La
siguiente exposición es base escrita de la emisión radial, organizada por Radio
Aldora (Perú), El Poema de tu Vida y The Poets’ Workshop Global (Nigeria), «¡Cuando
la tierra dice basta!», del 9 de octubre de 2026.
1. Colombia está viviendo extremos climáticos,
desde lluvias intensas e inundaciones hasta sequías y estrés hídrico. Como
poeta que presencia estos cambios, ¿qué te dice el paisaje colombiano que las
estadísticas no pueden expresar?
Recalco
dos palabras: poeta y paisaje. La primera, debido a la
condición de humano, de sujeto en una comunidad; este se diferencia, en ciertos
espacios, de ese yo «tranquilo», por decirlo de alguna forma, y se enmarca en
creador. Y el paisaje, porque, retomando a Lezama, es naciente desde los
conquistadores de América: nos define. Lenguaje (nuestra casa: Heidegger) y
naturaleza (el ambiente) son dos principios inseparables que rodean, fundan al
escritor. Ahora, el poeta en el Antropoceno se ve obligado por la denuncia de
los incendios forestales, los derrumbes, las inundaciones, etc., en presencia
al afectante (el sistema) y al afectado (la naturaleza). Así, el actual reporte
del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM)
informa que el fenómeno del Niño viene con una intensidad muy fuerte del
noventa por ciento para el último trimestre de 2026: en territorios donde antes
no era presencia constante el calor, ahora es palpable. Digo, no es necesaria
una noticia ni un informe científico que dé cuenta del calentamiento global
para informarnos de ello; está ahí, calentándonos, haciéndonos sudar incluso en
casa. «Donde una vez se hizo hincapié en lo que sucederá en un futuro lejano, la
atención se ha centrado cada vez más en lo que enfrentamos ahora y en los
próximos años»: Löwy el 2020. Entonces, la estadística, importante para la
trazabilidad del choque o la respuesta, se torna realidad en sectores donde o
se ignoraba o se obviaba tal fenómeno, que dificulta la negación de un aparato
mediático a favor de los intereses enriquecidos por la ganadería extensiva, los
incendios provocados, la contaminación industrial de las aguas (unos evitarán
estos términos por recato público, otros los declararán bandera).
2. Ante las comunidades afectadas por
inundaciones, sequías y deterioro ambiental, ¿cómo puede la poesía convertirse
en la voz de quienes están viviendo el cambio climático en primera persona?
El uso de
la palabra comprometida resuena en quienes se acercan a ella y la divulgan.
Cabe preguntarnos, ¿y si en vez de hablar contra el cambio climático, el daño
ambiental de las transnacionales, el «consumo patológico» de los países
desarrollados, se loara la contaminación, los gases de efecto invernadero, la
obsolescencia programada, el estrangulamiento de las resistencias locales al
«imaginario de progreso sustentado en la idea de crecimiento ilimitado»? Esto
es, ¿y si el poeta clama por el apocalipsis? Se entregaría uno de los campos,
las trincheras (como mencionaba Allende para diferenciar a los periodistas) de
enunciación y debate. En América Latina, el movimiento literario, género o
corriente de la ecopoesía une el trabajo literario con el pensamiento ambiental
latinoamericano, que propone la descolonización, las apuestas periféricas o del
Tercer Mundo de la crítica a la modernidad occidental y la ampliación los de
saberes humanos adquiridos para salvarla. Enrique Leff señala en el 2017 el
siguiente derrotero de precursores ambientalistas: Martí con, «no hay batalla entre civilización y
barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza»; Mariátegui con la
economía comunista indígena y el bienestar por la organización colectiva de la
sociedad incaica; Paulo Freire como piedra fundadora de la pedagogía de la
Tierra o ecopedagogía, que sostienen Leonardo Boff y Moacir Gadotti en
«nuestros territorios de vida» (aprovecho esta expresión y menciono la
«comunicación para la vida» que sostiene Quira
Medios, de Bogotá, para convertir en conciencia y diálogo las
epistemologías del Sur). Como es debido, ello no implica olvidar las
