| Perdidas, Alejandro Zapata Espinosa, Barbosa, Colombia, 2026 |
I
Hacia
el sur, los culebrales. Voy con quién, mi amiga, la primera. El bus va hacia el
norte, a Caucasia, fin último, tierra extremeña, confines en medio del bastión.
Saco la cabeza por la ventanilla: nos movemos a cien por hora, pero no
avanzamos, y el pelo cortado a máquina se alarga, carretea, disco, a las
luciérnagas, a los mariapalitos que nos empaquetaron de venida. Estamos en
Tarazá, en la esquina de los mundos, en la ye, antes del Venecia y el paradero
de buses: el nuestro se mete hasta el local, traspasa un telón (y ahora cómo
los titiriteros), bájense, nadie nos dice. Así que es un local, un corrientazo:
las casas de enfrente se agachan para dejarnos ver una copia de los Andes.
Volvemos al bus (retrocedemos en el tiempo, en la imagencita), y ya estamos en
el ancianato por Caldas, en busca del tío Carlos y su prole. Es una finca en
medio de un potrero: los señores blancuzcos tejen en las sillas, echan agua a
las matas colgadas, salen y entras de las mil puertas hacia la pendiente.
Seguimos derecho, saludamos con venia, yo y Sofía, y una trabajadora social nos
alcanza en el portón hacia monte adentro. Igual el director del ancianato. Nos
dicen que debemos escribirles, para mandar la carta en mula, porque el tío vive
dos montañas al fondo, en un centro adecuado ¿y de aguas termales? Devolvemos
el pie en el inicio del camino, y nos quedamos mirando una de las puertas, a
ver si sale, si es mentira que hay algo más allá de lo profundo, a donde
queríamos ir[1].
II
Descanso,
o primera clase, o espera de que llegue la profesora y me introduzca: desnudo,
con una toalla de fomi que deja ver las tajadas, moviéndome del tablero a la
puerta y de allí a los pupitres, enganchado, suelto, con la mirada de los que
no salieron a descanso. Me hago en el umbral, y veo que no hay tablero sino
montaña, la primera, donde se pierden los avispados, que solo es posible
traspasar, vivo, en bus. La profesora viene de la calle, pone el tablero del
monte, me dice que me cambie y señala mi bolso en la puerta hacia el colegio
(¿no estábamos dentro, aunque en la punta de la salida?), y con una mano lo
llevo hasta el umbral, abro en otro salón, busco pantaloncillos, de entre los
sucios, y el mismo que ahora miraba, que tampoco atiende clase, las
indicaciones para el nuevo profesor, se queda mirando desde el pupitre[2]
III
Y
bien repite que estás nuevo, que los bares todos sirven para las bocas
migrantes, sepultadas, en reserva del promontorio que los sacude. Un pesquero
con un vaso es el comerciante y la emperatriz, y el editor y su madrina en la
fila de espera del ataúd personalizado: la humanidad se reemplaza, ubicua, y
aunque amerite sus logros al carácter y la finura propia, tiende a colarse otro,
con azadón, sombrero, botas y una riñonera para llevar el conteo verificable
para los que no estuvieron pero se perfilan como candidatos del suceso[3].
IV
Con
el padre en la segunda quebrada ingresando al sector, sobre el puente
construido hace ¿treinta, cuarenta años? por un concejal lo más seguro muerto.
Nos distrae, aparece el viejo Luis, arrendatario, mandamás, que al verlo de
cerca no es él, quizá su hermano u otro que copió la camisa azul, el pantalón,
el peinadito inane. Conversan, él subiendo, nosotros en el puente, y Sasha hace
del cuerpo casi como si fuera a dejar caer la mierda a la quebrada. Dejó una
torre que papá fue a recoger; le digo que la patee, pero se gacha, le pega un
papirotazo, como está recién salida se deforma y se le pega un tanto a la uña:
la restriega contra la arena de los bultos de la mañana, cargados desde allí al
interior montañoso, y bajamos a la quebrada. Con un tarro, que saco de no sé
dónde, le echo agua: sale también, barequero, arroces, granos de frijol, algo
de oro y botones perdidos tal vez a don Jesús, a su familia o a los
mariguaneros inquilinos en choza. Subimos por donde ya pasó la copia de Luis, y
papá deja de estar a mi lado: es el que está en el parqueadero administrado por
la hija de la extía segunda (bombillo amarillo): chupan crema de coco, del
mismo emprendimiento, y cuentan y toman nota de las placas de las que han
entrado hasta las seis o siete. Me invitan a crema, que no alcanzo a recibir, o
que no tienen, y la niña se unta los crespos de coco lambido, y guarda ahí las
llaves que le reclaman. Termino de subir a la finca: la manejan otros, o vive
una nueva generación de Pompilio: un barbudo sube un pie al murito del
corredor, se tira hasta la rodilla y escupe: quiénes somos, a dónde vamos, cómo
los conocemos[4].
