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Los embales de la mentira

Djamel Tatah


«Todos conocemos a este tipo de mentirosos inocuos, lo suficientemente desmemoriados como para que los mismos hechos de la vida los descubran. Hoy traemos un inteligente ensayo de Alejandro Zapata sobre las innecesarias mentiras, el mismo nos recuerda una antigua manera de hacer ensayo que partía de la experiencia y la anécdota cercana»: Página Salmón (2023).


A quien esconde Omaira

 

Al abordar un tema me cuestiono si lo he reflexionado suficiente, si me he fundamentado con profusión y si he contrastado y cuestionado eso que interioricé. En todo caso, y como me parece que dijo un crítico de Centroamérica, la peor obra es la no escrita. Pase por alto o no contenidos de suma importancia, me olvide de ítems valiosísimos y de estudiosos clave en el tema a tratar, no por ello he de tullirme y no abrirme a la escritura: lo primero es expresarse; lo segundo, ver a quién se acerca esa expresión; lo tercero, apreciar similitudes y respetar los derechos. Por lo tanto, presentaré un tema actual en mis consideraciones que fue tomando forma. Si lo que viene le sirve a otro para extenderse en citas y referentes, bien por él: entonces lo que me atreví a decir no fue en balde.

Omaira, compañera mía, algo desinteresada por el estudio pero estudiante, planeó hacerse la enferma a una semana de la clase donde la profesora nos pediría participar a todos. La víspera caviló las opciones que tenía a la mano: decir que se vio un partido de su equipo, que se tomó algo que le dañó la garganta o que amaneció, así como así, disfónica: eligió esta.

En la primera clase y en el descanso habló forzando sus cuerdas bucales, carraspeando e hidratándose. Nosotros le creíamos a medias: no nos cuadraba su excusa: ¿en una tarde y una noche se le perdió la voz? ¿No es acaso conveniente que se le haya ido para la clase donde nos calificarán aportes individuales? Aun con estas dudas le creímos: cumplía bien su papel. Se acabó el descanso y entramos al salón, compartimos nuestras impresiones y a Omaira no le tocó hablar: la profesora escogía a dedo a los participantes: ella, suertuda, pudo prescindir de su malgasto innecesario.

Las muchachas y Omaira, al terminar la clase, entraron al baño, lugar donde nuestra mujer, libre ya de la charla, se descuidó: riendo y hablando con suprema naturalidad, asombró a las muchachas que la vieron, abriendo la boca, y sin saber si señalarla o reírse por tomarse la atención de tanto esfuerzo inútil en una mentira. Omaira se delató por omitir a los árbitros que le calificarían qué tan bien actuó de afónica. Y ya que el día no acababa, la descubierta Omaira hizo un borrón y cuenta nueva al salir del baño: siguió fingiendo.

El elemento decisivo y englobante de su error, me parece, es la falta de memoria: “No sin razón se dice que quien no se sienta fuerte de memoria no debe arriesgarse a mentir”: pues, Montaigne lo sabe, mentir es ficcionar y, para que la ficción tenga valía, no le queda de otra sino sostenerse. Funes sería un horrendo mentiroso: tendría presente a toda hora lo que no debería mostrar y por qué no lo debería mostrar. En cambio, Omaira celebró victoria antes de tiempo, descargó la máscara sin haber entrado al camerino, mostró “la inutilidad del disfraz para encubrir la condición natural”. Lo que ella es salió a enfriarse el bochorno y se encontró con fiscales, con solícitas supervisoras de la mentira.

Omaira planeó cómo mentiría pero no por cuánto tiempo.

De lo cual he tenido frecuente experiencia en casos graciosos ocurridos a expensas de los que forman constantemente el propósito de no contradecir en los asuntos que negocian, para dar satisfacción a los grandes con quienes hablan. Como estas circunstancias en que quieren someter su fe y su conciencia, están sujetas a cambios frecuentes, es preciso que sus palabras se diversifiquen a medida que aquéllas cambian. De donde resulta que, tratándose de la misma cosa, unas veces dicen gris, otras amarillo; a una persona de un modo, a otra de otro. [...] Además, imprudentemente ellos mismos se desconciertan muy a menudo.

Pongamos el caso de que nadie la rodeara ni le reconociera su falla: Omaira se miraría al espejo, se sonrojaría, se recompondría y, cuidando el desajuste, fortalecería la constancia de la mentira: no habiendo quién contradiga a un mentiroso, este se reconforta en su posición y la vuelve un castillo: esa es la moraleja de Esopo en la fábula donde un mono se lamenta ante un zorro al ver los sepulcros de sus mayores: “Pues miente lo que quieras, porque ninguno de ellos va a levantarse para desmentirte”.

Abro paréntesis para destacar lo común de estas personas: se crean una fantasía tal que ni el mismísimo descubridor de ilusionistas pondría a la luz sus tretas, pero con ningún objetivo superior más que engañar a su habituales. Se desgastan no para idear un invento de servicio humano; se desgastan para hacerse pasar por alguien que no se es, y ante gente que no necesita, ni es su preocupación primera, saber si se es o no: cuestión, dicho sea de paso, sumamente personal e intransferible.

Mi último recurso, tomado de Esopo, es la discusión entre un zorro y un cocodrilo por su linaje: el cocodrilo aseguraba que sus antepasados eran gimnasiarcas, a lo que la zorra le refuta que su piel le delata no practicar la gimnasia: “los hechos refutan a los mentirosos”: haya o no un juez, un informante del mentiroso, los hechos mismos, sentencias pesadas y dictámenes sin apelación, descubren a quien pretendía hacerse pasar por quien no era. A Omaira le tocó batallar contra el hecho de que no estaba afónica; en el baño, el hecho la superó y la delató. Si bien la profesora no se dio cuenta, nosotros sí, e hilamos lo que pudo haber pensado y prevenido ella en sus semanas de planeación de la enfermedad. Ellos son los árbitros supremos de lo que se atreve a babear la lengua, los que ponen en tierra la imaginación desmesurada.

 

Robledo, abril de 2023


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Página Salmón, México, año 7, núm. 2, mayo-agosto de 2023

Comentarios

  1. Dr. House decía: "todos mienten". Y los que dicen que no lo hacen, también.

    Saludos,
    J.

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