| División de la biblioteca en cuarto piso, Alejandro Zapata Espinosa, 2026 |
Preguntó de lejos, y entre los juegos, los parados, las
clases de flauta con el profesor que me vio entrar por una parte y salir por la
otra (además de en los cuadernos la escala diatónica mayor): me acerqué, una
ojeada a los brincones de la punta en la punta de la mesa, regaño de visitante:
nulo, para oírla. Intenté acercarme otro poco, voz baja, y abrió los brazos,
movió la cabeza y allí estaba abrazándola. El sonidito de ternura me movió a
sonreírle, por poco no dejar caer la roca que sostiene un hilo en el
precipicio, y la escuché como era.
No recuerdo lo que dijo, pero sí, al instante de acercarme,
su timidez abierta al abrazo, la cabecita mona y con chulos iluminada por la
tarde blanca en los ventanales. Pensándolo, creo que mencionó una propuesta del
colegio sobre los abrazos: si conocía a la profesora (me adelanté a su nombre)
y le devolví la pregunta sobre cómo se sentía. A eso respondo yo, y fui miembro
del club por sana equivocación: golpe al hielo que se desliza como si nunca
hubiera querido estar ahí.
Como acto de recogimiento, luego de presentar el
algorritmo, la instrucción para superar una prueba, en el uso de la
inteligencia artificial, uno que se paró o lo detuve en correría, amplió otro
abrazo como inaugure y paciencia. Terminaría hecho una colada, un pequeño
grillo en sus manos, deseándoles feliz día pero yéndome a cada uno de sus
grupos, a escuchar a la maestra y consentirme en sus lisonjas.
Para alguien centrado, por administración y avances, en
la agenda preparada, en las fotos que debía enviar al sistema documental, los
momentos que no se repitiesen con el acompañamiento, esas emergencias del guion
fueron un desarme. Uno que funciona y viaja, y parte de los hoteles sin fijar
la cercanía, los cuadros, el acento de la dueña o la encargada; un nómada
aplicando diagnósticos y consignándolos juntos para una suerte encapsulada,
¿acaso espera que le recuerden al humano su sangre? ¿Al hijo de adulto el
rancho en que crecieron sus dibujos, hoy perdidos? Como los robots, las
eternidades: el inmobiliario-obstáculo, las órdenes de los amiguitos, la
incongruencia en el orden del cuaderno de Inglés o de Música, y las opiniones a
la carrera.
En todo caso valdrá el comentario al artífice del
interés: una de las compañeritas me salvó de la sequedad, el entumecimiento de
líderes y fechas. Si Tonucci dijo las ciudades se han olvidado de los niños, un
pequeño encuentro basta para almificar el palo; resurgir en el malecón y los
fuertes.
Fátima,
marzo 16 de 2026
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Crónicas y cronistas, Iztapalapa, México: EnREDadera Cultural, abril de 2026.
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