Amanecimos, los audaces, los que soportaron la modorra,
el equipo cansado, los que sacaron a las tías de su cálido chisme entre abrigos
y cafés con leche en termo, y se nos unieron los que apenas se quitaban lagañas
y se olían el trago. La niebla ocupaba a Estrella Vieja, la matriz de los
Bedoya y de los que andan bajo sus alas, los palos y el sendero por donde llegó
un pegado, otro amanecido a beber y a bailar con las que habían (iba al pueblo,
a extender la noche gallera, entre bizcochitos, a dormirse en las bancas o a
ser carga de un caballo). El que ayer se durmió no sabemos dónde le volteó la
cara al primo mayordomo que casi se muere tragando su vómito: le medio limpió y
salió a recibir su vaso lleno, la mano de la hermana. Los perros, ¿desde hace
cuándo solo se bañan con la sorpresiva agualluvia?, se acostaron en los
cambuches para los que fueron verticales y no le dieron gusto al sueño; solo
uno, perdido, en busca de su amo o de un hueso del sancocho anterior, se metía
entre las piernas de los bailarines, a mitad de camino: las almas de allí o
alumbradas o se estremecían en el vaho de la boca, y entraba y salía de casa a
su gusto. Pero debíamos irnos: los padres alegaron, uno durmió entre vapor de
ventanillas. Los borrachines fueron metidos en los asientos traseros con la
ventana abierta por si botaban tapa. Y yo, anhelando quedarme, veía, dando
tumbos, cómo dejábamos a los alegres, a los berraquitos; sentía desprenderme de
una conquista misteriosa, insinuante, de un elemento que se abreva cada poco tiempo
de unión y algazara.
El
Pedregal, mayo 25 de 2025
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Un viaje del que nunca he regresado. Antología hispana, Rosario, Argentina: Laia Editora, agosto de 2025.
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