| Biblioteca Diego Echavarría Misas, 2008 |
Llamó al bibliotecario para que le
conectara el portátil a la red pública. Ella abrió el portátil, lo prendió y se
lo tuvo al bibliotecario en los antebrazos para que él pusiera la clave. La
puso, mas no accedía.
—¿No quiere coger? —examinó Diana.
—Se queda cargando…
—Creo que sé lo que pasa. Ahora que
salí no desconecté la red; y sin desconectarme, el portátil no entiende que ya
estoy en otro lugar. Muchas gracias.
—Anote la clave —se atrevió el
bibliotecario.
Y ella anotó, a la primera, las
letras minúsculas y mayúsculas, las «rayitas» y los números. Él le iba a
repetir, pero ella lo saludó, cerrando la ayuda.
Sacó del bolso de cuero el cargador
y lo conectó en el enchufe donde tenía conectado el mío, debajo de la mesa
pegada a la pared. Solo cabíamos dos, y el tecleo, el ratón, las uñas
tamborileando en la madera, las sostenidas de la mesa para acomodarse uno, la
sentía el otro. La sala son unos pocos metros, antes de la recepción de la
Biblioteca, aunque después de la oficina de la «secretaria general» y de la
ludoteca, ambas a la entrada. Sus paredes son blancas bombillo, tiene dos
mesitas, una más larga que la otra, formando una L rotada ciento cincuenta
grados, y una mesa con ondulaciones que permiten meter las sillas, tiesas pero
ergonómicas, como oficinitas comunicadas. En las paredes, dos réplicas
expuestas de artistas de todos los tiempos formadas por estudiantes de talleres
de pintura financiados por administraciones locales.
Una vez sentada, se encajó unas
hebritas de pelo que se le salían del moño. Tosió en el tapabocas, y con la
mano teniéndolo desde fuera. A lo largo de su estadía, tosió con un sonido de
arrastrar sillas pesadas, a lapsos amortiguado por gargajos o porque se tapaba
dentro del gabán. Se puso los audífonos negros y abrió la reunión.
En todo el proceso de acomode no la
miré sino de reojo. Al comienzo pensé que era una de esas modelos desadaptadas
que cumplían con estudiar para que no las echasen de la casa y así no perder
sus tres comidas diarias, puntuales, ni su ropa limpia ni su cuarto organizado.
Pero era una señora con bolso de cuero y melena desarreglada, que no pudo
conectarse en su casa a la reunión, y no porque no tuviese internet, y tuvo que
venir a la sala de estudio, para más intimidad.
Yo sistematizaba las tutorías del
semestre. Abría y cerraba carpetas, escribía cosas, borra y pegaba, y enviaba
correos. Que copiase palabras clave, para guiarme después, ahora, no ocupaba la
atención de Diana.
Para ella, nada fuera de su reunión
existía.
Habló sin desparpajo, cuidando a
veces, sí, una palabra, mas diciéndolas todas, no guardándose ni sus relaciones
ni sus empleos, y siendo clara con el interlocutor. Además de mí, en su mesa,
no creo que las otras dos personas, en la otra mesa e imbuidas en sus
portátiles y sus lecturas, le prestaran cuidado.
Y yo hacía lo posible para que no me
notara.
—Mira que me llamaron; es una
oferta; yo no la buscaba… —Diana decía una frase, y la interrumpía la voz, y tosía y continuaba—: tú sabes
que yo renuncié a mi anterior trabajo por las consecuencias que estaba teniendo
este en mí… —los siguientes tres puntos serán los silencios, para mí interrupciones
y para ella respuestas—… que me estaba llevando a padecer insomnios, a no
comer, a aislarme en mi casa; tú supiste —… Se sostenía la cabeza con la mano
derecha, en actitud de descongelamiento—… A lo cual yo llegué a replantearme si
mi carrera no sincronizaba con mis intereses laborales, con mis gustos o lo que
deseaba hacer… ¿Qué estudié yo? Yo soy asistente administrativo de gerencia; es
un secretariado —esta era la información que escribía, haciendo creer que me
dedicaba a mis cosas…— De ahí mi desempleo. Actualmente estoy desempleada. Pero
mira que me llamaron. Y no lo busqué —…— ¡Sí, a diferencia de la última vez sí
he mejorado! ¡Se nota la diferencia! —…—. Sí —… La voz se demoró un rato. Ella
asentía, aun descongelándose, y tosía en el tapabocas y en la mano que se
llevaba, por reflejo, a la boca. Al hablar no recargaba flemas—. Comprendí —lo
interrumpió ella a él— que yo misma era la que me generaba esos estados,
independientemente de donde yo esté. Que no era mis compañeros o mi carga
laboral, porque mi carga yo la alivianaba y si un compañero no me caía bien no
le dirigía el saludo, porque era yo la que me resentía por mis pensamientos y
por lo que creía que hacía mal cuando siempre lo hacía bien —…—. Bueno, sí:
reconocer errores —…—. Ujum —… Tos con flema estallando en la sala—. Y que mi
