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Buena atención

El Colombiano, 2023

Dos alemanes bronceados, pecosos de piernas, brazos, cuellos y espaldas, en pantaloneta, camisilla y tenis, con grumos de bloqueador con desodorante en la comisura de las axilas, altos como los gringos, ven los lugares y se repiten la estación en la que paran y luego a la que van.

La señora mira a los sardinos de los lados cada que el señor se despabila.

No tienen cachuchas ni gorros ni pavas ni sombreros: lo colorado se les tuesta: debajo de lo relojes se les generan parches blancos; los tatuajes de juventud, fénix y salamandra, se les esparce y deslee: son como los de las bendecidas de los ochenta: las iniciales de los amores que las encartaron las llevan en sus dedos: son oficinistas, secretarias, y no borran su letra capital.

Los alemanes se bajan en Parque Berrío: los muchachos que tuvieron esperanza en tomar el número de la señora la siguen desde el vagón: ella saca de su riñonera paños húmedos, le pasa uno a su compañero, y ambos se limpian el distal y el dorsal, los nudillos y muy especialmente las comisuras: los que reanudaban su viaje, hacia otra estación sin Palacio ni Museo de Antioquia ni las gordas de Botero capacitadas para posar según el señor turista lo requiera para su blog planetario ni comerciantes de artículos chinos que se babean por los extranjeros sementales ni guías de alcaldía que pulen su inglés confundiendo a los nativos, colgados, sujetos a las barras internas a palma ancha, pasándose esas manos por la nariz y la boca y los ojos, no saben de los gérmenes que ellos exterminan.

Ese acto de limpiarse lo interpreta la astucia politiquera y compara y propone convertir la ciudad en una «tacita de plata»: borrar los grafitis, ¿última fase de la gentrificación?, hechos por buzos y no por educados en casas culturales: no se borran las pintas que atraen a los monos y a sus tarjetas de crédito y a sus novias, con sus madres o sus hermanas, latinas: si hay renta de por medio y si las plataformas lo promocionan, se protege.

Resulta pues un ordenamiento basado en tazas a la boca del turista, preparadas con cuidado, puestas en ellas los servicios sociales de los que tiene en su cédula y han vivido en ese lugar que se vende: y si estos se inmiscuyen con los venidos de afuera en el trasporte público, pues tienen que ir a trabajar bajo cielos rasos y de todas formas los etnólogos entusiastas se meten donde mejor toma puedan sacar, el sucio de sus cuerpos se limpia con alcohol o se lava en los baños de las instalaciones que tienen programación bilingüe para todo el mes.

Se está en el «radar del mundo» a costa de que ese mundo absorba lo que había de referencia en el territorio. La ocupación hotelera, los tours privados, los guías con micrófonos saliéndole de las cachuchas y mangas de tela fresca disculpándose como lacayos por los deslices de los gringos o censurando la incultura de sus compatriotas[1], son los ejes y las políticas que cogen apogeo: incluso los estudiantes de inglés se dan cuenta que su instructor es un nómada digital que vive a unos municipios; pero solo tienen contacto, mediados por una institución, en un ambiente virtual de aprendizaje.

Una ciudad así comunica lo que una casa para sus llegados.

El orden de sillas, el perro limpio, los trastes secos, la cocina desengrasada, el baño descurtido y las flores nuevas son parte de la escenografía, del folklor a vender, no a vivir; se vive en desorden, afanado, limpiando una cosa por día y dejando sucia otra, atendiendo más las lozas que los trastos, más a sí que a los venidos; se despersonaliza, se prostituyen símbolos y menores de edad, se silencia el derrame interno, se sonríe con las mujeres, tres para un hombre, cursadas para satisfacer en las fincas o en los clubes, con los DJ, en, ante todo, un ambiente seguro.

Para mayor ilustración, Fanon:

 

La burguesía nacional organiza centros de descanso y recreo, curas de placer para la burguesía occidental. Esa actividad tomará el nombre de turismo y se asimilará circunstancialmente a una industria nacional [R. F. R.: “los periódicos norteamericanos proclamaban en 1958: ‘Visit Havana, the Las Vegas of the Caribbean’”]. Si se quiere una prueba de esta eventual transformación de la burguesía ex colonial en organizadora de fiestas para la burguesía occidental, vale la pena evocar lo que ha pasado en América Latina. Los casinos de La Habana, de México, las playas de Río, las jovencitas brasileñas o mexicanas [o colombianas], las mestizas de trece años.

 

San Pío X, marzo 5 de 2024



[1] De barrera idiomática a abuso: familia de extranjeros atendidos por cajera: no los atiende en inglés, hace lo que puede, y ellos: «¿Cómo es posible que en Colombia no hablen inglés? Por eso es que dicen que esto es una selva»: y le meten la presunción de que su idioma es universal, y por lo tanto lo deben saber la servidumbre, y que los nativos, los mayordomos, deben prepararse para los turistas, los patrones.


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Monociclo, México, núm. 34-35, septiembre de 2024.

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