V
Un
niño alarga el pico, sin quererlo, le llenaron el vasito de guaro con ají
picante, rebosa, se le riega por los dedos, dice «¡Ay...!», y da un sorbo,
frunce el seño, no bota el pique: sigue derecho, en el umbral de risas. Vuelve
a probar, esta vez frente a los llamados, y se queja: por qué no fue otro con
él, qué les costaba levantar las nalgas del muro, y le dan una empanada como
consuelo, para borrarse lo agrio, cuando ya probó lo que debía aguantar unos
diez años o menos después, aún niño, solo que entre aplausos o con el visto
bueno del tío renegrido en borrachera[5].
Fátima-Aguas Calientes, julio de 2026
___
Solavaya. E-zine Enclave Bembé, julio 24 de 2026.
[1]
«No me buscaban. Pero ya que me trajeron a este arrimadero, y que no tengo
cuentas con la eternidad, hablemos. Si a mí me enredaran por esos breñales, no
esperaría carta. Y si llega, no la leo. Que me la lean los que la trajeron,
para que hagan bien el mandado. Demás que son muchachos. Porque para meterse a
la quinta mierda a la derecha, al fondo, y suba, no mandan a la hermana de uno,
con los pies chuecos. Lo que me da rabia es que lo pongan a uno en esas. Se
hacen los que les avisamos a través de sueños un mensaje secreto, y es que nos
dejen en nuestro cuarto de aire. Pero ya dizque estoy en la sede de un
viejerío, del feo. Ha de ser porque ellos me visitaban, y él era criatura, en
San Antonio de Prado. Me acompañaban un ratico, me traían confites, y se iban.
Pero no entiendo por qué me manda, y según él, los mando a ir hasta tan lejos.
Eso del bus es como que entra, choca la estación, y ellos se bajan como si
nada. La primera noviecita no se la conocí. Nunca me vieron por el Bajo Cauca,
pero sí en andurriales, por ahí anduve mucho. Demás que el verde se nos pega,
nos abre un potrero en la imaginación que se expande con los hijos y las nietas,
y en el sueño se ocupa. A nosotros nos crecieron montañas, valles y ancianatos.
Otra cosa es que él también fue, el sábado cuatro de julio, que desde entonces
no asimila un corte de navaja de uno de profesional (pídanle la acción, quienes
sean, y que se embarque), a un lugar parecido. En la Avenida Bolivariana. Muy
conveniente esos términos, justo para nosotros que tenemos la conservaduría
viva en Jericó. Ahí que le alegue la abuela. Con ella se entenderá. Esa es otra
cosa que le diría, si lo hubieran dejado venir: que cuáles son esas maricadas.
Tuve que haberlo dañado con los sobrecitos de azúcar. O se le entró un viento
cuando el cerebro le tomaba forma. Y esos vientos son como un hueso aparte. Una
idea que otro soltó viendo la nalga a su vecina. Aquí no hay de eso. Digo aquí
en este cielo que me acomodaron. Nada más. Tranquilo estoy; déjenme. Al que lo
manden para alguna cosa, que sea más guapo y no espere a que una ayudanta le
diga qué hacer. Necesitamos visita, y gente de galope»: Carlos.
