| Paul Ratje, 2021 |
Si escribo un poema de Amor es
contra la policía
Y si canto a la desnudez de los
cuerpos canto contra la policía
También si metaforizo esta Tierra
metaforizo contra la policía
Si digo locuras en mis poemas es
contra la policía
Miguel James: Contra la
policía
1Son unos de los pocos que
cruzaron el Río bajo el sol intenso que no merece ninguna oda —mientras más de
trece mil se hacinan bajo el puente internacional que conecta a Ciudad Acuña
con Texas—. El ambiente es polvo, agua, cielo y basura. Los gritos en criollo
haitiano y español se confunden con los imperativos en inglés. Doce personas,
unas en tierra —las que empezaron la huida de Haití por Chile o Brasil y otros
países suramericanos y siguieron hacia Centroamérica por la selvática,
pantanosa y fiera región del Darién—, otras uniformadas y a caballo, son los
cuerpos que analizaremos. Vamos una por uno.
En la parte inferior derecha, una
madre de pelo corto, frunciendo el ceño, vestida de negro, morado y rosa,
agarra a su hijo desnudo para cargarlo. El sol les pega directo a sus pieles.
El sol les da sombra a sus cuerpos, les quita luz a sus miradas. En este caso,
a la del niño mirando a su madre y a la madre mirando, tal vez, el Río. Ahora,
¿cuánto habrán pasado ellos dos hasta esta foto? ¿Cuántas carreteras,
hospitales, avenidas, ciudades, discursos de presidentes y afanes de coyotes
han marchado? ¿Por qué el niño está en bola? ¿Por qué tiene dos zapatos en su
mano izquierda? Y nuevamente la mirada del niño… En el completo desamparo, en
la desnudez total, mira a su madre. Con la mano izquierda agarra su derecha, y
con la derecha espera su cuello. ¿Desde hace cuándo se conocen esas pieles? ¿Y
el padre? Y ahora que lo pienso, ¿esa es la madre del niño? ¡Qué importa! Sean
o no madre e hijo, están siendo perseguidos, y esa es la única
razón que necesitan (si la razón es necesaria). Demás que se deben decir algo.
La foto nos da una parte del lenguaje. Inquiriendo, sea el niño para pedir, o
la madre para calmar, tuvieron que decir algo. O, al menos, la estrechez de sus
lazos, la sombra completa del cuerpo agachado de la mujer, la mirada infantil
buscando la madura, dan la idea de un vínculo formidable.
Continuemos con el busto a la
izquierda, el hombre de espaldas con una bolsa cogida con la mano derecha. En
sus ojos puede estar la imagen que nos regala esta foto, si la dibuja o la
describe. Él, o ve al niño y a la madre, o al patrullero que mira a la madre de
naranja, o al caballo que embiste a su compatriota, o a sus chanclas, o a la
basura en el suelo… O cerró los ojos y solo decimos mentiras. Si los cerró,
¡gracias al fotógrafo! Si no los cerró, de nuevo la pregunta: ¿qué está viendo?
(¡Atención!: mirar y ver no es lo mismo: esta es voluntaria; aquella,
involuntaria). Digamos que está viendo al agente mirar a la madre.
Este, uniforme gris, raya del
pantalón azul y parche rojo en la manga, tiene las manos como refrescándose las
axilas, y en la cadera el equipo. Mira a la madre de camiseta naranja, short negro
y sandalias, tomando con la derecha a su hijo también desnudo (más gordito que
el anterior) y una bolsa azul donde guardan todas sus pertenencias (equipaje
aligerado en la extenuación del camino, el cual habla de su penuria y de su
desposeción); con la izquierda, lleva algo envuelto en una cobija. Ella mira
otra cosa que no sabemos qué es; el hijo mira el sendero polvoriento; ellos son
los únicos que van por el sendero; parece que los esperaba a ellos dos, a una
mamá con un hijo desnudo; parece que los patrulleros son simples
entrometidos; parece no más… ¿Hasta dónde habrán llegado con
ese aire suelto y hostil? ¿Qué países ignoraron su mutua presencia? ¿Habrán
cruzado los lindes de la foto? ¿Qué estarán haciendo ahora mismo?
No hace falta preguntar por el padre… ¡Ah!, nos faltó algo que, en un primer
vistazo, pasa desapercibido. Él también ve a la madre, más tórrido por la
capucha, y ella (porque no es muy distinguible) ve a cualquiera de los dos con
el odio y el desprecio a sus oficios, al obstáculo que representan y a la
injusticia reconcentrada que sufre. ¡A qué nivel quedan las armas y los
músculos ante el impalpable (desapercibido) rencor de la vista de reojo!…
Sigamos con el caballo blanco que
lanza un blanco contra un negro. ¿A quién señala el índice del jinete? ¿Al
cielo? ¿A todo el sur que se abre más acá del Río? ¿A Dios, porque confía en
él? Sea lo que sea, muy oculto en su uniforme, de rostro indistinguible, lanza
el caballo al negro mojado, de cachucha, pantalones y chanclas negras en la
mano derecha y en los pies, de camiseta azul y en posición de evadir la
embestida. ¿Acaso el jinete ve al haitiano como otra basura más en el suelo?
