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A trechos

Omar Ornelas, El Paso Times


“Hemos visto un cadáver”: los huesos sobresalían del lodo, puntiagudos, cubiertos aun por tiras de ropa; yo me perdí de mi grupo: me orillé para orinar y cuando volví al camino las personas que conocía se fueron; ahora otros grupos subían las laderas, cargaban a los niños en brazos o sobre los hombros o a la espalda; se apoyaban en palos, los partían, los tiraban; ¿esos bebés están vivos, zarandeados sin firmeza, colgadas sus manos?; ¡cuántos habrán que tenido que pasar por aquí, para que el sendero empiece a bajar (se atrinchere)!; los ojos buscan ojos, animales en la maleza, bandidos, resguardos; “¿Por qué no avanzamos, papá? ¿No ves que se embarraron nuestras botas y nuestros pantalones; no ves que si no nos apuramos la selva nos hará suyos?”; la selva los recobra, los atosiga, los embadurna de su color, de su pesadez, y los va atando, los descansa sobre sus troncos, les brinda hondura a sus carpas y epitafios a sus durmientes; “Adelante, papá, que nos dejan... Y luego no sabremos a dónde ir... ¿Qué se hicieron tus fuerzas?”; “Solo debemos seguir los pasos, los de hoy o los de ayer; los que no ha inundado la lluvia; debemos subir y bajar por donde suban y bajen: ubicarnos por los trapos colgados, las matas cortadas... huir de los tiros...”; topamos sogas y las usamos; caerse y torcerse, quebrarse un pie no es razón última para renunciar; ¿quién renuncia donde nadie más que la selva aceptaría la renuncia?; a propósito del que se aventuró en muletas... no lo he vuelto a ver; ¿se habrá rezagado?; ¿lo ayudan?; ¿se le cayó una muleta?; ¿se arrastra?; ¿y a dónde ha de ir si esto no es todo?; ¿logrará lo que se propuso?; y quien se soltó de la cuerda, y se embarcó embarazada, y rebota por la colina, y amanece sangrando... ¿desfallece?; al de ahí se lo comen las larvas; pasó a ser uno más en la digestión de la selva; sangre humana regada en lo inhóspito, huyendo de las ciudades capitalinas, de los cobradores, a ponerse a prueba con la familia, o solo, o acompañado por otro solo, hablando la misma lengua o entendiéndose a garrotes de necesidad; un Tapón ecuménico y desamparado; un Tapón con varios “administradores”, capataces del robo o de la inoperancia, del discurso y los decretos, de fronteras marcadas, impensables, a cuyo límite se pasa a otra autoridad dentro del mismo bochorno verde y húmedo; ¿a quién pertenece este riachuelo?; ¿a quién le pidió ese hombre permiso para descansar con su pequeño de meses sobre una roca y besarlo?; el bautizo de muchos bebés fue la lluvia, el hambre, el agua selvática; ¿hay universalidad alguna que se dé cuenta de esto?; la tierra que pisamos es ocre; somos un grupo en una colina; dos niños descargan sus bolsas; una mujer se sienta; los hombres miran y señalan los picos, el verdor suavizado por las nubes desplomadas; dos niños también ven lo que los dedos; ¿cuál es el nombre de esas prominencias?; ¿ya han sido recorridas?; ¿qué nos pasará una vez las alcancemos?; aún estamos aquí, oliendo nuestros pesares, alentados por la caminata, en la cima de dos mundos, dos mundos que conectan un continente; ¿y quién dirá que hemos pasado por aquí?; “¿Y a quién le importa que digan que pasamos por aquí?”; “A quien no subió la colina...”; pues no solo las señales dirigen la migración; las voces pasadas, las muertas, las que murieron “sabiendo que se dirigía[n] hacia la playa”, hacia el norte; esos caídos son advertencias de lo inhóspito, son irrebatibles informes de no volver atrás; así que bébase las últimas gotas, levántese el botellón (mudado en barro) y arriésguese ese respiro en seguir; los víveres se han invertido en traspasar las frondas; haz que duren hasta el próximo refugio; cuídalos de las fracturas, los mosquitos, los alacranes (que no se te aparezcan en el sueño y te piquen en la cara), de los miles de milímetros de agua apagando las fogatas y los descansos; cruza el Tacartí midiendo su profundidad con una vara, montando a tu hija en tus hombros (ella presiona sus dos manos sobre tus orejas y apoya su cabeza sobre la tuya), y tenla fuerte del pie, y abre aguas a las mujeres que también cargan niños: pueden pasar; el río se mantiene; no hay sogas en las orillas; nosotros somos las sogas, la nueva especie vegetal, los racimos desgajados del sur, este y oeste; el alimento de la jungla; los que traen los dólares y los dejan en guías, cargabolsos, helados, restaurantes, hamacas, médicos (salidos de lo público a lo privado: seis salarios mínimos), extorciones... “líderes”; desde Necoclí haciéndose con lo que cobran las lanchas manejadas por una Fundación, por un exconcejal (futuro alcalde) y sus uniformados; los que atan las manillas y ponen las pegatinas con la bandera estadounidense en el pasaporte; los de campamentos con las iniciales de las Autodefensas en grafiti; los que hacen negocio, construyen obras sociales de fachada y se lamben la saliva con las oleadas de extranjeros que buscan sus servicios rumbo a la frontera con Panamá; y de la frontera... se acabó el billete; una nueva ley; distintas camisas, mismo negocio: las violaciones, los secuestros; ¿cómo se llega a salvo al destino final?; ¿cómo llegar completo después de que los zorros de la selva hayan agarrado a los grupos de a trozos, tomando como suyo lo que