[2]
«que yo sepa nadie fue a clase. A mí
me dejaron por fastidioso. Ahi me quedé el resto de mañana. Si toca negarle
todo, se lo niego, pero en la verdad también soy duro, y no fue así. La profe
de Matemática puedo haber sido esa que traspasó de afuera hacia el patio, solo
que está incapacitada. Mandaron a otra que malo hablar: al bollo el
cucarronero. Entonces cómo voy a ser yo el que le veía las tasajeadas esas. Y
muy mal hecho me parece, andar con el culo doreado en el salón, eso no se hace.
Vaya que fuera uno. Lo mandan el resto de año pa la casa, y le enciman a la
profe de Matemática. Ni loco. El colegio a veces sí cambia, pero depende. Si
amanecen malucas las del aseo, las ventanas dan hacia afuera, y solo pasan
camiones blancos y burros solos. Pero si todo está correcto, al día, miramos al
piedemonte. Eso tampoco cuadra: si estuvo él, debió ser un error, entonces
miraríamos hacia adentro. Se nota que no sabe dónde estaba. Aunque por eso
mismo, ya me enredé, estuvo: mientras mirábamos hacia afuera (pasa el carro de
la basura limpiecito, y el del restaurante), él miraba hacia la montaña. Le
daba pena presentarse culisuelto. A mí me hubiera dado pena es que me viera
Luci. Una vez me vi a esto de tener los pantalones abajo y ella que entra y yo
que me tiro al piso, y se espanta y se va. Pero esa es la cosa por estos lares.
Luego cogí valentía y le pedí perdón, pero tampoco. No se acordaba. Nunca
sucedió. Por mí yo alegre. La cosa es esa. ¿Qué hace uno por acá, que los otros
no se acuerdan, pero que uno sabe patentico que las hizo? Ya uno los mira como
si estuviera siempre desnudo. Y sin ellos saber por qué. Sabiendo uno todo, el
susto entero. Al menos el de arriba no ha vuelto. O eso cree uno. Ah...»:
estudiante.
[3]
«Dijo “hazaña” pero lo borró, porque en casa entraban a los gaticos para cerrar
y dormirse. Quiere traer a la memoria, si bien no tiene nada que ver, pero busca
guardarse un parlamento, la intervención de una conocida en el pasaje hacia El
Tablazo: “¡Porque vea me vendió el televisor, vendió la licuadora y vendió la
olla arrocera! ¡Y era tan verraca, que le echaba agua pal trabajo! Entoes me
llevó una paca de panela, dizque ‘Ma vea pa que me eche, panela con limón’ y yo
‘¡Ni eso le voy hacer, hágala usted!’ ¡Muchacha pero es que uno le da una rabia
que un hijo que se crio con un ole diga ‘Esta piroba esta gonorrea, esta
maricona’! Y la semana pasada le digo yo. ‘Amá, ¿y usté por qué yo esperando a
todos les trajeron la coca y usted no me trajo?’ ¿Qué le dije yo? ‘¡Es que tuve
que llevar un trabajo al centro y yo no voy a ir a sacar ciento veinte mil cada
ocho días yo no soy Pablo Escobar: dejo yo de comer un pollito, o de darme un
gustico por usté!, ¡no, deje de ser güebón!’ Y él ‘Amá, venga ma hablemos,
perdóneme yo estoy arrepentido’, que perdóneme, y yo ‘¡Ay pídale perdón a mi
Dios yo no perdono el que perdona es Dios!’, y él ‘Amá usté por qué es así usté
ya no me quiere’, y yo ‘¡No yo ya no lo quiero!’. Pero sí, y es llore y a los
gritos, ah mire que ya le pusieron psicólogo, ¡cómo está de mal! Imagínese que
el abogado me llamó y me dijo ‘Señora retírele la demanda ese muchacho se va
morir acá, ese muchacho no come’, y él me dijo ‘Yo me voy hacer matar’ y yo ‘¡Hágale
que lo maten, pa que descanse bien bueno!’, así le contesté: ‘¡Ah mejor, mejor,
ya nos tienen a todos en la funeraria, no no se preocupe, yo enterré ya a papá
y a mamá que se me destrozó el corazón, los dos, que los quiero como un verraco
y me ha dolido!, ahora usté que vea como he luchado como he sufrido como fue
con su papá y ¡usté como me trata!, dándome la vida que su papá no me dio, no
no sea tan verraco’. Oiga es que hasta con psicólogo y no come es muy flaco
