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Miniarrimadero

No hablo de este, Alejandro Zapata Espinosa, Fátima, Colombia, 2026

Bañarse aquí en pareja sería un verdadero acto de amor, o de capricho (mantengámoslo en «amor»): sólo cabe uno. La dueña del Hotel Venecia, con un cuadro del Palacio Gyeongbokgung (rodeado de estanques y pabellones sobre el agua) quiso dar la idea de horizonte en un baño que no tiene cortina entre retrete y ducha. Para bañarse (para todo), hay que mover piezas, bolso, silla, jabón, y reacomodarlo una vez acabada la tarea. La puerta corrediza se traba a medio camino, y toca alzarla, y deja un espaciecito al final que moja, si uno viene nuevo, el equipaje. Antes de abrir la ducha hay que trepar el papel al muro que deja respirar el baño, pero que no deja respirar la pieza (no es la habitación diez, sino el baño diez; todos los cuartos aquí son baños con cama). Cuando uno sale, la señora pregunta si hace aseo, y al decirle que sí, ella parece preparar sus rulos caídos para, con ellos, darle lumbre al espejo, al lavamanos y a la tapa del retrete; es como si aprovechara para bañarse ella también, después del baño de uno (¿acaso es un hechizo de estas tierras?). No hay agua en el retrete, pero sí en el lavamanos y en la ducha. No hay papelera (todo papel va al inodoro), pero sí un balde que toca subir hasta la ducha, sostener hasta que se llene de agua, hasta que pese, echarlo y ver si no queda nada de lo de uno. Con el líquido es fácil, porque todo se va rápido; con lo sólido, toca hacer tres llenadas y tres echadas, y una cuarta por si las moscas. En todo caso, lo que se paga por noche es módico, y hay dónde colgar los pantaloncillos.

 

Ostil Urzola Acevedo

Tarazá, junio 6 de 2026

 

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Seishojas, «Los baños», ed. 002, Medellín, Colombia: .efímera, septiembre de 2026.


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