras México Internacional, Jardín de Letras, Uarhí Tzitzi (Mujer Flor), De la Tinta al Cuaderno, La Pluma en el Tintero (Lima, Perú), Arte y Cultura (Chaclacayo, Perú), El Cerrón (El Salvador), MR Artesanal, «Abu» Sala Infantil de Lectura, junio de 2026.


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