La
ciudad por una ventana: desafiarse a duelo por un cambuche, y quien mira desde
Rócalo no sentirá el calor del hueso partido:
desde aquí, centro de diversiones, experiencia pensada, servicio de carretera
(acaso investigación por el sueño —la propuesta de una estudiante que reunió en
Los Comodatos al boliviano y al itagüíno, la opción de tesis con metodología y
resultados desde noches a auditorios de estetas, embusteros y colados—): el desafío apenas se siente, el fogaje a
menos por un aire disfuncional, y el baño con otra ventanita.
Sobarse
con el infierno adentro, luciendo la barbilla que no afeitó por salir rápido a
traerse amigos, y por una droguería y un taller de motos, en la mitad de lo
visible (fuera de esto hay más, incluso uno
es una parte de lo inmenso), el
cuchillo que zafó un dios, o un niño en esta lonchera que llamamos ciudad, se hunde, sin oponérsele nada, a la mina o
el centro de lo inexplorado: así que si entre dos amorosos, uno que apenas se
desconoce y otra que debe atender los timbres, se enjabonan el cuerpo con la ventanita monacal mirando el próximo
Imperio del Enterizo en plena avenida, el objeto descendente será mitología de
microorganismos, y ellos un champú que entra
al ojo, lo distrae, se escapa uno de los dos, se informa y continúa en la
noche, contando las horas por sudor en teclado, un bombillo que se escapa a la calle
y desorienta a los perros.
Este
milagro que ningún otro toca hace que el visor extrañe, mas no sea recordado,
en su tierra: se imagina, o está, y pregunta a los que deberían conocerlo dónde se consigue subir a la morada, y
le dan una dirección incorrecta: al llegar está más lejos de donde vive, y baja
como si buscara arriendo las escalas que él ayudó a abrir, desde el monte a la tierra: maneja un hombre de
rojo que chupa tinta (o gasolina o purgante de vacas en frasco), se la mete a
las encías, comparte pero nadie coge, y deja el carro en un vacío: Asoviviendas
en Caucasia o los apartamentos de Chanluis en Los Espinosa.
La
tía lo reconoce (que de la visión a la ciudad cortada, que aparenta treguas
solo posibles para el humano, cuando esa extensión nunca deja de tramar sus accidentes, sus arrollos) al sobrino, le
pregunta cuándo vuelve, como si no estuviera allí, lo mismo la prima segunda, y ambas son una postal que se mira
a contraluz en la ventana: el lugar de nacimiento es paisaje olvidado por el
lugar de dos riberas: ni la mujer que se fue anunció otro encuentro, que de
todas formas ocurre, ni la ciudad asegura repetir otra noche en igualdad de
condiciones, más bien compite para
reducir sus visitantes, mezcla inauguraciones con entierros, pasar sin miras
por lo que jurábamos era valioso.
Retoma
los acertijos por una alumna que desafía el “aiga” y la rememoración de otra
que mandó en su momento de desempleo
a la altura, y en los papeles, allí reside el hombre, piensa el lecturando: es
él y lo que proyecta, y la palabra adelante, como una tesis clavadas, no es más
que eso, uno y lo escrito, de resto
no hay nada, y puede el coordinador de sede, en alguna de los huecos cerveceros
de esa llanura, con luces, moza, amigos de tarde-noche, proyectar reflexiones que no van a parar a formato: así nadie puede
creerle más que en el uso oral, pero con ocuparle la boca a pitillo, las manifestaciones de su entendimiento se
pausan, recobran la mudez primigenia, evita sobreponerse a los planes
urbanísticos que sí, por convenio y entregables, deben fichas técnicas y
reglamentos: no él, apurado por
salirse a los concejales, aunque diga los europeos tienen evidencias y no
opinan (que-él-sí), en vano: tampoco desgántense, miradores (más corrosivo y
otras aguas es esa gente) en el portal de la droguería, quien dentra y sale
porque no encontró lo que deseaba, lo que lo mandaron a traer, y leamos el
papelito: cambia de letras según dónde el cansancio se riegue por el cerebro: el
número uno es una cita de Günter Rodolfo Kusch (por la asignación en la
conferencia, la bienvenida en un cabildo para el trabajo de grado —si lo abandona el pegamento del instante—): leído por
las variantes rola, costeña, cundiboyacese y pastusa:
Aun se conserva un rastro de
vida en la presencia física de la ciudad. El tumulto, el insulto furtivo de un
chofer, una avenida iluminada, la mujer que pasa con un misterio de sedas y de
miradas, el sol de un domingo —que trae por reflejo un sabor a llanura monóton— y un tango resbalón le cuelgan a la ciudad las
ojeras de su trajín en la ficción. Se sospecha entonces que la ciudad también
olvida. Los armazones de granito y cemento que descansan en día domingo yacen
inexpresivos y hasta solidarios con el paseante y muestran a manos llenas y con
alguna sonrisa, que su presencia fue un error y, en lo más hondo, un juego.
Y
lo otro, dos, ágrafa: «No es posible adivinar el cielo» (abandono o reuniones
con directivas demoniacas, solución
para los desaparecidos, el artefacto, la carretera y sus pronosticados
accidentes): y por último: «No sé si me quiere como a las demás» (ninguna luego
de reportarse el poco tiempo): tira el papel que no cae sobre la arena barrida,
los desperdicios de la construcción cuyos primeros habitantes son obreros de día y palomas de noche (haciendo de toda obra un hotel antes de cierre):
entonces pasa, o la extensión es un escritorio, una oficina de subsecretario:
le habla pero no entiende si debe hablarle a él o dirigirse a otro lejos, detrás de ese, que aunque verlo se esconde
y aparece porque lo menciona, pero no haya la vocal precisa, y en el juego de escondites el primer remitente
agrupa lo dicho, se hace primer receptor, cuando hay otro más allá que es lo interpuesto detrás de la silla
reclinable, en la oficina de reuniones segundas: ¿acaso hablándole a él se comprende toda la ciudad y sus gestores
ocultos?: si existiera un solo medio para entenderse con esta, un solo oído
enrastrojado, quizá es la ventana que solo abre un ojo (los oídos siempre tuvieron ojos), y nadie sino los
despiertos, si existen y demoran la
bebida para escucharme, en silencio, porque solo el papelito en la arena, ya
oculto, era el mensaje, tres artilugios remedados por la necesidad de otro, el indigenista, el amigo, la pelada, ¿en dónde y
a qué la atención?: con más ensañamiento si la ciudad pronostica lavarse de noche los pecados que seguirá
concediendo a plena cancha y tambores.
El Bagre-Caucasia, mayo de 2026
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