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Cuando la tierra dice basta. Entrevista de Emmanuel Chimezie a Alejandro Zapata Espinosa

Yandaba, Alejandro Zapata Espinosa, Barbosa, Colombia, 2026

La siguiente exposición es base escrita de la emisión radial, organizada por Radio Aldora (Perú), El Poema de tu Vida y The Poets’ Workshop Global (Nigeria), «¡Cuando la tierra dice basta!», del 9 de octubre de 2026.

 

1. Colombia está viviendo extremos climáticos, desde lluvias intensas e inundaciones hasta sequías y estrés hídrico. Como poeta que presencia estos cambios, ¿qué te dice el paisaje colombiano que las estadísticas no pueden expresar?

 

Recalco dos palabras: poeta y paisaje. La primera, debido a la condición de humano, de sujeto en una comunidad; este se diferencia, en ciertos espacios, de ese yo «tranquilo», por decirlo de alguna forma, y se enmarca en creador. Y el paisaje, porque, retomando a Lezama, es naciente desde los conquistadores de América: nos define. Lenguaje (nuestra casa: Heidegger) y naturaleza (el ambiente) son dos principios inseparables que rodean, fundan al escritor. Ahora, el poeta en el Antropoceno se ve obligado por la denuncia de los incendios forestales, los derrumbes, las inundaciones, etc., en presencia al afectante (el sistema) y al afectado (la naturaleza). Así, el actual reporte del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM) informa que el fenómeno del Niño viene con una intensidad muy fuerte del noventa por ciento para el último trimestre de 2026: en territorios donde antes no era presencia constante el calor, ahora es palpable. Digo, no es necesaria una noticia ni un informe científico que dé cuenta del calentamiento global para informarnos de ello; está ahí, calentándonos, haciéndonos sudar incluso en casa. «Donde una vez se hizo hincapié en lo que sucederá en un futuro lejano, la atención se ha centrado cada vez más en lo que enfrentamos ahora y en los próximos años»: Löwy el 2020. Entonces, la estadística, importante para la trazabilidad del choque o la respuesta, se torna realidad en sectores donde o se ignoraba o se obviaba tal fenómeno, que dificulta la negación de un aparato mediático a favor de los intereses enriquecidos por la ganadería extensiva, los incendios provocados, la contaminación industrial de las aguas (unos evitarán estos términos por recato público, otros los declararán bandera).

 

2. Ante las comunidades afectadas por inundaciones, sequías y deterioro ambiental, ¿cómo puede la poesía convertirse en la voz de quienes están viviendo el cambio climático en primera persona?

 

El uso de la palabra comprometida resuena en quienes se acercan a ella y la divulgan. Cabe preguntarnos, ¿y si en vez de hablar contra el cambio climático, el daño ambiental de las transnacionales, el «consumo patológico» de los países desarrollados, se loara la contaminación, los gases de efecto invernadero, la obsolescencia programada, el estrangulamiento de las resistencias locales al «imaginario de progreso sustentado en la idea de crecimiento ilimitado»? Esto es, ¿y si el poeta clama por el apocalipsis? Se entregaría uno de los campos, las trincheras (como mencionaba Allende para diferenciar a los periodistas) de enunciación y debate. En América Latina, el movimiento literario, género o corriente de la ecopoesía une el trabajo literario con el pensamiento ambiental latinoamericano, que propone la descolonización, las apuestas periféricas o del Tercer Mundo de la crítica a la modernidad occidental y la ampliación los de saberes humanos adquiridos para salvarla. Enrique Leff señala en el 2017 el siguiente derrotero de precursores ambientalistas: Martí  con, «no hay batalla entre civilización y barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza»; Mariátegui con la economía comunista indígena y el bienestar por la organización colectiva de la sociedad incaica; Paulo Freire como piedra fundadora de la pedagogía de la Tierra o ecopedagogía, que sostienen Leonardo Boff y Moacir Gadotti en «nuestros territorios de vida» (aprovecho esta expresión y menciono la «comunicación para la vida» que sostiene Quira Medios, de Bogotá, para convertir en conciencia y diálogo las epistemologías del Sur). Como es debido, ello no implica olvidar las tradiciones europeas, de las cuales se beben, sino que se reconozca un saber ignorado por la «estructura de poder que estableció qué conocimientos podían considerarse verdaderos, científicos y universales, y cuáles serían relegados a la categoría de tradición, superstición o pensamiento alterno». Por ende, la poesía se enriquece con la mitología indígena, entre otras, para evidenciar con ojo crítico «ante los cambios que amenazan la vida, no sólo en este país, sino en todo el planeta»: Mtra. Maria de Lourdes Ortiz Sánchez. De esta forma, amplía las sensibilidades, los cantos para dar testimonio directo, expresar el reflejo territorializado de la debacle, y oponerse a ella. Además del poema, materialidad estética, alma en el futuro, el poeta incide en otros lugares de manifestación, y suma, además de su cuerpo, su potencial o lo que pueda ofrecer, ese escrito de sí, del entorno, del común. Parafraseando a Löwy, no hay que olvidar el factor cultura: la ideología dominante, la publicidad, el discurso proconsumista en redes inducen y promulgan el fetichismo de la mercancía, siendo el poema un contradiscurso. Cabe preguntarse ¿cómo el deterioro ambiental se refleja en la literatura del siglo XXI, y si ese reflejo puede condicionar un tinte creativo?

