| Ayatala, Alejandro Zapata Espinosa, 2026 |
No se descontente hombrecito que apuntar las comas para
después borrarlas es casi lo mismo sino que tienes por delante un muro el que
se eleva de la no gestora: golpéate en él. Lo que hace es demostrar a un
oscurantista que existe las horizontalidades azules y de vez en cuando recibe
para los otros lo que no alcanzan. Es eso lo de la agraciada y lo del muerto
uno de ambos con la punta de la lengua en el colmillo y las piernas montadas en
la mesa esperando que salga humo de la cocina de enfrente[1]. No es raro además que la
pereza de no levantarse y la acción del azúcar en el tinto demande al quieto su
mirar raro y la franca perdición de la tarde desde ratos pasada. Incluso el
viejo orejón venezolano sale a calentar las piernas y la modelo que la mandan a
extender sobre bloquelones toda una grandota que en futuras pasarelas tendrá
para responderle a un entrevistador de la Pontificia que sabe del sol cocinado.
Volveré pronto.
O viaja para saludar a Toño Breque y prueba la mata del
cacao motorista o de El Cedrón a Pueblo Rico mírale el cabello trenzado apestarse
a gasolina quemada. Es poco se acabará en cuanto ya no se rocen desde el
comedor apenas se les beba el jugo no servido[2]. Claro que es aguapanela
justo la del desayuno del descalzo y la del coleccionista de sinsontes en la
casa de la mujer ida: se hablan por el retoño. Ha cambiado lo hace tiempo visto
y uno que se mantiene declarando lo inexorable y la peregrinación tiene ganas
de afincarse para desbaratar lo devenible el tráfico de almas por el embeleco
del optimismo. Pero iba en la quemadita la que como la patillona de dos días a
la semana en un negocio atiende y sirve está probada para desafiarse con los
perros espumosos y dejarlos heridos y suplicantes en el hueco de la premura. Unas
mujeres para reorganizar ejércitos y para no imprimir seguido números
especiales de ellas mismas y sin comparación posible fue desterrada en todo el
pueblo vacío con el sedente periodístico cerrando los ojos por el bien de su
pervivencia.
Avancemos nadantes...
La urgencia de un medio para echarle gasolina y perderse
en las carreteras a mitad dañadas o con rocas del seno de la tierra cálculo
extirpado por corrientes e inundaciones[3]. En el pueblo vacío donde
el musgo se nos pega a las rodillas y deseamos a espátula y a polvo detergente darle
una limpiadita después de separarnos en alma y decirnos esto y lo otro y que no
aceptamos aquello ni la mano vista y ahora sí a darle al cuello el escalofrío
la sombra sonrojándose y callando a la intromisión del viejo emponchado que da
cabezadas de sueño. Quién se evita un toque si el mismo acercamiento la palabra
muda el no saberse dueño de la voz ni del espasmo y en agonía sin edad y con premuras
a pelo entre la carcajada o el destino sin ser de responderle un cuestionario
al vendedor de manillas solo dueño de lo que haga con uno la también desvaída
presencia delantera la cola de caballo que responde menos al vuelo más a la
firmeza del carente empeñados en que tan solo la banca los mantenga lo que dure
la prolongación del beso el insinúo del cuarto.
Los dos y quien vea.
Para no acabar en funciones de jardín y jaulas cantantes
el lavadero tirándonos su frío en la oscuridad abierta por el verde del monte
del camino y las ropas de las otras casas todas juntas como si quisieran
escucharse. Y la unión es más que carne y apego[4]; toca demostrarlo con lo
móvil y lo agente en fines de semana y visitas a escondidas luego del centro
del pueblo el dínamo del apellido con las dos cabezas-banderas. Hacernos
compañía en mesones y oliendo la leña que nos preparan ausentes del compromiso y
la jubilación del deseo en escotes cancelados.
El Pedregal, junio 25 de 2025
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Revista Literaria Trimestral Dizaster, N.° 3, México, julio de 2025.
[1] Le adecuaron unas luminarias blancas que
alumbran desde que abren el ventanal y el hijo técnico se hace desayuno (o
compra donde Miro y calienta agua).
[2] El dejarlo en la olla es tenerlo
disponible, solo que nadie se acerca a servir, ni la tía llama a los sedientos.
[3]
Véase la avenida torrencial en Santo
Domingo Savio, abrebocas para el profesor contratable. La líder dijo que se
rompió la madre y se despegó la colada. Por el momento, un fallecido y seis
heridos.
[4] Funcionable solo en los ajenos a la
presencia matutina y al abrazo de horas con las mangas sueltas.
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