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Extensión de las llanas cortes

Gidon Pico, 2022

«El desierto esconde, en sus amplios espacios, una infinidad de posibilidades. Como la que Alejandro Zapata Espinosa nos cuenta en su relato» (Cósmica Fanzine, 2026).



La carretera es el desierto. Miles de formas negadas por el calor asfaltado: pueden contarse los kilómetros, y ni una casa dónde fresquear sombra, dónde acostarse después de lo lejos, más horizonte, al azul que no ayuda, ni una silueta: ningún latido por quien creer. Piensan los adelantos: «Cumplió su meta la ciudad que deseaban levantar los urbanistas: un campo dónde conducir libre, dónde levantar planos y vender sobre ellos», pero ¿a quién? Acaso sea esto el mismo plano, y falta, por hora de comida o porque lo dejaron sobre la mesa en el contenedor, el lápiz que salga del cielo (porque todo cielo que nazca de humanos debe ser azul, y para creerle al calor sin nube que respire): que tan solo garabatearan firmas, suyas o de otro, que falsificaran un documento sobre este lienzo negro, la rapidez de lo infinito sin quién toparse.

Tal vez, por razones de los descuidos, pensar en hambre es quitársela, y en ropa es vestirse. Ha cumplido su valor la negatividad de estos, el enmascaramiento se ha precipitado en uno de los allí presentes, si es que hay alguien: diríase que por el cielo azul, como se dijo, hay un humano. Para desdicha de quien allí esté, reforzaremos la idea haciéndole creer, porque es necesario sostenerlo, de que pensando en hambre se alimente. En el caso de un operario, de un atenazador de sirvientes, la fórmula sería traducida a una lengua que solo él supiera (un solo esfuerzo intelectual mantenido define el mazo con que se despoja: véase a un universitario que ¿no fue el creador de esta lejanía, de este carburar de angustias sin dónde afincarse, dónde rezar a lo más alto que no sabemos en qué infierno queda?). Pues bien, con valerse de estas insignias no podrá, en caso de que se imagine lo peor, y quiera ya la tumba, un ejército. Los viste de negro, los brazos inútiles, así los enemigos como los aliados, y al frente un comandante con los brazos hacia adelante, para firmar la paz o cachetearla; vienen contra él, o ella, o se avienen uno contra otro en ese espacio que bien podría ser que corren a ninguna parte; mas ¿por qué correr en los espacios amplios, si es uno solo y no se diferencia? Cada militar se mueve, y esto va de acuerdo a su rango, lo que duran sus ojos en parpadear: cada paso es un parpadero, es decir lo cuentan, se hacen conscientes de cuándo cierran ojos para adelante: así volvieron hormigas lo que era un bloque compacto: un paso da al general contra el recluta, al sabio contra las meretrices, al periodista con el mujeriego. Y, dentro de poco, los pasos son botones de naves, y ellos un oficio que se ha extinto, y quien se los imagina una roca en la zebra, sin nadie que la chute.

Llora una mujer que bien podría ser hombre, pero dentro de un edificio. No lo hay, ni es imaginable por el acostumbrado a la llanura. Intenta servirle en algo inventando nombres, llamándola con el suyo, hasta que termina en silencio, regalándole los ojos por si desea aparecerse: la mano por si necesita de ayuda, los pies si desea caminar. Pero solo llora: se encarga de sobreponerse a los árboles, que inventa, y los señores de gabardina, que la atenazaron. Termina el hombre, la persona, otra mujer quizá, por desentenderse: allí, donde sea que esté, su labor es el lloro, y la del otro, en distinta extensión, es escucharla, hacerla presente aunque dude su presencia.

Más luego, cansado, trata de agarrarla y se tiene de la cabeza: es él, es el otro que lloraba. Y él mismo se cuenta una historia, de hace milenios o en ese instante, a minutos de ser sacado de alguna alcoba: la historia se la contaron, es decir, imposta la voz, y contradice a la viuda se despertó en cama ajena: durmió con la sobrina: estaba sentada, al borde; al voltear la cabeza, se vio en el rincón: su rostro, su pequeñez fetal. Le entró un frío en el pecho, el corazón helándose, la pregunta por quién es y qué hace ahí: es la sobrina, y se está viendo a través de ella; se toca, se corre el cabello, siente su tacto en su cara, en ambas: desmayo.

No contento, recuerda los martillazos en una construcción lejana: la puerta y los ventanales dicen aquí nadie vive, mas de adentro salen quejidos, se entona la monotonía, la forma por la violencia. Cuando cree dar con el sitio de origen, se da cuenta que esos ventanales son de una fábrica cerrada —pensar en fábricas en ese campo es crear líneas verticales que pronto caen sin estruendo sobre una casa también inexistente, un grupito de niños yendo al colegio, la caravana de motociclistas yendo al célebre, a departir entre bocas de botella—: el sonido viene de los edificios en construcción, uno frente al otro, poblados conforme avanzan. Aunque tampoco ve a los trabajadores, se los imagina juagados, resbalosos, sin camisa, descalzos; él es cada uno de ellas, se decide por él mismo en la investidura de las canas, no da a suprimir ni un resabio que antes intuya para qué esto; sabe del porvenir por una rama que no toca, por un gorrión que se le mete a la oreja y grita «Desapareces, por eso el calor de murciélago»; gime como uno de los menores, el rezagado, y lo siguen los mayores, las cápsulas de pastilla en que se disuelven y huele a traición, pero es la que él se invente, con la que pueda reasignar actor y música; y sopla como si se arrancara a una insoportable de encima, cuando son los millones de él que en cuanto pierde el aliento, regresan cuando lo recupera, y no encuentra a nadie que le espere fuera del sofoco. Decide enterrarse con todas las manos, aspirar por ellas una gota solar por hora, refrendarse con los suyos por medio de su gracia, que no es otra sino el festín de orugas que convirtió lo predicho.

 

Fátima, marzo de 2026


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Señal perdida. Antología de ciencia ficción, México: Cósmica Fanzine, Más Allá del Cielo, abril 25 de 2026.

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