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Manzanillo

Entretanto, Alejandro Zapata Espinosa, El Pedregal, Colombia, 2021

El de las diez niñas aportó la cama y el contento de ligeras secciones, la profundidad exteriorizada, cusumbo, el horizonte como artilugio de meditación para la señora en cautiverio, la ropa secándose a inmensidad, los pocillos, mapache, reconcentrados en dar a sorbos el gigante inmóvil, la espalda cacique a todos concedida, el pico y sus entradas de altura, al cántico venteado, novia andares, madrugada desde su seno al cambio que toma y en sus brazos ciñe el dulzor. A tu sangre, cusumbo, va en procura el ramal y el contorno, mira de los aviones y abrigo de guacharacas, la niebla en el ganado lleno, el balón entre pinos, escondiéndose de los buscadores y las fincas cercadas por el remanso del Alto de la Cruz, los vecinos, halcón montecollarejo, a ti miran los cansados para dimensionarse, para reverdecer las alcobas del espíritu, el gesto de inmensidad, el dios creador de la ciudad, antes de ser reserva y judicializarse, antes incluso del Bitagüí y sus tres metros monumentados, señor padre, fruto del porvenir en sus hijitos, la impensada multiplicación y la tutela sobre la palma. Toca el rostro en montaña, el seño bermejo, armadillo, y devuelve una oración que aún respiras sepulcro y nacimiento, continuación y paisajismo, barbarie y pies hinchados, calambrosos, tú en las intermediaciones de lo transferible, alto morador de la regencia, bebe que avanzas y tiene por ejemplo la cordillera, carriquí verdiamarillo, a tu diestra la mujer que perdiste, el abanico que pasó volando, un portón con su anuncio, los metros para alcanzar a nadie, porque vas solo, y los pastos de moras silvestres, cuenta y elige, recuerda las espinas, apriétalas que te darán más, asegura la ración del próximo. En carrera o lejos de la calle, al borde del abismo, frente a la distancia de casas montadas y de la urbe achacosa, de las mil vueltas, del jardín mecánico, recibe la prueba de los traídos veredales, que invitó un obrero en descanso, y mira cómo se apaga el sol, fósforo oculto, y lo siguen las luces, y el sietecueros presentado por la suegra, en caminatas parecidas, de mañana, para calentar sangre y reconocerse luego como lejanos, se mece a voluntad de la turgencia que explota, desinfla la voluntad de expresión y la instala en él mismo, zorroperro, a la extensión montuna y la noche que arremolina y unifica al desenlace de la jornada, da un frescor a prehistoria que olvida cómo devolverse, y para qué, si allí la nube encharcada, el hallazgo.

 

Tarazá, junio 7 de 2026

 

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Gigantes de la ciudad. Sobre la memoria de nuestros territorios, Iztapalapa, México: EnREDadera Cultural, agosto de 2026.


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