| Notaría Segunda de Itagüí, 2021 |
Los tiros de los sellos suenan de a tres a cada rato: la
secuencia: correr de hoja y sello. Duración: desde que abren hasta que cierran,
con pausas poco notables. Su ruido no es de una oficinita; como se trasladaron
a un lugar que «brinda a
sus clientes espacion amplios, cómodos y agradables», y les incluyo su «verde y digital», los dos pisos están abiertos pero cerrados: seis sillas
de iglesia al frente de los registros, las autenticaciones, la fotocopiadora y
las protocolistas, con un jardín vertical a sus espaldas que desplazó al Rótulo Inmobiliario que promete todo a
minutos, bien cerca para la masa que de todas formas irá en carro a comprarse
un cono en la máquina de los vigilantes, y la caja con dos aberturas, la de los
documentos y el efectivo, y la del habla, con las escalas encima.
Vine una vez hace dos semanas a pagar el poder. Las horas
que nos detuvieron los documentos pudimos observar a una operada desesperarse
por el retraso: se me hizo que firmaría el divorcio con el de los tatuajes al
cuello, aunque sus dos cascos me hicieron pensar que daban un amague, se
repartían para, cuando les coja la loquera, tirar todo y separarse. El caso es
que la operada no fue sino firmar, pagar, preguntarle a la muchacha, que apenas
levantaba los ojos de los archivos, si ya se podía ir y se fue. El otro se
quedó esperando.
Lo mismo pasó con una chaqueta de pelusa y uno de bordón:
se asesoraron con la veterana, la de los cachetes exangües, fofos, leyeron en
la mano de la interesada, confirmando y aprobando cédulas, y de a poquito
rectificaron las negrillas y fueron, quién sacando más pecho, a caja.
Hoy me quedé parado hasta que el celador se alejó de su «sistema de turnos», un cuadrado táctil que con tocarlo dos veces saca la
letra y el número que pondrá a calentar silla, a esperar que la indicada se
desocupe y lo atienda a uno mandándolo con su compañera, para tutearme que me
sentara porque Verónica está muy llena de trabajo y yo estoy a cuatro turnos de
que me llame la máquina cuyos dos ojos son dos televisores en la frente del
segundo piso. Quería permanecer parado y chismosear la movida, las luces
colgantes, rayos de sol opacados por una película oscura: de mañana a noche un
blanco pálido acompaña los trámites y el tecleo de las caras descoloridas,
ojerosas y amarillentas como las siliconas de los audífonos inalámbricos que se
le cayeron, por tener las manos ocupadas con papeles y celular y engrapadora, a
una enfermera que pidió permiso para autenticar un contrato de promesa de
compraventa de inmueble, el mismo, pero con diferentes nombres, que llenan las
señoras a mi lado; en la tabla con lapiceros un señor, acompañado del
vigilante, que es una especie de coadyuva todera, ¿por qué no se mete a la
abogacía, tan sabedor que es de los procesos?, y el viejo verrugoso escribe con
un cuidado que uno pensaría que está definiendo una línea caligráfica
importante, pero son rayas alargadas, desiguales, que tampoco es que sea
importante saber firmar; con solo hacerlo se valida el encargo.
La que me atenderá más tarde utiliza la sacagrapas y pide
que le recojan un folio cada que se le cae; los sella y los une en carpetas;
fotocopia en la multifuncional los corregidos y se rasca la nariz con el dorso.
Una en autenticaciones mueve la nariz de marrano como conejo; y se rasca las
cejas como un cachorro se rasca el hocico. La sentada registra a un bebé de una
pareja menor de treinta años con otra criatura haciendo ángeles en el suelo: la
señora debe parar: un abogado de colita y pantalón apretado, que acababa de
salir con una pelinegra y uno de traje, se devuelve a las fotocopias gratis, de
cuenta de sus amigas, y saluda a un gai que se le salen los pelos alborotados por
el cuello y le recibe doce mil a la gerente de blusa oliva y obsequia al
celador, su flete, dos mil: él se persigna con la plata, la besa y se la guarda
en el bolsillo trasero.
Aquí la senectud toma un papel pasivo, recibe órdenes,
saluda a los nietos poniéndose el celular en toda la cara, se sientan y se
mueven cada que hay que ponerlos a hacer figuras, se miran los sombreros o las
boinas los señores y las señoras el maniquiur o los flecos; se asoman a ver
pero no a intervenir; saben que van a darse por completo, que el poder de
viejos de casa y con la casa y los lotes y la herencia va a ser trasladado y
ellos con él: se adelantan a su fin viendo cómo los desmiembran los suyos, sus
camadas que no tardan en acercarles los minihuelleros redondos y limpiarles, si
fuera necesario, con la boca el resto sucio que les queda, la señal de que
botaron lo material de su vida en las avideces y apetitos familiares. Puesto
que no tienen nada más que morir, son atendidos con lo suyo mientras se
demoran: son tenencia que pronto irá a dar a una funeraria, a una iglesia y a
un cementerio de pueblo, a una novena en su casa y con sus vecinos y a la foto
acompañada de una oración que se repartió con los allegados y que ya recogen
los de la basura con los demás desperdicios barriales.
