Esta «obra se mueve entre la crónica, la observación minuciosa y la sensibilidad por los territorios que habita: barrios, quebradas, casas al borde del invierno, comunidades que resisten desde lo cotidiano. En Relación de los desastres en un sector de Itagüí, Zapata Espinosa captura la vida en un borde erosionado por las lluvias y la incertidumbre. Su escritura, precisa y envolvente, convierte el paisaje en protagonista y revela cómo la comunidad se organiza, se alarma, se acompaña y se reconoce en medio del riesgo. Con una voz joven pero profundamente consciente del territorio, el autor propone una literatura que documenta, que escucha y que devuelve la dignidad de lo vivido». Una «mirada joven que narra los desastres cotidianos y la vida en los bordes de Itagüí desde una literatura que observa, escucha y resiste»: Revista Cinco SV (2026).
Las lluvias que se adelantaron a mayo le tragaron la casa
al monje. Encima, en la punta del barranco, cuyo cenit no ha sucumbido, el
corral donde ordeñaba vacas Salvador quedó sin dónde hacer un gallinero o
escamparse por la noche. De ahí para abajo, el pelado naranja, los grumos de
tierra se desperdigan sobre la plancha, los ventanales, y van a encontrarse con
el desecho de tierra que tiraron antes de la quebrada.
Hace poco don Jesús, en sus trabajos mañaneros, se puso a
cortar matas y palos en el recodo anterior a su gallinero: le da cosa que le
lamba más pedazo al monte y le llegue a las vigas, que es como tocarle el
nervio a un propietario, hacerle cosquillas en la entrepierna con una daga. No
lo saludé, para no desconcentrarlo y para que no enderezara la espalda, y me
quedé viendo cómo mellaba a los troncos reventados, cómo abría surco con las
botas y tiraba al barranco opuesto a su casa los deshechos.
Más adelante, una ensenada de migajas, de palitos y
piedras menudas, permite acercarse al cauce disminuido pero con alientos,
preparándose como el niño que guarda en su seno los planes de la diablura.
De vez en cuando pasan dos o tres hombres, o uno solo,
con botas y en pantaloneta, a arreglar sus tubos, a taparles las rajaduras o a
reconectarlos con neumático de bicicleta. Lo normal es que la consigan en los
arregladeros de ciclas y compren o reciban gratis un bolsado para futuros
accidentes con las aguas; a veces se los encuentra tirados, pequeños, como
serpientes pisoteadas, en el camino que lleva a los tubos, donde todavía se ven
perros sobre esponjas abriéndose al sol y donde se cuelga ropa sobre una
despulpadora fallecida. Si se encuentran dos grupos, el que tiene el problema
más adelante recibe una mano para sostener o adecuar con piedras el remiendo que
otra crecida va a deshacer; si son de más lejos, metidos por la vera
enmarañada, dando pasos sobre tierra removida y sosteniéndose de matas a cada
ascenso, hacen apuesta de que, cuando ellos tengan que volver a subir, los
verán igual o más embalados con el tubo: esto para entretenerse.
Como se reunieron los parroquianos de la tragedia del
carro de Mincho: lo dejó cerca a la quebrada y en una crecida se lo fue
moviendo. Los del grupo comunal mandaron pruebas del avance, de los asombros y
las urgencias de los reunidos, unos cuantos que tomaban y otros que no veían la
hora de cerrar el negocio, y al rato llegó el dueño, sin camisa ni zapatos ni
chanclas, descalzo, con la hija, con tops y sudadera, también descalza: al
parecer los cogió el susto encamados, viendo una película o los desabridos,
fofos cuentachistes, el arroz de cada sábado por la noche, el aturdimiento de
los oídos para irse a dormir trabajados.
Los dos son pequeños y la orden de abrir el puente
despojándolo de troncos fue contrariada por la lideresa que, sombrilla y buzo,
recomendaba desde un alto no acercarse porque a cualquier momento estallaba. El
caso es que fueron viniendo otros, salieron los de las casas cercanas a sus
ventanas y a sus corredores, los del bar metido en el caserío bajaron a hacerse
los que iban para afuera pero mentiras, y no faltó el que se quedó incomunicado
con el basurero de La Verde, afuera, y no les quedó de otra que arrinconarse
con los ensombrillados en un oscurito, pegando cuerpo seco y cuerpo goteante,
dejándose ver por la respiración cerquita las turgencias de los pechos...
Al rato, la fuerza bomberil hizo presencia y entonces
compitió la linterna de rescate con la del maestro de obra, levantado del
balcón donde chismosea antes de ocupar su puesto en el camarote conyugal.
Realizaron inspección a la quebrada más atrás, a las basuras puestas a su vera
y a las casas de Jesús, que parecían cartones obligados a removerse. Luego
ayudaron a los que en serio iban a pasar a moverse, recibieron la llave del
carro movido y lo aseguraron en un monte, y se fueron con la promesa de que al
otro día volvían.
Al final, decepcionados porque el carro no se lo llevó la
quebrada y aburridos de ver un monótono irse de la colada, de lo turbio, cada
uno cogió camino a su rancho; los perros se entraron por sus puertas, las
viejas apagaron el fogón y en las habitaciones los inquilinos veían, antes de
cerrar los ojos por cuatro horas, el brochazo de hongo en la pared del cuarto
que, con el invierno, se expande hasta el nochero y ya le da su aura a la ropa
doblada y en ganchos, a las cobijas que van a reemplazar las sucias con que
ahora se acuestan, más cálidas por compactas, por separarlos del frío trajeron
dentro y al que darán salida (?) mañana a las tres.
El Pedregal, mayo 17 de 2025
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Revista
Cinco SV, El Salvador, San Salvador, agosto 28 de 2026.
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