| Alejandro Zapata Espinosa, 2026 |
Helada grey de cuatro paredes: la repetición de la
pereza, la incansable perseverancia en hacer lo mismo durante años y no
preguntarse tan siquiera por qué el mundo fue creado en tan monótonos compases.
Y cuando hay algo nuevo, una enhorabuena, un despedirse o una salida
inesperada, se preguntan:
—¿Dejo todo como es?
—¿No les faltará lo continuo a los que se quedan?
—¿Y si pasan por alto algo mío?
Por si fuera poco, la reiteración va acompañada de coros
cristianos, solicitudes a la abstinencia, a la imposibilidad de comparar
religiones, ni tan solo de conocerlas en su núcleo, y a la crítica del
«condenado» bajo posturas que solo salvan a quien las decreta y las suscribe:
los de una casa. De resto, se incluyen a uno que otro hermano de religión, el
que más les hable y menos les discuta, o que tenga los mismas cortes de
alcance, pero hasta ahí: los que no piensan en su futuro, en su pensión, en sus
hijos, en la carrera concluida y las gestiones para monetizarla, en casas
fincas y en centros comerciales de referencia, son los que han de cargar la
pobreza, los trabajadores de los profesionales, la calaña que ilumine los
centros cuando ellos duermen en sus cobijas lavadas cada quince días, los
pordioseros que les rogarán por una moneda para saciarse el hambre que
aplazaron por el vicio, al que le apuntan los soles y los rayos:
—Eros:
¿acaso no sentiste nunca
Piedad de las
estatuas?
Se dirían crisálidas
de piedra
De yo no sé qué
formidable raza
En una eterna espera
inenarrable.
Porque son «La mortaja copiosa de la Calma», un pesado
repiqueo, la tenencia de proclamas duraderas. Y no entienden, de modo que
teorizaran sus prácticas, se podría creer, en un juicio antinómico, que «Si
otros no hubieran sido necios, nos hubiera tocado a nosotros serlos»; las pocas
definiciones en las que se afianzan no son rebatidas ya que son «superiores» a
cualquier indefensión crítica, a una daga flotante que les pudiera mallugar lo
afirmado. Son «comibles y bebestibles», joyas para exhibir y congraciarse, un
cuerpo formado para la butaca mas no para el micrófono, la cátedra y las
conferencias; ni los besos, las cicatrices, a no ser que sean de galeno, los
sabores prohibidos, la embriaguez que da la hora: cabe preguntarse con
Mariátegui: «¿Se puede suponer con esta gente inerte por principio y por
hábito, una nueva diversa tentativa?»
No digo que se hayan cancelado, vuélvase al proverbio del
infierno de Blake, mas sí dan señas de perderse sin música, sin ese entregar a
todos la fiesta, el despelote, los sentidos en dirección de una deidad
«enterrada», de los colores que posesionan las venas en flote. Han sido
vaciados de «pureza», de temor al Hijo y al Espíritu, a la Madonna y al
centelleo bajo advocación de san Pascal Bailón; normalidad intransigente.
«Laboriosa, mediocre y ovejuna», se dedicaron a acostarse
temprano los días de beba, a celebrar callando las noches de unión, a
contenerse cuarenta años y contar, después, cuando el suceso ya no muerde, el
fastidio soportado... y que aún persiste en forma de mesura, de frugalidad que
no rompe los estancamientos: riqueza en madera contrachapada, oros que solo
relumbran un festín. Plantas glaciales, riesgos domesticados, el torrente de
los sigilos vacuo de gracia; los excesos se negaron a sus guantes, a sus
encogidas tenencias; el molino donde salieron los héroes les negó el toque de
su rotación. No tocan las mareas porque las entristecen, y el sitio en el
infierno que les tocaba, así sea por muy poco tiempo, ha ido a engrosar la
querencia de un lugareño, los cachetes de la amiga, el frío que hiela las
nalgas cuyo puesto en el bar ha calentado, la prueba que inhibe todo juicio y
despliega los cabos.
El Pedregal, diciembre 26 de 2024
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Revista Adªn, N.° 15, Lima, Perú, agosto 5 de 2026.
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