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La Muñeca, Alejandro Zapata Espinosa, 2025

Tres agualeño

 

La manada está compuesta por Muñeca, pinche de Chigorodó (tuvo dos hijos: Rocky, muerto a los dos años, y Pinina, cuya muerte a los siete abordaremos); Luna, una perra criolla de actuales ocho años, barboseña; y Pupi, labrador de once años, de Palmira. En estos ahoras, duermen en el patio, con la luz apagada, la dueña se maquilla aunque no se ha bañado, Pupi junto a la reja que da al sótano, Luna patiabierta cogiendo sereno y Muñeca esperando que le abran la puerta de bebé que da a la casa, para dar vueltas, tintinear sus uñas contra la baldosa, estornudar y sentarse en un corredor.

Menos mal se les acabó la pólvora a los fiestos, porque a Muñeca tocaba llevarla a dormir al sótano, con Luna y Pupi, que no puede sentirla detrás de él porque le gruñe (no importa: el colchoncito de Muñeca siempre aparece pegado a la manta de Pupi, calor por cercanía, lejos ambos del colchón de Luna).

En todo caso, mientras Luna anda cojineta, inútil operación por andar brincando el monte, que ahora brinca con tres patas y media; Pupi sube a coger sol al patio, revuelca la cobija que le entregan doblada en cuadros para que no sienta frío, y si está sobre un protector, y lo ve, la corre; y Muñeca se cree de dos añitos, trotando la casa en busca de salchichón, caldo o unas piernas para rascarse las canas y el hocico, sabremos de ellos en sus primeros años, cómo terminaron aquí, las diabluras y los finados que cargan...

 

Muñeca

Primera muerte

Amaneció botando un líquido por boca, ano y vagina. La madre, que la vio en su dormitorio de trastes y lavaloza, le informó a la hija, yéndose al colegio, y la mandó para afuera a botar el resto. Dejaron que el monte resolviera a Muñeca, que se perdió chorreando el matorral de la finca; tanto que la madre bajó al pueblo y no fue sino el padre, viniendo de la empresa, que la encontró en el patio trasero vuelta nada; llamó a la esposa, que lo mandó a traerla al pueblo, y la enfundó en la bota de una licra, la colgó del cacho de la moto y se fue.

—Se le estalló la matriz a la perrita. Menos mal la trajeron a tiempo, o si no moría de una infección.

 

Hijo[1]

A Muñeca y a Rocky, su cría, los separaron: o dormían en camitas o andaban con lazos diferentes (mi relatora falla en especificarlo).

Un día, se perdieron al borde de una quebrada. Allí, por colchón una mata de plátano, contentosos, libres de toda mácula, rastrojearon. Los niños, pendientes y saperos, los llamaban, pero madre e hijo hicieron sus «fechorías».

Y porque la maldad se avergüenza, piensa uno en su antropometidismo, se negaban a los llamados para que subieran de los muchachos y de la madre. El pecado les nublaba la vista, la vera de la quebrada tentaba tragarlos, las matas eran para servirse ellos al corruptor en pasiones. Les tocó a los muchachos, por mandado y apuesta, ir a recogerlos.

La madre, en un arrebato eugenésico, le dio de beber algo a Muñeca para que abortara; como ese algo no sirvió, al parecer Muñeca los tuvo en algún lugar del monte, o no los tuvo, pero le crecieron los senos y la leche se la exprimía Rangel, en un intento por vaciarla. Hasta ahora no hay rastro de esos hijos, ni testimonio de que el exprimidor, maldadoso, haya probado el lácteo de la perrita.

 

Segunda muerte

Como se cree quinceañera en edad humana, le da por correr de noche del patio a la cocina, menguando en trote el jadeo, para retomarlo a donde sea que vaya gente. En uno de esos correcaminos, Muñeca pasa de la habitación matrimonial a la cocina, donde la madre, y, por hacerle pasar susto antes de finalizar año, show o performance, se tira de lado.

