| Docajas, Alejandro Zapata Espinosa, 2026 |
Habían quedado un
día antes de no ocupar sus mañanas. A las diez u once ella lo llamaría. Ese
miércoles, la primera semana de vacaciones de un octavo semestre que le bajó el
promedio por la «arremetida de
profesores en psicourgencia», él se levantó,
leyó algo y cuando lo llamaron empacó un banano y dos mandarinas. Su abuela ya
había subido las dos faldas al cuarto de arrume y se cambiaba las chanclas por
unos zapatos deportivos, de trabajo, mientras se actualizaba de sus propiedades
con el señor que le coge los pocos granos de café que dan sus chamizos. Sacaron
un costal. Él les dio de a mandarina y le dio el banano a su abuela. Eran las
diez y cuarto. Ella estaba vestida para la misa a la que asistió más temprano;
él, con chanclas y sin cachucha. Fueron a la espalda del cuarto.
Un joven que acarreaba
costales en su segunda estación de carga —la primera es
donde los motocarros o los camiones los descargan y la tercera es el lugar de
la construcción, al cual se llega subiendo más de setenta escalitas con
cincuenta kilos o más de arena mojada sobre los hombros— le preguntó, al vernos amarrar, mediante nudos de
alambre y adobes y piedras que la pisaban, una última teja que se salvó de ser
robada por muro que le cayó de la casona de bahareque de al lado y por la
jauría de atacantes que operan de noche:
—¿Por qué no construye algo ahí? —Ella se rio: —¡Ay niño...! ¡Hay
tanto por construir pero tan poca plata! —Él mejor se
entregó a sus costales y nosotros a la teja.
Amarraban los
alambres a los rieles de la otrora pasilla. Sin quererlo, porque es seguro que
nadie lo quiere, el olor, en ese rincón húmedo y fangoso, le hizo ver la mierda
que, por la extrañeza del olfato, supo que era de animal; esa plasta, esa
natilla con pizcas negras era de
cristiano. Fue uno de los niños —porque según la
abuela eso eran niños los que se intentaban meter por un hueco de adobes flojos— de don Jesús.
Y no supo cómo no
la vio. ¿Estaba tan camuflada en el
bahareque, en la tierra y los restos?
(En su casa, con
las chanclas lavadas en la canilla y restregadas con un cepillo viejo,
sirviéndose el almuerzo, pensó que las mierdas no estaban allí de antemano sino
que aparecían a la medida que él movía sus pies; como si sus pasos los
generaran y los buscaran, y no fueran anteriormente sacados del orificio del humano
o del perro o del gato).
Por mucho que se
restregó en la tierra y en los bordes de las rocas, el olor hacía toser a su
abuela —él se acostumbró; antes bien sacó sus conclusiones
diferenciadoras de la mierda animal a la humana— y llamó a las
moscas que se hacen de cara a la gente y se mueven con los ojos del afectado.
(La primera vez
que vio una así, levantaba una piedra del cafetal. Uno de los trabajadores pisó
con ella su plasta. Cuando levantó la piedra, se veía el desgarre viscoso de
las tiritas, la masa sobre las superficies).
Salieron inmunes
del rincón. La teja no se movería de ahí a no ser que le metieran alicate. La
abuela cogió su costal y mandó al nieto a poner una piedra en un pedazo alzado.
Luego se metieron por una zanja resbalosa, el borde de dos casas —la una, a la izquierda, cercada por lona, y la de la
derecha, cercada por un jardín de costales con escombros—: por allí cae el desagüe que la montaña escurre sobre la
casa de la izquierda.
Al poco de subir
dieron con el sitio: los de las casas de la derecha, más altos que el de la
izquierda, se tomaron un espacio arriba la lona para volverlo un basurero:
tiraron vidrios, ¡bolsas enteras de basuras!, paquetes regados, canastas, biberones,
pelotas, una media de rayas, botellas y botellones, bolsas con popó de perro,
juguetes sin brazos, más bolsas de basuras enteras, cajas de cigarrillos, una
cachucha y un control de televisor con una sola pila.
El olor era a
aceite con naranja descompuesta.
—¡No mita! —hablaban duro con
intención— ¡Meros cerdos! ¿Usted
por qué no va a la Corregiduría y les monta una denuncia por perjurio? O dígale
al edil que qué es esta cochinada. ¡No...! ¿Y quién va a pensar que hay un
basurero por acá? ¡Nadie! Y todo es de ellos... Hay que decirles o no sé... —Ay ¿pa qué se va a poner uno con vueltas si ya tengo con
las mías? Y uno les dice y no hacen caso; a los diitas vuelven... —Con el costal lleno, sin poderle abrir más espacio, nos
despedimos—. —Pa recoger toda esa basura se necesita a lo poco mil
costales –pensó la abuela en voz alta. —Y el nieto cargaba
sin fuerzas el costal al cuarto para que lo recoja el señor de los cafés el día
del bote.
«¿Cuántos años me quedan por acá, en este moridero? Si así
son con las cosas de uno, ¿cómo serán los de los apartamentos de más arriba? La
gente no tiene arreglo. Por todo lado porquerías, deshechos de todo mundo, de
lo que comen y de lo que cagan... O son los niños o son los grandes o no es ninguno...
Y ni que esto fuera Valverde de Lucerna para uno sentirse acogido en un pueblo
a millas del mundo, con una figura carismática reconciliatoria y una fe
unánime. La fe de acá es unánime por sectores y por dueños... Dios mío, si me
vas a tener mucho tiempo en este Pedregal, permitime gusanearle el oído al edil
y crear campañas de recolección de basuras, de concientización: cada sábado se
crean jornadas donde los protagonistas sean los niños: que se lleven un costal
de la mesa de conteos y, según sus viajes, se le dé helado o se los invite a
cine o no sé. Que tengan las botellas separadas y se las regalen al reciclador
de La Verde. Si me vas anclar a este lodo, dejame cerrar la llave que lo está
mojando, Dios: recoger las basuras, asesorar a los estudiantes de colegio,
hacer recolectas de apoyo, pedirles a unos mochileros que promuevan la
independencia alimentaria, organizar fiestas entre colombianos y venezolanos;
estudiar los problemas con la gente y resolverlos con la gente. Pero no me
dejés morir como si nada; callado».
Retomando la
lectura, en su cama, de Acto cultural,
se repitió la parte de Amadeo Mier, presidente de la Sociedad —en El Pedregal eso ni existe— Louis Pasteur (antes Sociedad Heredia) para el Fomento
de las Artes, las Ciencias y las Industrias de San Rafael de Ejido: «No hay nadie que viva una vida en este pueblo. [...]
¿Quién nos encerró aquí? ¿Quién nos odiaba tanto?»
El
Pedregal, noviembre de 2023
___
Entre Paréntesis.
Revista Artística Cultural, Santiago de Chile, N.° 138, junio de 2026.
Comentarios
Publicar un comentario