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| Alex Quezada, 2024 |
¿Para dónde voy? Lo sé: para mi casa. ¿Y dónde queda mi
casa? ¿Se refiere a la casa real o al domicilio? Pues al domicilio: la del pueblo
no cuenta. O sí cuenta: cómo te voy a desarraigar, de una vez por todas, sin «respira
profundo»... Sí cuenta: en el solar sembraron tu ombligo. A él volverás,
inevitablemente. Yo sé que volverás. Promételo. No me permiten prometerlo.
¿Quién no se lo permite? No sé... ¿usted? Quiero que lo prometa. ¿Y de qué
sirve prometerlo? Para centrar mis ilusiones en la promesa, para repetírmela y
darme valor, para girar en torno a su órbita de hado, para cicatrizarme... O
no: elijo la mudez: una promesa me arrebató de mi casa, de los míos, de mi
solar, de su palo de mango... Una promesa, querido, me atrofió la sustancia de
las comidas, que son nuestra patria velada. Pero ¿hacia qué estación voy? Dígame
usted... No alcanzo a... Ya arrancó el metro, y por mucho que intente... ¿ya
aprendió a leer, a conversar o a valerse por sí mismo en ese idioma?
Solo en mi idioma me lamento. Ahora podría hacerme el que
habla por celular y largarme una endecha como un discurso, y las gentes se
verán atraídas por las extrañas combinaciones de mi voz, por la claridad con
que me expreso, claridad que para sus mentes es confusión, rareza, delirio,
insulto, neurosis, hambre...
¿Le contaron que una vez lo hice: le hablé al celular
apagado, y los pasajeros, al llegar a una estación, se bajaron y le pidieron al
personal que me socorriera, porque estaba loco?
Regrese al hogar, hombre. Yo me iría, a pie, sin
equipaje, con las migajas que he ganado, y sin mirar atrás, ¡nunca miraría de
nuevo atrás!, echaría a correr... ¿Un buen samaritano me ofrece su transporte?
Le doy las gracias y me monto. ¿Quienes me encuentran me dan comida y bebida?
Les agradezco y les acepto, ofreciéndoles mis servicios... Pero no hay
samaritanos ni raciones de comida y bebida, ni he partido de mi domicilio: le
debo a unos hombres: me comprometí a no regresar con las manos vacías.
¿Se ríe de mí o habla en serio? Si se comprometió a no
regresar con las manos vacías, ¿por qué salir del pueblo, donde sus manos
estaban llenas? ¿De qué: de ruina, de mendicidad, de escatimo? Allá no le
podría ofrecer nada de lo que aquí tengo a mi madre, a mis hermanos, incluso a
los familiares de la ciudad, los que emigraron a medias. Usted me juzga sin
padecer... ¿Sin padecer! Estoy igual o peor que usted: igual, porque le hago
parte; peor, porque no solo le hago frente a lo que nos maltrata, sino a las
reflexiones a que le dan pie esos maltratos... ¡En mi pueblo y con las manos
llenas! ¿Llenas de qué: de rocas, de agua, de pájaros, de huesos débiles?
¿Acaso no vivía usted, conmigo, allá? No: me recogió en una cantina... O en un hado
a campo abierto... O acabé de nacer, con toda la consciencia de su situación.
***
Impropio consuelo, ya que «sin amigos, sin charla, sin
alegría, sin confidente» y sin cercanía alguna, me sabe a extrañeza, a
maldición. Los que rezan por mí en mi tierra, esos especímenes acartonados en
su entorno de polvo y maíz, «quemados del llanto», olvidan el tono de mi hasta
luego, el recelo de mi qué le pasa, la diligencia de mi permítame ayudarle,
compadre.
Ni los que se apretujan en el metro me conocen la alegría
de los cumpleaños, ni yo les conozco sus peores quimeras.
«Pero no llores, madre querida, que mi destino es andar
así»... ¿La recuerdas? «Y al caminante y al peregrino ni un vaso de agua le
quieren dar»... La recuerdas: pólvora de santo, licores, velas amarrándose al
altar con sus ramificaciones de sebo, niñas y cuerdas, embriaguez... Nos
convertimos en lo que cantamos. O yo solito me convertí en lo que canté: usted
no existías: usted es la creación de mi ausencia, el que me acompaña en el
exilio, el residuo de mi angustia...
Y quedamos con nuestras «locas ilusiones», dando traspiés
y equivocándonos en todas las jornadas; en la principal: la de la resistencia.
¿Y si no me hubiera permitido el viaje? ¿Y si no me hubiera dejado convencer?
¿Me adaptaría a la miseria? ¿A qué tipo de miseria le huyo? ¿Y quién me dice
que no la tengo aquí?
Ey, peregrino: se pasó de estación. Vaya y cambia de
plataforma.
O continúe: da igual.
El Pedregal, marzo 28 de 2023
___
Ciromancia, N.°
14, Caldas, Colombia, octubre de 2026.

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