tradiciones europeas, de las cuales se beben, sino que se reconozca un saber
ignorado por la «estructura de poder que estableció qué conocimientos podían
considerarse verdaderos, científicos y universales, y cuáles serían relegados a
la categoría de tradición, superstición o pensamiento alterno». Por ende, la
poesía se enriquece con la mitología indígena, entre otras, para evidenciar con
ojo crítico «ante los cambios que amenazan la vida, no sólo en este país, sino
en todo el planeta»: Mtra. Maria de Lourdes Ortiz Sánchez. De esta forma,
amplía las sensibilidades, los cantos para dar testimonio directo, expresar
el reflejo territorializado de la debacle, y oponerse a ella. Además del poema,
materialidad estética, alma en el futuro, el poeta incide en otros lugares de
manifestación, y suma, además de su cuerpo, su potencial o lo que pueda
ofrecer, ese escrito de sí, del entorno, del común. Parafraseando a Löwy, no
hay que olvidar el factor cultura: la ideología dominante, la publicidad, el
discurso proconsumista en redes inducen y promulgan el fetichismo de la
mercancía, siendo el poema un contradiscurso. Cabe preguntarse ¿cómo el
deterioro ambiental se refleja en la literatura del siglo XXI, y si ese reflejo
puede condicionar un tinte creativo?
3. Mientras aumentan las presiones sobre los
bosques, ríos y la biodiversidad de Colombia, ¿puede la poesía lograr que las
personas pasen de preocuparse por el cambio climático a transformar realmente
su relación con la naturaleza?
No
recuerdo dónde leí esto, pero va por ese lado: la poesía no puede cambiar el
mundo, pero sin ella es imposible el cambio. En esta cuestión sucede lo que
menciona la crítica sobre el impacto de los congresos internacionales, los
informes, los manifiestos y las publicaciones: que terminan en mera retórica,
si bien movilizan un engranaje teórico e institucional negado por las potencias.
Tentando una pregunta, ¿qué pasa si dejamos de escribir sobre la catástrofe?
Ese extremo nos lleva no solo a aceptar la derrota, sino a apurarla. Queda la
ecopoesía entre los «ecompañeros», así les dice Nicanor Parra, y la vivencia
escrita de las transformaciones. Pero a esto hay que sumarle el factor activo:
el poema es arte que se mueve en términos políticos hacia la concienciación de
las macroestructuras contaminantes, es «síntesis de miles de esfuerzos locales
y parciales en un movimiento sistémico global [que] abre el camino hacia una
Gran Transición: una nueva sociedad y modo de vida». Esto nos lleva al
imposible de resolver la crisis en el
sistema que lo produce; en tiempos de capitalismo tardío, de acumulación
excesiva, la negación (entrada fácil) o los subterfugios (lavados de cara a la
bestia industrial) no llevan a ningún fin del sistema expansivo en un planeta
con límites: «el capitalismo es incompatible con un futuro sostenible». Esto se
evidencia, en Colombia, a inicios de un Gobierno de ultraderecha, con la firma
de dos acuerdos «entre la Cancillería colombiana y el Departamento de Estado
[de los Estados Unidos]: un marco de trabajo sobre minerales críticos y tierras
raras, orientado a fortalecer las cadenas de suministro entre ambos países, y
un memorando sobre energía nuclear civil, cuyo contenido no fue divulgado en
detalle». Considérese lo anterior a la vista de las afirmaciones del Ilegítimo
y su visto bueno al fracking, o
fracturación hidráulica, cuyo riesgo está demostrado por evidencia científica
(compendiada para mayor facilidad de estudio). En últimas, el poema es otro
grano en el pluriverso-otro, es praxis
social a favor de la «globalización contrahegemónica, fundada en las
diferencias y especificidades de cada región y de cada pueblo» de ánimo
emancipatorio, hacia otras materialidades verdes, fuera del sistema actual,
rumbo al ecosocialismo.
Nigeria-Fátima, octubre de 2026
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Pluma Grafito, «Ensayo»,
Santiago de Chile, octubre 9 de 2026.

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