come la comida que le llevo yo. Dizque ‘Amá aquí me van a matar’ pues sí, es
que allá al que entra violador lo cogen y lo violan. Por ejemplo ven que es
violador, porque haya violado una mujer o un niño, y eso lo cogen, todos esos
hombres todos y le meten un palo por ahí. ¡Eso es muy miedoso! Y al muchacho
que está allá porque le pegó a la mamá, ¡le cogen y le dieron una monda pero
monda todos, con pata! Ah no es que llevaron uno que mató la mamá y creo que lo
dejaron... Sino que el vicio es el que los enloquece. A él le dio un paro
respiratorio, fue una sobredosis, y el doctor le dice ‘Hermano, otro, otro y
usté no se escapa, usté no cree’. Y es que así los hijos tienen una mujer bien
buena y no la valoran, quieren es esa hijueperras que huelen, que parrandean,
que viven en brincos; en cambio uno que es una persona que va del trabajo pa la
casa vea la vida que me tocó. La mamá, mi papá hace veinte años, que murió, y
mi mamá hace... diecisiete. Sino que vea, lo que pasó es que papá murió de cáncer,
y mamá la mató la pena moral, una depresión, le dio muy duro la muerte de papá.
A ella la teníamos asegurada, y le mandaban medicamento, la trataba el
psicólogo el psiquiátrico y no pudieron: la depresión la mató...’”»: él mismo.
[4]
«Le cambiamos el negocio por un
parqueadero. Él nos hizo creer que era buena gente y resultó dándonos en la
cabeza. Entonces le quitamos, yo le quité ese lote al papá. Se lo quitamos.
Para que aprenda. Y los helados y las cremitas son para mantenernos ahí. Que
nos vea siempre, en lo que ya no es suyo. Muy bueno cuando a uno se le
devuelven las cosas, y más si fue un desgraciado. Desgraciado es lo que eres.
Maldito desgraciado. Sin crema. Cosa pequeña, insoportable. Me ve con el papá:
que le duela en forma, duro, como nos pasó a nosotros. Ya no le creemos. ¿Qué
subió a su finca y no había nadie de los suyos, de su odio? Mejor. Para que vea
cómo se siente estar solo. Muy pero que muy bueno. Y que sufra una y mil veces,
por la eternidad en que me vea en lo que es mío, y no de él. Es mío ese pedazo,
el bombillo, las motos que guardan meses. Aquí algo me gano. Y lo devuelvo a
los que me acompañan. Esas cremas las pagó su papá»: la niña.
[5]
«De haber existido, les regaría el ají en el cabello de los que rieron y de los
que observaban. A la señora que me sirvió y al señor que recibe los billetes,
les pedía otra de más, por descarados. Abusivos que fueron. Ponerme, claro que
no fui yo, a tomar guaro de pique. Yo pensaba en bajarle líquido, y me terminó
fue atorando la garganta. Me la cerró de una, y ni escupa salió para al menos
liberarme de algo. Encima llego, les paso las empanadas con el ají. Y me las
quitan mejor dicho y no me pasan de beber, que porque yo quedé en traerles una
gaseosa de dos litros. “Entonces también se los doy en la boca”, les dije o les
hubiera echado en cara, por acostados y pedigüeños. Y no fui, deje que mandaran
a otro pelaíto o que comiéramos seco. Tampoco es que quisiera mucho, con tanto
problema para repartir de a empanada por cada uno. Solo la mordí para bajarme
el calor y comer alguito, y ya. Hasta le dejé el sobrado a un perro que meó
delante de nosotros: el pedazo le cayó en el miado pero él no le paró bolas y
se lo zampó de una, remojadito, como hicimos nosotros con nuestras salivas.
Bueno, el caso es que se fueron los reidores y pasamos por ahí para irnos, y
nadie sabía de nada. Esto que le cuento es para que sepa que si un niño, otro
cualquiera, se ve embalado con un tarro de ají lleno, dígale que lo riegue a la
bolsa de las empanadas, pa que las bañe. O que tome si es muy bravo, y que no
escupa. Mejor ríasele porque bajo presión no se atiende ni un peo»: él.
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