| «La derecha es más letal que el covid», Alejandro Zapata Espinosa, San Antonio de Pereira, Colombia, 2026 |
¿Qué es bello para un cejijunto?
Gris y negro es la propuesta cromática, el tono que
visibiliza la alcaldía en paredes, columnas y avenidas; y que se tramite con ventaja,
no vaya a ser que se piense en un lugar que será ocupado en una de las curiosas
y tibias fiestas anuales, minivacacioncitas de funcionarios: se les aplica lo
dicho por el alcaldísimo de Bucaramanga: «Si se van a expresar, perfecto, pero
que lo hagan dentro de la reglamentación que la Secretaría del Interior
establece, bajo la normatividad que nos rige».
El mismo que sostenía que en La Escombrera no había
víctimas del conflicto armado pero ahora, a raíz de la pesquisa, iniciada en
diciembre, de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD)
y de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), se empezaron a encontrar
restos óseos, tiene la prueba de que sí habían personas allí enterradas.
Y no era de esperarse en un mural solo a Margarita
Restrepo, la madre de un desaparecido que colaboró pintando su rostro, mas
también la de Uribe, cráneos sostienen su cuello, la podredumbre tapada de
gris, el semblante que habrá que borrar una vez se le cuenten los muertos que
carga encima. El silencio es selectivo: primero el expresidente, luego «Las
cuchas tenían razón» y luego el mural completo (o con alias Heidy, el temible
guerrillero que oreaba billetes de caletas, al cual se le opuso un concejal del
Centro Demoníatico egresado de donde lo recordaron en un muro).
Las razones: afea, ensucia, genera odio y politiza el modelo
urbanístico. Cabría trasladarles la afirmación del Amauta con respecto a la
instrucción artística en el Perú de los veinte: «De la civilización occidental,
esta clase ilustrada aprecia bastante el automóvil, el cemento, el asfalto, el
ornamento [y las instituciones del orden], pero estima aún muy poco el arte». De
que la politiza, ¿qué daño tiene en el caso de la verdad investigada? Y más
ahora, aunque nunca ha menguado la atención por los hechos, solo que ellos
mismos, negacionistas del conflicto, cuando lo enconaron o son herederos de sus
matones, lo revitalizan con burlas, recuérdese a la «celebridad» con las botas
en la Plaza Núñez, apariciones que avergüenzan, y por increíble que sea son méritos
ante sus amiguitos de partido, la bazofia que adolece la patria, lo bajo de la
oposición de mano firme.
Pero el gris es una invitación al renuevo, a mejorar la
obra que taparon, a pulirle los errores y a sacar otra foto del mural ya no
solo en el deprimido sino en Neiva, Barranquilla y otras ciudades. El espacio
vuelve con la memoria, denuncia al paramilitar dirigiendo la Operación como un
horizonte; y eso feo está acompañado de comparsas, de periodistas, y se le va a
leer, se verán las personas que aparecen y su papel no solo en una obra, en un
grafiti, sino en la historia que representan y en la acogida o desprecio que
tienen al momento, cosa mayor que toparse un muro limpio, miel para el sentido
estético del cabeza-alcaldía.
Delegarle a una administración hueca, museóloga a los
trancazos, la validez de los muros, el criterio a regir las intervenciones,
sería vaciar la ciudad, descargarla de propuestas desinteresadas y, esta vez
sí, como en la campaña de los perdedores a la presidencia, instrumentalizar
grafiteros («Abominados sean los histriones del pensamientos y los apaches de
la pluma, que prostituyeron la singular virtud que pudo servirles para propia
elevación y bien de almas hermanas»: Darío) que promulgan y difunden la apuesta
oficial del arte urbano: la difusión de un alcalde.
Una taza de plata sin nada servido ¿a qué barriga llena?
Mera exposición, objeto incomunicable, buena cara para el extranjero y su grupo
de comprimidos en los actos de atiborramiento donde el arte es negocio y
obviedad de la historia que le da relevancia; y con el divorcio de la historia,
la utilidad, la ganancia buscándose, el grito más duro que atraiga los más de
los viajeros. Arenga de Rodó en Ariel:
«Ciudades regias, soberbias aglomeraciones de casas, son para el pensamiento un
cauce más inadecuado que la absoluta soledad del desierto, cuando el pensamiento
no es el señor que las domina».
Pero en vista de las luchas y de los lugares donde se
vienen dando, repintar, tomarse el muro, no dejarlo blanquear por los
administradores públicos o negociadores internacionales críticos de arte por
coyuntura, es otra apuesta por la validez de la interpretación
contrahegemónica, una imagen conquistada y defendida contra los embates de los
galones opacos y los caraduras: una pelea y unas fuerzas que deciden
legitimarse, no desde la mera obtención del poder, sino en la verdadero peso, en
la continuidad de un discurso que duele a quienes ocultan, a los perpetradores
u omisores de una historia reciente que logra, regida en el hecho americano,
descrito por Lezama, de utilizar al enemigo como instrumento para su ataque,
cobrar relevancia en estos abusos, a quienes aún buscan sus cuerpos
cobardemente desaparecidos.
Así, la «expresión explícita y abierta de posturas frente
a los sucesos, en búsqueda de su comprensión», descubre quiénes eliminan y
quiénes exponen los hechos, zanjan la diferencia entre los de la palabra
impuesta y la pensada, nutren el proceso adelantado en La Escombrera y que
habrá de expandirse en otros lugares de Colombia, para que las fosas comunes,
como lo sugirió el directo del programa mañanero: «¿Usted podría jugar-asegurar
que esas personas encontradas en La Escombrera no fueron enterradas ahí por sus
familiares?», no pasen por camposantos ni la Operación Orión como la caritativa
funeraria que los dispuso a su acomodo.
El
Pedregal, enero de 2025
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Revista Latinoamericana Mal de Ojo, «Creación crítica», Chile, julio de 2026.
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