pudieron abarcar, “defendiéndose” del indefenso?; ¡donde no se es un cliente, se es una víctima!; a tramos hay corresponsales: uno que acepta responder las preguntas es interpelado por una mujer: “Vamos, marico, ¡cómo te gusta echar cuento!, ¿no? Levántate, negro, que ya se ve la Estatua de la Libertad ahí atrás, huevón. ¡Arriba todos!”; deben ir hasta Bajo Chiquito; en las noticias muestran que capturaron a un jefe que traficaba migrantes desde Pasto; les fueron incautados muebles e inmuebles de la organización; dale al vivo una necesidad ajena y le sacará un menú de precios mediante el cual entenderse; policías saludando de la mano a los dueños del partido; un funcionario de Migración Colombia que estampaba sellos falsos en Capurganá y no registraba los datos en el sistema; un oficial de la Armada que omitían la señalización marítima y alertaban “a la red sobre la ubicación de buques militares”; toda una Agencia de tráfico auspiciada por el conocimiento de las diligencias y de su autenticación; la burocracia prestándose un servicio; dirigiendo el escape a sus arcas; “emprendiendo”; se embolsillan los ahorros que deben durar para todo el recorrido; y si se acaba en un puerto, a detenerse y a recaudar lo faltante trabajando para los que manejan la penuria y la convierten en empresas “humanitarias”; de ahí que una quechua se alce su bebé y no determine ni siquiera al periodista pendiente de uno de los cerros; ¿qué ha de esperarse de nadie, de los que migran, de los que residen y se “conmueven”?; ellos conectan la Panamericana; ellos transitan el Patrimonio; son madera de río, planta de tierra, liana de árbol, diente de puma; o desaparecen, se les desvían, no se ubican (el sol es una idea que anida sobre las copas), confunden una voz con un canto, un aullido con una llamada, y caen, se lesionan, nadie los oye, nadie los ve y a su derredor hay otros que se han perdido, otros que no lo pueden asistir pues nadie los asistió; y si son afortunados, los reúnen en una fosa común (a continentales y extracontinentales) y un sacerdote con un crucifijo, una vela y dos flores blancas en una mesa, les da cristiana sepultura y se les reconoce, si los animales no se los han comido o la descomposición lo permite, las huellas, los registros dentales y la causa de muerte en una hoja plastificada con las indicaciones por si alguien va a reclamar, en el cementerio de Guayabillo (Agua Fría), a los menores, adultos o fetos determinados por el equipo forense; una haitiana perdió a su y lo entregó al Instituto de Medicina Legal; es que “La selva te envuelve [...], no sabes qué camino elegir, cuál será el bueno, eliges uno y al rato vuelves a estar donde saliste”; inflama los pies, los magulla; como se rasgaron los de una hondureña al correr a México: en Guatemala la violarían los policías, deteniendo primero los buses nocturnos, sacando a los que no tuviesen papeles, exigiendo unas sumas impagables, cobrando las sumas con violaciones en casetas ocultas, “en medio de la nada”, y el bus esperando que las devolvieran para cumplir el itinerario; y a los retenes en la carretera se le suman las unidades policiales que detienen los buses: si no hay más dinero, se llevan objetos personales, todo lo que les hinche su apetito; son agentes con los números de identificación tapados, encapuchados, de negro: “Se decían el uno al otro de quién era su turno. La mamá suplicaba… Les imploraba que hicieran con ella lo que quisieran, pero que no tocaran a su niña. También violaron a la niña, tenía solo diez años”; con esto... salvarse... ¿para qué?; ¿para ser hacinado en cuartos al sur de México?; ¿o para meterse en un tráiler y ser uno de los cincuenta y cinco (de los ciento sesenta y seis) que absorbieron el choque por exceso de velocidad?; “el conductor perdió el control a la altura de Chiapa de Corzo”; el camión evadía los cinturones militares del sur; y el conductor se dio a la fuga por el río Grijalva; sin ventilación, apretados, desconocidos, se entregan a la oscuridad; o protestan en criollo haitiano (protesta que solo ellos entienden pero que los otros intuyen) en Tapachula y son convocados a las caravanas donde se aglutinan los hormigueantes vendedores de baratijas, alquileres de garajes a precios desvergonzados, solicitantes de asilo y hacedores de filas aplazadas para el día después; el termómetro amalgama las sesenta personas que duermen en una cochera; los que continúan por municipios que “un hondureño, salvadoreño o guatemalteco sabría colocar en el mapa mucho más rápido que un mexicano”; caravanas que se juntan a los peregrinos en pos de la Basílica de Guadalupe; y en cuanto hallen un techo, hayan un lugar; “Venimos un poco rallados, un poco golpeados, nos carrerió migración [...] Nos quisieron asaltar con un machete, nos picó una tarántula, nos salieron dos culebras, me agarró un panal de avispas, las muchachas se mojaron todas...”; Ciudad de México: otra parada; los gobiernos: pactando la suerte de los desposeídos, releyendo y poniendo en duda los certificados que acreditan el ser violada; retienen filas que solo piden cumplir... no acostumbrarse a encontrar asilo en la deportación...

 

Itagüí, diciembre de 2023


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Revista Ilaciones, México, no. 2, febrero de 2024.

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