Ni la hija ni su novio pueden decir que la vieron, pero la madre defiende verla tiesa, las patas duras, como si le hubiera surtido un infarto; la madre gritó llorosa a los muchachitos, pasaron de la sala y la habitación a socorrerla, levantaron a la perrita y la madre juraba verla muerta, la lengua blanca, los ojos nublados y sin respiración; no «echada» como propuso una, ni «haciéndose» como propuso el otro. Creyeron que fue por correr, aunque bien visto le servía de ejercicio nocturno, o porque no comía; entonces la madre le sirvió dos tajadas menudas de salchichón y, a la siguiente mañana, le preparó caldo de pollo (beneficio socializado) a Pupi y Luna.

Desde ahí el novio le dice La Quinceañera, y más cuando lo persigue por darle trocitos de carne asada o salchichón cervecero; o cuando se le pega la cansoneadera de Luna y persiguen pies, y tira mordiscos sin objetivo para apartar a Luna de encima.

 

Tercera muerte

No registrable por duración; como mucho, lengua suelta al dormir, a un costado de la boca[2].

 

Los dos de Pupi

En ambos casos, la coautora fue Luna, y quien la ve toda echada, toda mimos ante unos dedos, de pies o de manos, sobadores. También, nadie creería, sino por el tamaño, en los ojos de círculo naranja aguapanela, las canas que le salen por la mandíbula, las orejas caídas y las patas cruzadas, que Pupi («El tramachero ese» que, regulado en dos comidas por día, se comería cinco, diez, no importa que le duela la espalda y, después, reconsidere la subida de las escalas del sótano al patio) tenga dos muñecos encima.

La primera víctima fue un criollo. Resultó en la finca y, como Pupi era, quién sabe si sigue, el perro bravo no pasar, lo olió y lo oteó con Luna, que, por su «picaderaenelculo», se le tiraron. Uno de la cabeza y otro de la cola, jalaban a sus lados, trataban de quedarse con su parte del canín, y en esas interceden la madre y la hija con palos de escoba a zafarlos. Apenas logró la de la cabeza darle vida, y entraron a los perros con amenazas, el criollo se largó al monte (¿los perros mueren en el monte?) a morirse o a recuperar aliento; en todo caso, nunca más lo volvieron a ver.

Segunda: en este caso Luna fue autora intelectual, cuartera de la pelona. Arrendaba en la finca un muchacho cuya madre lo visitaba; la madre llevaba en sus visitas un frespuder que Luna consiguió de amigo: lo atrajo una vez a la finca, afuera, y la segunda, sin quererlo o ya planeado con Pupi, este se le tiró apenas lo vio entrar. La muerte, si triste, fue rápida: el mastodonte negro corrió a meterle un diente en el cuello, apretó, y el frespuder, al instante, se despedía, imagínense el susto, de una cagada. Al rato la madre apareció llorando «¡Ay mi perro mi perro!»; madre e hija no sabían qué hacer; el inquilino, atemperado, les dijo que eso pasaba, y no aceptaron la indemnización.

 

La Luna rescatada

Hija y madre, en las saliditas a pie de la casa para llegar en taxi o con carritos, vieron a Luna por primera vez con la dueña o administradora del parqueadero enfrente del supermercado. Quería cambiar un billete y no encontraba a nadie; fue al supermercado y le dijeron:

—No lo puedes cambiar aquí porque tienes el perrito y el perrito no puede ingresar.

A lo que la primera dueña la despachó a patadas, las cuales, si bien la mandaron a la calle, no detuvieron el ingreso de Luna (sabemos de la insistencia de Luna, obvio sin patadas, como mucho empujones a los cuatro miembros para arriba que se deja hacer, rascar y sobar durante el todo el día si pueden, cuando a la hija le da por limpiar de popós de cucharacha la impresora bocabajo, o cuando armó la elíptica: Luna entre los accesorios, bajándose para recibir las caricias de una mano que busca un pedal; Luna desorganizando los tornillos para ajustarlo; Luna sobándose con el talón o la espalda del novio; Luna corriendo con el que va abrir la puerta[3]). La dueña salió, la dejó en el parqueadero, fue a cambiarlo a otro lado y Luna, Luna, fue a buscarla y terminó perdiéndose. Hasta que la señora fue a buscarla y, de nuevo hija-madre, la vieron:

—Señora vea la perrita... —largo silencio en el que las dos mujeres, las tres debatieron miradas— ¿nos la regala?