¿Le estará gritando en su idioma? Desde el Río, antes de lo que la foto nos
deja a la vista, hay un continuo vaivén de criollo haitiano y agua, de bolsas y
pieles, de expectativas y frustraciones. El sol sigue igual en la foto, pero ¿y
después de ella? En el cielo no hay ni una nube en la cual pensar que Dios se
esconde. Es cielo. Y esto, acá abajo, es tierra, sucia y oprimida tierra; y son
cuatro caballos, como son cuatro los Jinetes del Apocalipsis, «ajusticiando» a
pobres, a inmigrantes, a los que viven el fin del mundo cada día, en el peso
del morral, en las suelas desgastadas en un continente extraño… ¿Este será el
misterioso jinete del caballo blanco? ¿Bajó hasta Río Grande para devolver a
unos insignificant Haitians? ¿Se habrá ocultado para que
siguiéramos a la espera de su identidad? ¡Solo preguntas inútiles! Es alguien que
le tira un caballo a un negro. Esta pregunta sí vale la pena: ¿cuántas estatuas
ecuestres han visto de negros, además de los Lanceros del Pantano de Vargas? Y
si han visto más de cinco, ¿qué son cinco a comparación de todas las estatuas
ecuestres de esclavistas blancos en Estados Unidos?
Esos tres que tienen por fondo el
cielo, dando la espalda a todo lo dicho y a toda la infamia, cuyos animales
vivirán bien cebados, su ropa bien lavada y sus alegres planes en familia a la
espera de vacaciones. Ellos sí estarán, por la noche, más allá del Río,
legalizados y amparados por la ley y su trabajo. Tal vez solo aguardan a sus
compañeros mientras esperan nuevas órdenes. Las cosas detrás de ellos serán un
día como cualquier otro en la frontera, solo que con periodistas y demás
gentío. Su aburrimiento dice mucho del sol, del terreno árido y de la siesta
que acarician sus compatriotas frente a los televisores (que no duermen); su
aburrimiento es sinónimo de cinismo.
Más tarde, aquellos se acomodarán
en las camas que los conoce, mientras estos dormirán en los lechos que se procuren;
aquellos llenarán sus barrigas con carne y alimentos empacados, mientras estos
se preguntarán en cuál país podrán comer tranquilos, como en casa… Pero ¿cuál
casa? ¿La que fue hundida por el esclavismo, el colonialismo y luego por la
deuda externa pagada por 122 años a los franceses, impuesta como castigo por
independizarse para “indemnizarlos” por las tierras y los esclavos perdidos?
¿La arruinada por los poderes coloniales que relevó el intervencionismo de
Washington? ¿La resquebrajada por los terremotos y abandonada entre ruinas? Y
¿a comer qué? ¿Galletas de barro?…
Aquí termina, para nosotros, la
foto de Paul Ratje. El destino del sendero por el que camina la madre y su hijo
recorre el mundo, y en él no descansan los agentes, la represión, los estorbos.
La imagen es apenas una muestra de lo que puede estar sucediendo (y ha
sucedido, y sucederá) en otros lugares, en otros pueblos sometidos a causa de
la política imperialista que, una vez genera el daño, se hace la de las orejas
mochas y, si llegan los efectos a los límites de sus fronteras, responde
sacando las alimañas… No queda más que agregarle un verso al poema de Miguel
James: si miro con odio es contra la policía.
Tobruk
El Pedregal, octubre de 2021
_____
La Trinchera Popular, Medellín,
Colombia, marzo 3 de 2022.
1Este texto fue escrito días
después de que la foto se revelara, y está siendo publicado a meses de los
hechos. Sin embargo, porque sea cosa ya vista u obsoleta (para la cultura de la
inmediatez), no por ello desmerece nuestra atención. No caeré en el lugar común
de, si una imagen vale más que mil palabras, entonces escribo dos mil, tres mil
palabras —leerán poco menos de mil cuatrocientas—, pero sí dejaré por
manifiesto que, aun cuando siga avanzando el reloj, y disten los oficiales de
la frontera y la desnudez de los niños haitianos, una foto, un fotógrafo
inmortalizó una de muchas injusticias, en un país con una de muchas deudas
históricas. Por más que borren o escondan el ultraje, hay un registro, y nunca
fallecerá: el estigma de la infamia se acentúa. Depende de nosotros.
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