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Azar y forma

Mata de cima, Alejandro Zapata Espinosa, 2026

Al taller guanabanero

 

«¡En qué estado desfavorable o desordenado encuentra las cosas el poeta!», exclama Valéry. Hago énfasis en el desorden, puesto que lo ubica como material con el que se evidencia lo complejo. El puñado de aconteceres, la inauguración de un recinto, la moneda que cae entra a formar el orden que lleva consigo el género, el catálogo donde pueda ser priorizado en consulta.

Llevado a un caso: la duda por la aceptación editorial de obras hechas con inteligencias artificiales. Es decir, se aceptan o no obras —en una revista o en la entendedera de su director ficticio: él y/o aquella no existen— cuyo abordaje de los materiales, las herramientas, el devaneo («esta mi fantasía» en Gorostiza) se decide por la orden, ya específica, con estilos de tal-o-cual, ya vaga, leída con pureza de ñato: ¡en qué estado precocido encuentra las cosas la poesía!

Ejemplo de Valéry, «verdadero, para hacerles sentir como lo he sentido yo» (para luego reunirlo en Calvino).

Salió para olvidarse de una tarea molesta. De repente, un ritmo que se le imponía y daba la impresión de un funcionamiento extraño. «Como si alguien se sirviera de mi máquina para vivir» —y no el vivo de la máquina—. La composición se hizo complicada, superó la complejidad a lo que podía mover con sus «facultades rítmicas»: lo acompañó y se dijo que «había una equivocación de persona, que esa gracia se equivocaba de cabeza, puesto que yo nada podía hacer de tal don —que en un músico, sin duda, hubiera adquirido valor, forma y duración» no logradas en él. En fin, el núcleo de la obra musical le fue dada, pero le faltó el orden que la hubiera captado, fijado y rehecho.

La materialidad de los encuentros, en este particular musicales, no halló asidero en el poeta. Ahora, si trasponemos el «juego», según Gorostiza (y Freud: «todo niño que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada»), de escondidas inseparable de la poesía a la música, tendremos que un ente, un espacio, una antorcha fue descubierta por descuido («efecto de un azar muy afortunado, de una suerte, de un don gratuito de la Fortuna») que no pasó más allá de la pregunta por la función, y el camino eterno por las composiciones, y la espera en zaguán o en patio de estas para un pretendiente: uno capaz de aunarlas.

Es decir, no hubo quién pasara del asombro al orden. Ni quién le prestara su vida al momento ni cómo diferenciarlo del ruido, la tempestad, el oyente.

Compárese el proceso con la distinción Filosofía y poesía de Zambrano: «unidad-heterogeneidad»: «De no tener vuelo el poeta, no habría poesía, no habría palabra. Toda palabra requiere un alejamiento de la realidad a la que se refiere; toda palabra es también, una liberación de quien la dice. Quien habla aunque sea de las apariencias, no es del todo esclavo [¿porque puede inventarlas?]; quien habla, aunque sea de la más abigarrada multiplicidad, ya ha alcanzado alguna suerte de unidad, pues que embebido en el puro pasmo, prendido a lo que cambia y fluye, no acertaría a decir nada, aunque este decir sea un cantar». Un pasaje, un cambio de calle, el semáforo contra el paso o el acelerador, puede encontrar asidero en el poeta, en lo que él tenga de móvil y perceptible, aunque, con Teillier, sea mediante «esas palabras irreales / que los muertos les dirigen a los astros y a las hormigas».

De este modo, el poeta es vehículo, medio, siguiendo la metafísica de Mallarmé avistada por Valéry: «[...] pensaba con toda su alma que el universo no podía tener otro objeto que presentarse finalmente una completa expresión de sí mismo. El mundo, decía, está hecho para desembocar en un hermoso libro... No le encontraba ningún otro sentido, y pensaba que todo tenía que acabar siendo expresado, todos los que expresan, todos los que viven por el incremento de los poderes del lenguaje, trabajan esa gran obra y ejecutan cada uno una pequeña parte». Ahora, considerando a cada poeta como una tradición personificada, o, al menos, como un intento de dialogar con una poética —conocerla, aumentarla; plantearse un estilo como tarea.

El orden refleja la diversidad que lo ofrece.

No obstante, una claudicación del lenguaje limita y aviva la búsqueda. Calvino y los dos impulsos de su escritura —«que corresponden a dos tipos distintos de conocimientos»—: la racionalidad de puntos encontrados, de geómetra —a gusto del francés—, y la acumulación de objetos y su equivalente en palabras-página, «en un esfuerzo de adecuación minuciosa de lo escrito a lo no escrito, a la totalidad de lo decible y de lo no decible». Totalidades que no superan al universo: «uno porque las lenguas dicen siempre algo más [y] entrañan siempre cierta cantidad de ruido [contraste: la música] que perturba la esencia de la información; y el porqué, al expresar la densidad y la continuidad del mundo que nos rodea, el lenguaje se muestra fragmentario, con lagunas, dice siempre algo menos respecto a la totalidad experimentable». Espacio al extrañamiento: así gustan llamarlo los compañeros.

De lo posible acumulado, las lecturas que almacene y los baches que aprenda a sortear, el poeta, y no la máquina, o la actualidad de inteligencias —que ordeñan sin ubre—, se alimenta del juego. Allí descubre, o ve de perfil la sombra, el poste de luz o los augurios que lo llamaban, y debe «estar seguro de poseer un mensaje que sólo él sabrá traducir, en el momento preciso, a la palabra justa e imperecedera». Sólo él y la inmediatez del momento preciso; el cual nace por azar, o «al precio de inmensos esfuerzos del hombre, que de hecho lo produce con todo lo que puede gastar de espíritu, de tiempo, de obstinación y, en suma, de vida».

El esfuerzo...

 

Fátima-Aguas Calientes, marzo de 2026

 

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Festival Internacional de Poesía de Medellín (FIPMed), Buenos Aires, Colombia: Corporación de Arte y Poesía Prometeo, junio 10 de 2026.


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