 

3. Mientras aumentan las presiones sobre los bosques, ríos y la biodiversidad de Colombia, ¿puede la poesía lograr que las personas pasen de preocuparse por el cambio climático a transformar realmente su relación con la naturaleza?

 

No recuerdo dónde leí esto, pero va por ese lado: la poesía no puede cambiar el mundo, pero sin ella es imposible el cambio. En esta cuestión sucede lo que menciona la crítica sobre el impacto de los congresos internacionales, los informes, los manifiestos y las publicaciones: que terminan en mera retórica, si bien movilizan un engranaje teórico e institucional negado por las potencias. Tentando una pregunta, ¿qué pasa si dejamos de escribir sobre la catástrofe? Ese extremo nos lleva no solo a aceptar la derrota, sino a apurarla. Queda la ecopoesía entre los «ecompañeros», así les dice Nicanor Parra, y la vivencia escrita de las transformaciones. Pero a esto hay que sumarle el factor activo: el poema es arte que se mueve en términos políticos hacia la concienciación de las macroestructuras contaminantes, es «síntesis de miles de esfuerzos locales y parciales en un movimiento sistémico global [que] abre el camino hacia una Gran Transición: una nueva sociedad y modo de vida». Esto nos lleva al imposible de resolver la crisis en el sistema que lo produce; en tiempos de capitalismo tardío, de acumulación excesiva, la negación (entrada fácil) o los subterfugios (lavados de cara a la bestia industrial) no llevan a ningún fin del sistema expansivo en un planeta con límites: «el capitalismo es incompatible con un futuro sostenible». Esto se evidencia, en Colombia, a inicios de un Gobierno de ultraderecha, con la firma de dos acuerdos «entre la Cancillería colombiana y el Departamento de Estado [de los Estados Unidos]: un marco de trabajo sobre minerales críticos y tierras raras, orientado a fortalecer las cadenas de suministro entre ambos países, y un memorando sobre energía nuclear civil, cuyo contenido no fue divulgado en detalle». Considérese lo anterior a la vista de las afirmaciones del Ilegítimo y su visto bueno al fracking, o fracturación hidráulica, cuyo riesgo está demostrado por evidencia científica (compendiada para mayor facilidad de estudio). En últimas, el poema es otro grano en el pluriverso-otro, es praxis social a favor de la «globalización contrahegemónica, fundada en las diferencias y especificidades de cada región y de cada pueblo» de ánimo emancipatorio, hacia otras materialidades verdes, fuera del sistema actual, rumbo al ecosocialismo.

 

Nigeria-Fátima, octubre de 2026

 

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Pluma Grafito, «Ensayo», Santiago de Chile, octubre 9 de 2026.


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