—Llévensela —ganó el baloto.

Y sacándoles el collar de Luna se las entregó.

 

Pinina en vivo

El hombre de casa le compró a la mujer un pinscher[4]: Scooby. A Muñeca la mandaron de Barbosa a Palmira para juntarlos, fruto del que no quiso encargarse la madre; pactó con la hija («¡A mí no me da asco!»), eso sí, al tener los dos hijos mandarle uno: Rocky; y la hija: Pinina[5].

Cuando tuvo, Muñeca no dejaba que medio se le acercaran, como si se los fueran a robar, y el inconveniente fue que los tuvo debajo del espejo en la pared del baño, el cual se ubicaba en medio de un corredor entre dos piezas y, por la pared al costado, de la sala. Entonces, si alguien quería pasar del cuarto al baño, se llevaba su mordisco. Tocó, para no asustarla ni mallugar los pieses, crearle una pared de cobija, un nidito que liberara el paso.

La muerte de Pinina, vamos con lo duro, sucedió durante una videollamada: la mujer la cargaba en sus piernas, en el mueble; hablaba con la hermana que, al primer susto de la otra, le dijo: «Se va morir la perrita» a modo de juego. Y, quién creyera, la perrita se fue mareando, no respondía a los gritos de su nombre («¡Pinina! ¡Pinina! ¡Alberto mire a Pinina! ¡Alberto!») y le echaron agua, reanimación por susto, sálvela Dios mío, y murió[6]. La enterraron con su padre Scooby, muerto por cáncer (le creció una bola en la mandíbula), abono de raza que hará crecer con su minicontinente al pino bajo de la cera.

 

Aguas Calientes-Fátima, enero de 2025

 

***

 

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Porte boscoso[7]

fin de extramuros al paisaje

cerca la mudanza

el pleito de motores aguados

un gris que pasó por diente

la cintura del cortejo.

Yodo para las alcobas

una cinta que tritura

y desenvuelve canes

los tira al paso del humedal

racimos de un mismo abierto.

El bombillo prende para señalarlos

otorga el roce de la bendición

y espera otro más

los nuevos

que afean la tierra

la desocupan al pisarla.

 

***

 

El frágil puente sondeó el abismo

en la gota de sudor cochera

por el segundo mayor

al palacio detrás del arbusto

quizá entre patas de fósforo

y llaves de alambre

en todo caso aguanta

que lo surquen los mimos

la jabonera real

los tambores que miden

cuán hondo

se van a pique.

 

***

 

Encadena

al pálido corte

el cuerpo dividido en instrumento

a sus costados las uvas

con las uvas un perdido

en su bolsa las palomas y un vuelo

que solo promete

en horario de escuela

la promoción sonora

que dulcifica a los flacos en señales

la espuma que no sacia

remoto

la salida.

 

***

 

Topan los ciegos

una velada

en la que el cumplido

de un bastón

fingió la conversa

apropió el rostro

de hombres en cautiverio

de orangutanes amordazados

con una aromática

soplándoles la friolera

creciendo con los ramos

que un día les compraban

por bellos deseos

miniaturas de la familia ida

camanduleros en presente

reunidos y sin contento

por la hora en que atontados

busquen separarse.

 

***

 

Ríen las mujeres

en el nicho

por los devotos

a quienes una vez besaron

del pie a la frente

solo que ahora

se acordaron del iluso

que creyó verlas

con un trapo menos

un seno captándolo

echándole al vuelo

las intenciones.

 

***

 

Cava la perla

fíngele segundos

que enlodaron la llanura y las cuadrigas

el arrastre del corazón sobre los dioses

ninguno fue invitado

prefirieron engrasar sacrificios

y darse de comer a paletas mancas

por eso ábrela a gusto

cédele un perímetro que llame templo

una alcoba dónde postrarse

y reza por qué el veneno

al primero en tocarla

le recuerde al dios olvidado

al séquito en sus nupcias saturnales

el manjar carbunclo del arenque.