profesión no era la culpable; de acuerdo. —…— Pues en el amor… yo a todo le
aplicaba mi rigurosidad; yo era, soy muy rajatabla con lo que me incluye… —…—
«Y todo me incluye»: bien… Esa era otra parte de lo que me dejó ese trabajo, o
los trabajos que he tenido: que yo debía seleccionar, contratar, resolver,
mejorar mucho los procedimientos, las estadísticas; interpretarlas —pedirle
ayuda me hubiera servido—, todo eso, y cuando yo salía de mi trabajo yo seguía
con los análisis, con las actas, con los comités, y en el amor era lo mismo —…—:
mira, mis relaciones —ha sido amada y no escatima al hablar de ello— son
bonitas, porque pa qué, pero siempre busco ser quien lleve los momentos, quien
planea, la enamorada pero así muy-muy, entregadísima al que esté ahí y me
dedique su tiempito —… Vuelve a ensartarse los mechones caídos en la
descongelada y tose dos veces—. ¡Por lo mismo! —tose demasiado seco, más que
las gargantas de las paredes óseas—… por lo mismo: pongo mi vida en muy altos
estándares, en la superación completa, el perfeccionamiento más grandioso, y
las personas no me funcionan, y la vida ni los empleos me funcionan así —… Otro
sermón—. Demasiado claro —no lo llama por su nombre—: relajar mis límites, y
dejar hacer a los que llegan, no imponerme en ellos, ir de acuerdo a lo que
suceda, así sea un poquito –«Que viva conmigo un año. Lleno este informe, a
realizar en todo el semestre, el mismo día de la entrega final. O que estudie
el taoísmo»: yo también me puse del lado de las recomendaciones, aceptando así
la dudosa lógica de que el expuesto ha de ser aconsejado—. Gracias… sí —toma
nota en una libretica, yo en el portátil y la voz en su mundo—. Y te quería
contar lo de mi casa: mira, yo ahora estoy afuera; me sería muy complejo
reunirme contigo a discutir esto en mi casa —…— Sí señor; pues, yo tengo una
escoliosis, una curvatura —¿a qué este dato?— Decía lo de mi casa… Hace tres
meses que murió mi papá… y yo vivo con mi mamá —…—… Buena relación hasta que
murió, eso es… y con dos hermanitos; pero él dejó otros hermanos que todavía no
reclaman la herencia pero es algo latente, algo que sé que va a pasar —tose y
se acomoda recta—. La casa él no la repartió, y ellos pueden meterle a eso
abogados, procesos, demandas, lo que quieran… Pero eso no es lo que me
preocupa. Son mis hermanos… y aquí volvemos a lo mismo… Yo estuve desempleada,
yo estuve mucho tiempo en casa, yo conviví con ellos y ellos son lo opuesto a
mí: no arreglan cocina, no cogen una escoba… solo acompañan a mamá cuando sale
porque los invita a comer… Y esta oportunidad de trabajo me abre un camino para
separarme de ellos —…— ¿O quizá ellos sean la medida para ponerme a prueba? No
sé ahí qué… —…— No, ninguno nos hablamos con los hermanastros; el día del
entierro para darles la dirección y ya… —… La voz cumplió un cambio milagroso
en la cara de Diana. Tosía sin flema, no se le cayeron mechones sobre los
hombros y anotaba como si de ello dependiera salir más temprano a descanso.
Lastimosamente yo no accedí a esas notas. A los minutos, se despidieron—.
Muchas gracias Andrés. Muy necesaria esta reunión. Como te dije, apenas hoy me
contrataron, me dijeron que fuera mañana y tenía que hablar esto, por eso la reunión
como a la carrera, ja, ja —…—. Sí, por supuesto… —…— Amén. Igualmente. Mándame
tu número de consignación para hacerte el pago ya mismo —…—, ya mismo…
Se salió de la reunión, se quitó los
audífonos y, viendo la pantalla de brazos cruzados, se tendió contra el
espaldar. Cuando una tos se le transformaba en gargajo, lo sacaba sin taparse.
Los piecitos volaban en el aire. En el reloj del portátil le conté seis minutos
cavilando.
Un visitante de la sala se levantó
de la otra mesa y la hizo despabilar. Entonces desenchufó el cargador, sentada
primero y luego parada, apagó su portátil y lo guardó todo en su bolso de
cuero, que exigía crema protectora con tanto apremio como su tos una bebida
caliente. Yo no desistía de lo mío. Me faltaba mucho para acabar. Y tampoco, si
hubiese acabado, podía irme a la vez que ella se iba.
Diana se trasladó a la mesa, con una
pared a su espalda, con la réplica de un bodegón de Cézanne, el puesto más
incómodo, y se quedó viendo la réplica deforme de La incredulidad de Santo Tomás, no sin perder de vista el mensaje
en que Andrés le mandara su cuenta.
Itagüí, noviembre de 2023
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Las Vetas del Azogue. Revista Literaria, Artística y Cultural, «Otoño», N.° 15, Vol. 1, San Joaquín, México, septiembre
de 2026.
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