Sentado en el bullicio me doy cuenta que no hay mucho qué
ver: la rutina notarial me engatusó mientras anotaba su jerga oyendo a quienes
se aconsejaban una carta para quedar limpios, notando quiénes se mueven con
maletín y quiénes no se esconden los rollitos, esas dos erupciones derretidas y
apretadas por las bandas y los tirantes, de lo atentas que están guiando a sus
padres al archivo, que no me quedó de otra que mirar al televisor a cada
anuncio de cambio y marearme con las carreras de los sellos y la pericia de la
tatuada medio brazo y los registros civiles rojos y azules sacados, puestos en
la impresora, y vueltos a meter en el estante, y de nuevo el sello, las sillas
ocupadas y los onicófagos que esperan de pie, se rascan las orejas y doblan y
desdoblan sus fichos, los leen y creen que con leerlos la pantalla les dirá que
pueden seguir, husmean las conversaciones, en su mayoría audios de más de cinco
minutos, u ocupan un espacio, cogen su celular y empiezan a leer la
presentación de Roca a la antología que da «parcial cuenta» de los «ciclos
poéticos» del marxista ortodoxo.
Me llaman.
Saco el ficho del bolsillo de la camisa, lo veo y me
levanto impulsado a evitar que la amable blanca rellena permita otro turno y me
ponga a sacar otro. Sostengo el espaldar: ella me pide que me siente; una de
los computadores, que perdió toda la mañana pasada tomando té mientras un
encorvado le destartalaba la CPU y le cambiaba el ratón, va donde su amiga a
llenarle el tarro y guardar un regalito en su escritorio; después abre el
regalo y le da probadas; agarra un lío de papeles rubricados, los pasa, me
pregunta a nombre de quién va el poder, se lo repito obnubilado por su falta de
rasgos, su níveo cero facial, y me la imagino columpiándose, creando sombras de
alegría, tirándose, haciendo muecas. Coge el teléfono, le habla a alguien de un
poder, me dice que suba, que acabó de llamar a la compañera que tiene mis
cosas. Me despido alargando las acciones: me paro de la silla, la acomodo, le
entrego un lapicero que se le cayó a una de las secretarias, que más se merece,
y le doy la mano y me subo pensando que camino hacia atrás, que la veo
desinfectarse y acabar el dulce de su amiga.
Del rellano al segundo piso veo a los habituales
repartirse entre cubos, leer pequeñeces, responder llamadas, preguntarse entre sí
por qué lado se va a donde los llaman, chupar tinta y rascarse las orejas y
suspirar hondo. Le pregunto a la secretaria que recibe dónde queda tal señora y
me señala a la ubicada contra el archivo. Busco asiento en las sillas que miran
a la oficina de la gerente Ponce, cuyas paredes frontales son espejos: las
sillas blancas, el escritorio de pino, el portátil con base refrigerante, un
pocillo con aromática, una botella de agua con funda, las medias sobre el
reposapiés... El ventrudo que me tiene en espera se ofrece a ir a comprar agua
con trocitos de sábila, lo «menos
dañino», y él se trae una gaseosa que va directo al miocardio;
yo me detengo en el Eladio Vélez sobre otro libro publicado en alguna de las
tantas administraciones sin oficio, al frente de la contaduría cerrada: eso no
lo lee ni quien espera, porque está para esperar a que le autentifiquen sus
lotes o su dominio y no para leer, ni Ponce, aunque tuvo que haber sido un
protohumanista extinto el que mandó a morir ese libro en ese libro, ni el notario
Santacruz, cuyo nombre aparece hasta en los vasos de los empleados, ego que
solo creía posible en el exfiscal Babosa: sacó mil quinientos ejemplares de los
once tomos, de «consulta
interna de la Fiscalía», que
ensalzan su mandato, en la Imprenta Nacional; y llenó de placas conmemorativas
las sedes regionales, Tunja por ejemplo, afirmando: «gestionó y adecuó», pero no qué: baterías sanitarias y vigas.
Antes de que me llamaran a entregarme el «papel notarial para uso exclusivo de copias de escrituras
públicas, certificados y documentos del archivo», y de ponerme al tanto de seis mil trimestrales para
actualizar la valía legal del anexo, que solo se revoca haciendo más vueltas, y
de enterarme que a esa hora los utensilios se rebelan, se abstienen de matarse
con los infinitos deberes, las copias rajadas, las esquinas mordidas, los
resaltadores en las sumas de los recibos y los consejos eficaces, paso del
corcel cubista, del semidesnudo abstracto, en la sala de recepción, a la cabeza
detrás de Ponce con todo el arsenal de positivismo basado en la carreta Linero,
la autoayuda para enfrentar crisis en un mundo conectando con tu pasión y con
un poder sin límites que influya y haga del ahora el fin de la ansiedad
cambiando la manera en que comes, en esta nube de palabras: técnicas de Berdhein,
consultoría, cosmos, orienta, lectoterapia, pensamiento cliente, psicología
sistémica y transpersonal, counseling
XX, terapia gestáltica, técnica de prevención oportuna, método Braid y Erikson,
coaching...
Le faltó resiliencia; lo debe tener tatuado en el cuello.
San Pío
X, marzo de 2024
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Paradigma, México, diciembre 22 de 2025.
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