 

***

 

Termina y confiesa

vienen otros

larga hartura

de ensuciarse

como se fueron

los invitados

a la desgracia del coplero

con una pista ensartada

en el perfil de sus madres

acaba rápido

mendigo o sacristán

di el guion si lo inventaste

o trata de agradar al oído

que no duda en llamar al diablo

si es que no es él

quien invitó.

 

***

 

El bulto robado

sin nadie dentro

el respiro de la alcoba

una lata y un grillo

que solo oyen

su claustro monasterio

y el óxido

que empasta

las risas

invisibles por rodeos

que han de colgarse

en las barbas

de un cabro asfixiado.

 

Llanos de Cuivá-Aguas Calientes, marzo de 2026

 

___

Las Vetas del Azogue. Revista Literaria, Artística y Cultura, «Verano», N.° 14, Vol. 1, San Joaquín, México, junio 22 de 2026.



[1] Antes de seguir con la «Segunda muerte», por rigor cronológico, relatamos en «Hijo» un hecho de su juventud; el penúltimo es de alta edad, como aparece en la presentación.

[2] Actualización del tres de enero, a horas de la violación del suelo patrio venezolano por militares gringos (que por cierto, no han dicho, es ¿rara? la vez que dan bajas caninas en las intervenciones imperialistas): volvimos de comprarle cuido (y galletas y pulmones secos para los de la casa y para Marley, una perra de la cuadra), entre otros chécheres, y, al abrirle la puerta del patio al corredor, doy fe, vi lo que la madre en la cocina. Muñeca se tambaleó, quieta en un solo lugar, como oliendo la baldosa, las patas que por un punto dejarían de sostenerla, la lengua atajándose del aire. La llamé, le toqué el entrecano y esperé a que se recompusiera. Al verla mejor, moviéndose, dueña de sí, le conté a la hija, que no me creyó y busca una oportunidad donde ella corrobore qué es lo que pasa [fue testigo el cuatro de enero], no sea que le esté pasando algo que nosotros, dos observadores asustados, pasemos por alto.

[3] A propósito, tiene un amigo-padrastro en el tercer piso: Ramiro es un señor de rasgos faciales prometedores para los ochenta; ahora son el rastro de ellos. Le tira, como alimentando gallinas, cuido y mecato desde el balcón; la soba (y en esto Luna le aprendió el sonido de la moto y, si la puerta está cerrada, se hace de orejas a las bisagras, justo donde él la parquea, en el espacio del andén) por entre la malla de plástico que debieron fortificar con una de alambre de acero porque le tira a los perros que sacan del segundo piso, y a los que no le simpaticen, metiendo el hocico en una abertura; y la coronó «La perrita más linda de Colombia, mi Lunita, mi Lunita, la reina de Colombia. Mañana le traigo mecato pa que coma ¿oyó? Lunita...»

[4] El «pinche» de toda la vida.

[5] Desde que la conocí, asocié el nombre con hinchadas, balones tostados y La Bombonera. Asociación que se vio fortalecida por sus camisas de lana y los gorritos con que la vistieron, y solían vestirla, hace dos diciembres que viajó a Barbosa a ladrar pies peludos.

[6] El hombre culpa a la mujer de haberla bañado ese día, pero nadie tiene la muerte comprada. Triste que fuese antes que la madre, pero no se vieron. Los regalos posteriores a ese veinticuatro, por amigas y vueltas, versaron en arete de caniche y collar de huella.

[7] «Parte boscoso...», «El frágil puente sondeó el abismo...» y «Topan los ciegos...» fueron leídos en el VI Festival Internacional de Poesía Nichita Stănescu, Getafe-Madrid, España (en simultáneo: México, República Dominicana, Rumania y Colombia: Biblioteca Pública Piloto): Casa Rumana de Cultura y Corporación Cultural Poetas al Viento, marzo 28 de 2026.

 


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